El ciclo vicioso entre entusiasmo y desazón
El país enfrenta una nueva crisis económica que obliga a la gran mayoría a postergar decisiones y proyectos de largo aliento que impactan en la calidad de vida. Las promesas de construir una sociedad con crecimiento y equidad con la que comienza cada ciclo chocan, una y otra vez, con...

El país enfrenta una nueva crisis económica que obliga a la gran mayoría a postergar decisiones y proyectos de largo aliento que impactan en la calidad de vida.
Las promesas de construir una sociedad con crecimiento y equidad con la que comienza cada ciclo chocan, una y otra vez, con la evidente dificultad para superar las diferencias de manera pacífica y razonable.
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Esta imposibilidad, que parece estar en el ADN argentino, es la que explica en gran parte lo difícil que es establecer reglas de juego claras y duraderas que contribuyan a mantener la estabilidad económica en ciclos más largos.
Como si viajara en un barco que lo lleva de la ilusión al desencanto y viceversa, el electorado participa en cada uno de los comicios siempre con la misma esperanza: poder dejar atrás el ciclo anterior y avanzar hacia una etapa más de mayor prosperidad. En rigor, no es mucho lo que la ciudadanía espera.
Si hoy mismo se hiciera un sondeo de opinión para conocer qué es lo que desea el ciudadano común para el futuro del país, se puede afirmar que la mayoría de las respuestas estarían relacionadas con las políticas públicas para que haya más trabajo digno, estabilidad económica y certidumbre. En otras palabras, con las condiciones para salir de la trampa del corto plazo.
En un artículo que escribió en 2019, el economista francés Guy Sorman aseguró que siempre creyó en el potencial de la Argentina. Aclaró, sin embargo, que estaba sorprendido que en nuestro país "no se consiga hacer los cambios que son simples y posibles". Como si existiera una tendencia a complicar todo, a pelearse por todo, los resultados obtenidos son siempre crisis recurrentes que obligan al ciudadano de a pie a vivir inmerso en una sociedad cortoplacista que, además, cada tanto se da el lujo de alimentar la polarización.
Si se mira con detenimiento el mundo y se pone la lupa en las sociedades que mejor funcionan, es decir aquellas que tienen un grado mínimo, o si se quiere aceptable, de conflictividad social, se puede observar que se trata de comunidades que tienen bastante claras las reglas del juego, lo que les permite llevar a cabo procesos sostenidos en el tiempo. Son comunidades democráticas que respetan la diversidad y se preocupan por el bien común ya que entienden que forman parte de un todo.
Es probable que en esas sociedades se comparta la definición de nación que propuso el pensador francés del siglo XIX, Ernest Renan, en una conferencia que brindó en París en 1882, cuando dijo que "una nación es un alma, un principio espiritual". Y agregó: "Como el individuo, una nación es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, sacrificios y desvelos. Es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se ha hecho y aquellos que todavía está dispuesto a hacer".
Es necesario abrir el debate público y generar espacios para ponerse de acuerdo en una serie de puntos básicos, como por ejemplo la importancia de promover actividades productivas que transformen la materia prima y de ampliar la oferta exportable del país, alentar la creación de empleos genuinos y de garantizar el acceso a la educación y la salud a toda la población. Promover el diálogo entre los distintos sectores también es fundamental para poder construir una comunidad más democrática.
En 1983 la sociedad acordó que la única vía posible para el ejercicio del poder serían, de ahí en más, las elecciones periódicas. También hubo un acuerdo tácito para que todos los gobiernos elegidos por la voluntad popular concluyan sus mandatos, entendiendo que es una forma de mostrar respeto unánime por las reglas de juego.
En estos tiempos difíciles para el mundo y el país, es necesario que la participación ciudadana y la acción política se complementen de la mejor manera posible para salir del círculo vicioso que lleva de la ilusión al desencanto, para recuperar el optimismo colectivo y, lo más importante, para sumar esfuerzos en la construcción de una sociedad que incorpore a todos.












