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El celibato: se abren marcos teóricos, pero no decisiones concretas

09 de diciembre de 2016 a las 12:00 a. m.

Los sacerdotes que dejan los hábitos para casarse, pero sobre todo los conflictos que ha tenido la Iglesia Católica de Roma con curas que cometen abusos a menores, pone sobre la mesa un tema siempre vigente: el celibato sacerdotal. Una decisión que, no por discutida, sea sencilla de revisar. 

Al volver de su viaje a Tierra Santa, en mayo del año pasado, ante una pregunta el Papa Francisco dijo que como el celibato no es un dogma de fe, “la puerta siempre está abierta”. Aunque también indicó que la cuestión no estaba a la orden del día al tratarse de un asunto “secundario”. 

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“El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”. Fue una osada declaración del Papa Juan Pablo II en julio de 1993. Y ambigua, porque al tildarla de no esencial para su tratamiento, implícitamente se está diciendo que tampoco es imprescindible su ejercicio.

Estas definiciones abren interrogantes respecto del futuro de esta cuestión en nuestra Iglesia, aunque la verdad es que en el ámbito cardenalicio no hemos visto hasta ahora una permeabilidad suficiente como para tratar el tema.

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Mientras tanto, el mundo sigue girando, los alguna vez consagrados en exclusiva a Dios optan por la vida matrimonial y la sociedad, cada vez más, los entiende y acompaña en esta decisión. Muy distinto a otros tiempos en que el cura que “colgaba” la sotana para irse con una mujer debía prácticamente desaparecer del mapa.

Recientemente, se alzó la voz del obispo de la Diócesis de San Francisco, Córdoba, pidiendo que se debata el celibato. Desde 2009 a la fecha, cuatro “muy buenos sacerdotes” –según el prelado- dejaron el clero para constituir una familia. Tan  naturalizadas están estas situaciones que al renunciar el último de ellos, el propio obispo se lo anunció a la feligresía por Facebook diciendo que “el padre Marcio Peirone ha tomado la decisión de no seguir en el ejercicio del ministerio sacerdotal, en razón de asumir las responsabilidades propias de la paternidad que resguardan el bien superior del niño por nacer”.

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Consumados los hechos, surge un verdadero choque moral: cumplir una norma disciplinaria de la Iglesia o ajustarse a la ética de familia que la propia Iglesia pregona. El hombre optó por lo segundo, ¿cómo podría la Iglesia condenarlo por ello?

En las comunidades cristianas de los primeros siglos no se contempla ni bíblica ni tradicionalmente la soltería como estado obligatorio para la condición del sacerdote. Por falta de conocimiento adecuado de los hechos históricos, existen opiniones contradictorias respecto del comienzo del celibato clerical en la Iglesia y de su origen. Hay quienes afirman que tomó el carácter de obligatorio en el siglo IV, mientras que otros interpretan que tuvo sus inicios en el II Concilio de Letrán (1139); algunos le adjudican origen apostólico, mientras que otros consideran que se trata de una expresión disciplinar tardía. 

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Cierto es que Pedro, el primer Papa, y los apóstoles escogidos por Jesús eran en su gran mayoría hombres casados. Porque, por otra parte, no era bien visto en el Siglo I que un judío adulto no formara una familia.

Ya en el Concilio de Nicea, año 325, se decreta que una vez ordenados, los sacerdotes no pueden casarse y se establece que las mujeres no pueden ser ordenadas. Esto sugiere que antes de esta fecha se realizaba la ordenación de mujeres. Este concilio fue el que le dio la fisonomía que tiene la Iglesia Católica Romana tal como ahora la conocemos.

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Pero no solo se trata de un rechazo a la sexualidad en la Iglesia entendida como sensualidad o deseo lejos del hecho de la procreación, la que fue generando esta medida, cuestiones civiles y patrimoniales también se sumaron en su momento. Tanto que en el año 580, el Papa Pelagio II: tuvo como política no castigar a sacerdotes casados en tanto no pasaran la propiedad de la Iglesia a sus esposas o hijos. Y esta cuestión no es tan menor si tenemos en cuenta que a los sacerdotes los sostiene la Iglesia, incluida su vivienda, lo que podría suponer un problema si se admite el matrimonio para la esposa y los hijos, por ejemplo, cuando el jefe de familia y cura fallece, ya que la familia no debiera heredar bienes que no son de su padre sino del culto.

Durante siglos ha habido sacerdotes casados, en forma abierta primero y luego se siguió la práctica aunque en forma encubierta. Fue a partir del año 1123 en el Concilio de Letrán I donde se decreta que los matrimonios clericales no son válidos. Es así que nacían niños sin el apellido paterno, muchos de los cuales luego incluso seguían la carrera sacerdotal como su padre. Ha sucedido hasta con papas católicos, como la historia lo reconoce.

Es que la historia de nuestra Iglesia es muy extensa y está plagada de ejemplos que permiten considerar el celibato positivo o negativo según se trate. Lo que es innegable es que tras tantos siglos de considerar que la ordenación de un hombre o una mujer son sacramentos que se ofrecen, como el matrimonio, una vez en la vida y no pueden superponerse, no se trata de una cuestión para tomar a la ligera o creer que una decisión papal, por sí misma, puede borrar en un momento una decisión que la Iglesia mantuvo tantos siglos.

Tampoco el problema es ajeno a las religiones nacidas del mismo tronco cristiano pero que fueron escindiéndose de Roma para conformar una serie de iglesias protestantes. Estas permitieron el casamiento de sus sacerdotes, lo cual hizo que los católicos apostólicos mantuvieran con más ahínco el celibato, como guardianes de las decisiones de la Iglesia de sus comienzos.

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Lo cierto es que dentro de las consideraciones doctrinarias y como dijimos civiles, el tema de permitir el casamiento de los sacerdotes católicos se pone a la consideración de los fieles cada vez que se plantean cuestiones tan serias como el abuso, por ejemplo. Porque en ese caso el celibato solo impidió que el sacerdotes se casara, no que pudiera evitar sus tentaciones vistas en su peor rostro. También mencionamos a aquellos que renuncian a su condición de sacerdotes para poder formar una familia, un concepto que además la Iglesia bendice y considera base de la sociedad en que vivimos. Esto puede ser considerado una contradicción según se mire al excluir a los representantes del culto de esa posibilidad.

 

La verdad es que es un tema claramente espinoso para la Iglesia Católica de Roma, el único credo que no admite la vida matrimonial y familiar de sus ministros. Por este y tantos otros motivos no se puede descartar que en algún momento haya que abordarlos en un concilio que pueda establecer la necesidad o no del celibato sacerdotal. Muchos tienen sus esperanzas cifradas en Francisco, ya que solo el pontífice podría alterar esta norma de origen humano. Lo saben un hombre abierto y terrenal pero quizás demasiado para su tiempo, habida cuenta que la composición del colegio cardenalicio está a años luz de muchos de sus pensamientos.

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