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El bono a la pobreza: un espejo donde mirar la más cruda realidad

El bono de 45 mil pesos anunciado por el Gobierno para asistir a la población que no recibe ningún ingreso ni está incluida en los programas de ayuda social mostró desde su lanzamiento una fotografía de la Argentina empobrecida. El universo de más de 2 millones de ciudadanos que viven...

29 de octubre de 2022 a las 12:00 a. m.
El bono a la pobreza: un espejo donde mirar la más cruda realidad

El bono de 45 mil pesos anunciado por el Gobierno para asistir a la población que no recibe ningún ingreso ni está incluida en los programas de ayuda social mostró desde su lanzamiento una fotografía de la Argentina empobrecida. El universo de más de 2 millones de ciudadanos que viven en condiciones de alta vulnerabilidad y que a menudo resultan invisibles ante el propio sistema salió a las calles, colmó las oficinas de la Anses y expuso sus condiciones de vida.

El relato de los medios de comunicación de inmediato se hizo eco de lo que esos argentinos sintieron deseos de decir mientras aguardaban ser inscriptos en una nómina que los va a transformar en beneficiarios de una ayuda extraordinaria y por única vez que se traducirá en un ingreso que se pagará en dos cuotas para mitigar las consecuencias de la exclusión. Y fue así que durante varios días resonó el eco de voces de personas diversas, jóvenes y adultos sin posibilidades de acceder al trabajo, marginados de un sistema que hace muchos años los invisibiliza.

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En las colas hubo personas con títulos universitarios que no han tenido posibilidades de insertarse en el mercado laboral y por cuestiones generacionales y multicausales quedaron por fuera del sistema del empleo formal. También hubo quienes viven en las calles y no acceden más que a alimentos que a diario van a buscar a los espacios que brindan ayuda asistencial o comunitaria. Algunos viven en refugios, otros duermen en estaciones de tren; otros alquilan y sustentan sus gastos con ayudas excepcionales que no terminan nunca de sacarlos de la pobreza.

Los hubo muy jóvenes, lejos de la educación y del trabajo, buscando esa salida coyuntural que no hace sino mostrar la cara más cruel de la marginalidad. También hubo artesanos, trabajadores informales, anónimos habitantes de un país al borde del colapso. 

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Más allá de cualquier análisis de lo que este bono representa en términos económicos, lo cierto es que representa la muestra fiel de la situación extrema de quienes no encuentran salidas para escapar a lo que parece un destino trágico. 

En uno de los países con más recursos naturales, en la tierra en la que se producen alimentos, en el lugar del mundo que antes se miraba con la expectativa de ser la promesa de prosperidad, solo hay pobreza. Esa pobreza estructural que no queda disimulada por el plan social. Esa pobreza que afecta la dignidad y duele. Que resulta vergonzante porque muestra la ineficacia de muchos años de política social mal concebida y peor manejada.

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Las estimaciones señalan que habrá más inscriptos que los estimados por el Gobierno cuando planificó la medida concebida como "una herramienta para que la economía popular construya sistemas de producción". Siempre la realidad se impone a cualquier estimación y echa por tierra cualquier relato, porque una suma de dinero entregada por única vez y en cuotas no cooperará con la construcción de ningún sistema productivo. Apenas si alcanzará para resolver contingencias de una supervivencia cada vez más dura. Lo cierto es que este bono, como en alguna otra ocasión sucedió con otro tipo de beneficios, mostró la necesidad en su expresión más contundente. Hubo lugares del Conurbano en que las personas hicieron más de cuatro cuadras de fila empujándose entre ellas para llegar a ser atendidos. Muchos de ellos no saben de recursos informáticos ni trámites digitales, apenas dicen su nombre y cuentan su condición de vida a cualquiera que se detiene a preguntarles. En lo cotidiano viven en el anonimato, diciendo menos que aquellos que cortan calles reclamando por más planes sociales. La mayoría de ellos expresaron su deseo de que por fin alguien les de trabajo porque a esta altura de su realidad saben que ninguna ayuda suplanta la dignidad que brinda la pertenencia al mundo laboral en condiciones registradas.

Mientras dirigentes de todos los partidos, referentes de organizaciones sociales y políticos que pretenden el poder caen en discusiones estériles y muestran casi con obscenidad sus privilegios, algo del tejido social fracturado se desgrana ante la mirada atónita de argentinos que no llegan a cubrir sus necesidades mínimas en un país que hasta hace algunos años era "promesa".

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Las imágenes que por estos días devolvió la realidad es una cachetada de verdad que obliga a repensar la Argentina, pero hacerlo seriamente. Dejando atrás diferencias que solo profundizan los problemas sin jamás resolverlos. Afrontar las graves desigualdades del país, incluir en la rueda productiva a los que hace tiempo quedaron afuera y reconfigurar la ayuda social para que alcance a todos y lo haga de modo concienzudo y sin caer en la tentación de los falsos intermediarios es una cuestión impostergable. Mirar la pobreza y regodearse en soluciones coyunturales que no hacen sino poner paños fríos a una realidad en ebullición avergüenza. El dinero comprometido para esta franja de la población es por lo menos insuficiente, no les modifica la realidad ni les resuelve sus urgencias. Atempera un reclamo, pero vuelve a demorar la búsqueda de una solución a un problema estructural que es el que muestran los números, y es el que exhibe la desesperación con la que argentinos luchan en la cola de oficinas públicas para acceder a lo que entienden es mínimo, pero necesario. Abordar la agenda social con seriedad institucional y con respeto a las y los argentinos que están excluidos de todo es una tarea urgente que evitará la debacle de un país que ya no subsiste en la emergencia.

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