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El alto costo de no actuar con la verdad

Después de las elecciones de agosto, en el Gobierno se rompió el último dique de contención a la absurda costumbre del kirchnerismo de emitir billetes alocadamente, fomentar paritarias indexadas, subir los impuestos permanentemente y después salir a culpar a las empresas por la inflación que generan sus políticas económicas. El...

30 de octubre de 2021 a las 12:00 a. m.
El alto costo de no actuar con la verdad

Después de las elecciones de agosto, en el Gobierno se rompió el último dique de contención a la absurda costumbre del kirchnerismo de emitir billetes alocadamente, fomentar paritarias indexadas, subir los impuestos permanentemente y después salir a culpar a las empresas por la inflación que generan sus políticas económicas. El "dique de contención" era el ministro de Economía, Martín Guzmán, que, obviamente, sabe que es una mentira y -hasta la hecatombe del gabinete post Paso- rechazaba avalar esa tesis ridícula.

Sin embargo, en aquella semana pasada crucial para administración Fernández-Fernández el ministro se "disciplinó" y, de cara a las elecciones legislativas, se sumó al coro del resto del gobierno acusando a los empresarios por una inflación que en Argentina ya se está "estabilizando" arriba del 50 por ciento anual: una de las más altas del mundo y, sin duda, la inflación crónica más antigua, que está por cumplir dos décadas.

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Hablar de la inflación como el resultado de decisiones insensibles de un grupo de empresarios poderosos difícilmente ayude a resolver este drama de la macroeconomía. El Gobierno puede hacer política con este flagelo y está bien si prefiere hacerlo, porque faltan apenas tres semanas para una elección legislativa clave, cuyo resultado aspira a revertir. Pero atención: lo que hay que tener claro entonces es que asistimos a un intercambio de consignas electorales, no a planteos de fondo.

Aunque la Argentina vive atormentada por el alza constante de precios desde hace décadas, en el mundo la inflación ya no es un enigma. Son muy pocas las naciones que padecen contextos similares al nuestro, y en el resto lo que se discute en torno a la inflación es qué hacer en términos monetarios y financieros cuando su variación pasa de 2 a 5 por ciento anual. En esos países los fabricantes tienen que producir con el mismo precio internacional de los alimentos que los industriales locales, pero afuera nadie argumenta que esa cotización es un problema que debe ser atacada con retenciones o cepos. Y las empresas globales que acá son señaladas como apropiadoras de una renta, no necesitan hacer una lista de precios todos los meses, porque operan en contextos estables y previsibles. No hay mucho más misterio.

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En la discusión pública, el gobierno argentino apela a algunas falacias para mostrar que hay una receta que permitiría producir más sin aumentar los precios. Está claro que se trata de un argumento que avala su tesis de que el problema de la inflación son los empresarios. Pero como se dijo, escudarse detrás de esa fórmula es disfrazar de respuesta racional una consigna electoral.

"En lugar de ganar plata subiendo el precio, produzcan más y ganen por volumen", dice el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti. Para empezar, si de verdad fuese negocio, no hubiese sido necesario que un funcionario les revele a los privados una mecánica que de hecho se aplica en casi todos los mercados normales.

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Pero en la Argentina producir más tiene un costo que en general no se financia con el margen de venta. El capital hay que pedirlo al banco, y ese costo no se congela. Las empresas no tienen personal ocioso, con lo cual avanzar en esta hipótesis implicaría reforzar plantel o pagar horas extras. Hay que conseguir la autorización para comprar insumos importados y recibir os dólares correspondientes para pagarlos. Ni hablar de que los envases fabricados con plástico, como todos los bienes que generan las petroquímicas, se tasan al valor dólar del día.

Si la inflación se ignora y se la deja tomar inercia propia, el ajuste que no se hace anticipadamente lo termina efectuando la inflación de un tirón caóticamente (hiperinflación) o cruelmente (híper recesión). En este último caso, asfixiando a una economía que no puede crecer bajo la intolerable mochila de una crónica y destructiva inestabilidad de precios.

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Dejar que la inflación tome inercia y "vida propia" genera el efecto de subir el costo futuro de desinflacionar. Y dicho costo se relaciona directamente con el efecto recesivo de desinflacionar tardíamente. O sea, "estar detrás de la tortuga" en materia inflacionaria cuesta muchísimo en términos de crecimiento de largo plazo. 

Se pueden dibujar molinos de viento y embestirlos con lanzas retóricas. Se pueden inocular pretendidos culpables en la sociedad, buscando un efecto marketinero, para la tropa propia. Pero para atacar de verdad la inflación los discursos mentirosos de campaña no sirven. Y lo peor de todo es que quienes los expresan sabe perfectamente que es una falacia. Pero el costo de decir la verdad y hacer lo debido (aunque sea doloroso), nadie lo quiere pagar en las urnas.

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