El botón de muestra de un sistema de salud en crisis
La carta pública que difundieron pediatras del servicio que brinda esa especialidad en el Hospital Interzonal General de Agudos San José y el mensaje abierto a la comunidad emitido desde la Sociedad Argentina de Pediatría en el que se expone el contexto en el que trabajan los profesionales en distintas...

La carta pública que difundieron pediatras del servicio que brinda esa especialidad en el Hospital Interzonal General de Agudos San José y el mensaje abierto a la comunidad emitido desde la Sociedad Argentina de Pediatría en el que se expone el contexto en el que trabajan los profesionales en distintas geografías del país visibilizó lo que se sabe y no se dice: faltan especialistas formados en las especialidades consideradas estratégicas para el funcionamiento del sistema de salud.
De las facultades de Medicina los profesionales egresan, pero muchos de ellos comienzan su ejercicio profesional en la órbita privada o emigran a trabajar a otros lugares. Y cada vez son menos los que eligen formarse en el sistema de residencias o ingresar a los ámbitos de la salud pública. Esto sucede desde hace tiempo y el fenómeno preocupa. Y aunque se han instrumentado algunas estrategias para revertir la tendencia que impacta directamente sobre lo asistencial, lo cierto es que la realidad no podrá modificarse en lo inmediato.
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Lo que subyace a esta cuestión tiene que ver con la realidad de un sistema de salud que cruje y se desmorona. La crisis que afecta a la atención médica de todo el país es compleja y responde a múltiples factores. Uno de ellos es el desmembramiento que ha sufrido la salud producto de políticas sanitarias que han sido equivocadas y que no han podido responder la fragmentación del sistema.
No hace falta enfermarse para confirmar que, tanto en el sistema público como en el privado, el acceso a la salud es cada vez más dificultoso y traumático. La profesión médica está económica y culturalmente degradada, la red de cobertura social es cada vez más frágil y limitada, la infraestructura hospitalaria es, en general, penosa y la formación universitaria es escandalosamente deficitaria. En ese contexto, el paciente siente vulnerado su derecho a la salud y los profesionales médicos trabajan en un clima de insatisfacción con su tarea que causa tensión y lesiona la relación médico- paciente.
Aunque se dijo hasta el cansancio que la pandemia había servido para fortalecer el sistema de salud, quienes trabajan en él aseguran que la estructura funcional de muchos establecimientos y el desgaste del personal que jamás fue reconocido más allá de los aplausos iniciales de la ciudadanía, no soportaría otra emergencia sanitaria.
Cualquier ciudadano al que se le pida un testimonio personal podría aportar un frondoso relato de penurias y dificultades a la hora de requerir una consulta médica o de someterse a estudios o tratamientos. Es un tema de conversación y lamentos permanentes en familias de distintos estratos socioeconómicos. Sin embargo, está prácticamente ausente del debate público. Salvo por conflictos y protestas recurrentes, que la política se molesta al escuchar.
La precariedad del trabajo médico, el incremento sustantivo de la demanda de atención, las condiciones laborales que obligan al pluriempleo van en desmedro de la jerarquización de la profesión médica. Esto que se observa en casi todas las especialidades impacta fuertemente en aquellas consideradas estratégicas y más necesarias porque conforman la columna vertebral del sistema. Que falten pediatras o médicos generalistas no es una cuestión menor.
La crisis tiene raíces profundas y aristas diversas. No es nueva, por supuesto, pero se ha acentuado de una manera dramática en los últimos años. Y no es privativa del sector público, aunque sea en este, donde exprese sus peores efectos. Las dificultades y las esperas para conseguir turnos, las guardias desbordadas de pacientes, la violencia en el contexto de la atención de salud se han transformado en la moneda corriente. Entre otras consecuencias, este entramado de distorsiones provoca un marcado deterioro de la salud.
Con o sin obra social, pedir un turno para consultar a un clínico implica un verdadero calvario. Es probable que el paciente deba resignarse a una espera de meses, y que el día de la consulta llegue a una sala de espera desbordada y sea atendido por el médico varias horas después del horario convenido. Esa escena parece menor frente a otros padecimientos: conseguir turno en un quirófano es casi como sacarse la lotería. Las guardias de hospitales o sanatorios privados están directamente colapsadas.
Si a ello se le suma que a pesar de los cambios de reglamento que se han instrumentado, el sistema de residencias- que es una formación de posgrado en servicio que no se iguala a ningún otro sistema para la formación de especialistas- resulta poco atractivo por los bajos salarios y las malas condiciones laborales, se termina de corroer la raíz.
Solucionar este problema y transformar la realidad que expresa el sistema sanitario en el presente requerirá de política, pero no de una política que se fastidie con la queja y la interprete como una crítica a determinada gestión. Para hacer frente a tamaña dimensión de la crisis, hará falta la buena política, esa que se valga del diálogo, que acepte las discrepancias y que sepa construir sobre la base de las diferencias, sin perseguir, sin intentar acallar lo que ya no se puede ocultar más porque sucede todos los días y expresa la degradación de un sistema que no es ajeno a la realidad de la sociedad de la que es parte.















