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Educación: volver a la excelencia que conocimos

14 de julio de 2016 a las 12:00 a. m.

La educación es hoy uno de los activos más importantes con que cuenta una nación. No es una percepción exclusivamente nuestra sino que está inspirada en los dichos del doctor Facundo Manes, una de las mentes más lúcidas de nuestros días, que el domingo ofreció un brillante reportaje en el canal América.

En este Siglo XXI el desarrollo intelectual tiene un valor incalculable, toda vez que se ha convertido en la verdadera clave de la movilidad social ascendente en las sociedades modernas, dejando en un segundo plano, aunque no eliminándolo, el factor económico.

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Estas cuestiones que planteamos no son ociosas ni mucho menos percepciones antojadizas, mucho menos en un país que supo tener la mejor educación de Latinoamérica hasta hace unas décadas, lo que convirtió a la Argentina en uno de los lugares con mejor estándar de vida del mundo y el primero en la región. Estrepitosamente aquella realidad se revirtió, involucionamos en este aspecto y en la actualidad se ha hecho evidente la degradación del sistema, tanto el público como el privado, aunque más notorio en el primero. Es dable aclarar que la caída libre no comenzó ni hace siete meses ni doce años sino que las responsabilidades les caben al menos a cuatro gobiernos.

La debacle se ha desmadrado desde el momento que ya el problema no se circunscribe a las falencias del sistema educativo sino a la sociedad toda, porque ha dejado de visibilizar a la educación como una clave del desarrollo futuro. La educación de nuestros chicos no representa, según encuestas recientes, una mayor preocupación para los ciudadanos, solo el 4 por ciento cree que es un problema clave del país.  Y, hablando desde la percepción de la calle, nos atrevemos a sostener que ni siquiera eso. No hay que llamarse a engaño, en una encuesta todos los consultados dicen que es un tema importante, porque es políticamente correcto plantearlo en esos términos, pero cuando hay que establecer prioridades, invariablemente, es la economía o la inseguridad lo que consideran en los primeros lugares.

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Con el retorno de la democracia, se realizaron grandes congresos educativos, intentando que la Argentina retomara su senda de excelencia en este tema. Sin embargo no hemos podido siquiera mejorar y, a grandes rasgos, hemos retrocedido. Es más, a 10 años de la sanción de la Ley Nacional de Educación, el déficit estructural sigue existiendo.

Los datos duros ayudan a comprender el problema: dos de cada cuatro chicos terminan el secundario. Y a nivel universitario, la situación no es mejor. El Consejo Superior de la Universidad Nacional de La Plata decidió intervenir en el conflicto de la Facultad de Medicina y sugirió que se tome un segundo recuperatorio a los estudiantes de primer año que reprobaron las materiales troncales y podrían perder el año. Hasta ahora, aprobó solo el 2 por ciento del alumnado. Para decirlo en términos vulgares: cundieron los bochazos. En la Facultad, consideran que la intervención es excesiva y lo consideran una persecución, pero ese no es el fondo de la cuestión.

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El problema estalló hace 20 días cuando se supo que 8 de cada 10 alumnos de primer año fueron aplazados y deberán esperar hasta el próximo año para volver a cursar las asignaturas, como sucede en cualquiera de las facultades no solo en Medicina. Lo que impacta es el número de alumnos que no llegan a los contenidos básicos para aprobar.  Generar un “segundo recuperatorio” es una salida fácil para un problema complejo, porque en definitiva se ofrecen nuevas oportunidades a quienes no estudiaron o no pudieron comprender la materia en los plazos y exámenes normales. Que el 80 por ciento de los alumnos aplace el primer llamado o el recuperatorio, habla de una falta de herramientas de los alumnos para estudiar o bien no han puesto voluntad suficiente. Pero exigir cada vez menos es el peor camino que se puede elegir. Que hay que evaluar a los docentes, no hay duda, pero considerar que la falla está solo ahí y que por ello hay que reformular el examen o implantar una nueva oportunidad bajo otros ojos evaluadores es minimizar lo que está sucediendo y, lo que es peor, no traccionar hacia alcanzar los objetivos sino bajar las expectativas. Lo que vulgarmente se dice, “nivelar para abajo”.

Hay que revisar la educación media, el estado de la sociedad frente a la educación, las variables de los estudios universitarios. No es un tema fácil de resolver y la Argentina lo viene postergando desde hace años para no hacerse cargo del problema.

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El Gobierno de Mauricio Macri se comprometió con la temática e impulsó el Compromiso por la Educación. En la presentación, realizada en el Centro Cultural “Néstor Kirchner”, mantuvo un encuentro acompañado por parte de su Gabinete, 15 gobernadores, ministros provinciales, 70 intendentes, empresarios, rectores y representantes de ONG.

Macri, al lado de su ministro de Educación Esteban Bullrich, respaldó la Declaración de Purmamarca, que fijó una agenda de políticas de Estado que incluyen, entre otros temas, mantener la inversión del sector en el 6 por ciento del PBI, implementar la jornada extendida en escuelas públicas, reducir la deserción del secundario y evaluar los procesos y que fue firmada por todos los ministros de Educación en febrero pasado.

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De los 13 ítems que conforman esa declaración, uno es crucial porque desalienta la crítica de la oposición sobre la supuesta visión “privatista” del macrismo: el Gobierno nacional y las provincias se comprometen a “sostener la inversión en educación del 6 por ciento del PBI” como se fijó hace 10 años en la Ley de Educación Nacional. Aquí de lo que se trata es de educación, su calidad y nivel y en la Argentina la educación privada y la pública conviven y la idea es que el Estado sostenga la escuela pública sin que esta pierda nivel frente a los privados que cuentan con más recursos. Ahora, el dinero, por mucho que sea, no servirá sin una revisión de contenidos, formatos y sistemas de evaluación. Empezar por unificar en todo el país el sistema debería ser el primer paso. En este sentido, si algo es bueno atender de la educación privada es que, como empresas que son y que operan en un mercado competitivo, no solo apuntan a tener muchos alumnos sino los mejores. En este caso, porque es la “mejor propaganda” que les puede aportar más matrícula para el siguiente ciclo. En lo que a la escuela pública, bajo otra premisa que es la de promover a la sociedad y procurar que sea cada vez más productiva, también debiera considerarse no solo tener cada vez más alumnos sino apuntar que sean cada vez mejores. Y para ello, los contenidos deben ser actualizados y de exigencia, no preparados para ajustarse a las estadísticas de repitencia, por ejemplo, viviendo en la fantasía de que cuantos menos alumnos repiten según las estadísticas, mejor formados egresan.

La iniciativa planteada también impulsa “fortalecer los aprendizajes en la escuela primaria”, “alentar que los mejores estudiantes de la escuela secundaria encuentren atractiva la elección por la docencia”, “generar y fomentar políticas y proyectos de innovación educativa que promuevan nuevas formas de organización escolar” y “fortalecer la autonomía de las provincias y las ciudades para implementar programas, planes y proyectos acordes a sus necesidades y realidades”.

Estos enunciados son teóricos, como a nadie escapa, y será la implementación, la letra chica de estos conceptos lo que se verá en la aplicación, así como el compromiso cierto de todos los efectores de esta declaración.

Lo urgente, que en este caso es también lo importante, es que el Estado (y cada gobierno a su turno) haga foco en una educación de calidad.  El objetivo no es imposible porque la Argentina la ha tenido en el pasado, de modo que deberíamos retomar ese camino. Y lo fundamental esta vez no es sólo la cuestión económica, que aparentemente estaría resuelta, sino el involucramiento social en pos de lograr esta mejoría. No solo los docentes y alumnos, porque en este logro, los padres, las entidades intermedias, los medios de comunicación, deben ser parte del compromiso.

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Porque volvemos a nuestra premisa inicial: la educación es hoy el principal activo que tiene una nación.

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