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Ecos del 8M

10 de marzo de 2020 a las 12:00 a. m.

Ni la emergencia sanitaria mundial por el coronavirus detuvo a las mujeres que salieron a las calles en el Día Internacional de la Mujer para reclamar por el fin de la violencia machista. Hubo consignas universales que trascendieron cualquier geografía y voces que en cada Continente se expresaron por las problemáticas que les son propias y singulares. En tiempos de feminismos, fue unánime el pedido por el respeto a la determinación de la mujer en relación a su cuerpo y el pedido por la despenalización del aborto en varios países. Esa temática ocupó un lugar central en la consigna del 8M. Tampoco estuvieron por fuera de las proclamaciones las cuestiones políticas que atendiendo a la coyuntura y realidad particular de cada país encontraron un canal de expresión para decir lo que en lo cotidiano muchas veces se calla. Y como contracara tampoco faltaron algunas manifestaciones radicalizadas que amenazaron con desvirtuar una voz que necesita manifestarse para que algo de la realidad que agobia a las mujeres del mundo cambie, por cuanto los flagelos de los que son víctimas, las coloca en un plano de desigualdad frente a los hombres y las transforma en blanco de graves dificultades. Lo que también estuvo en las calles del mundo fue la acción de un Estado que no siempre se muestra dispuesto a escuchar el reclamo de minorías ni de mayorías y actúa recreando viejas prácticas.

A contracorriente de lo esperable, en muchos lugares la represión fue parte de un día que debería quedar marcado en la historia como un hito de la evolución: el llamado de muchas mujeres a acabar con la violencia que encuentra canales para irrumpir en la sociedad y lo hace sin piedad. Por fuera de cualquier posicionamiento ideológico o político particular, la voz de las mujeres debe ser diferenciada y escuchada. Debe venir a imprimirle al discurso público la sensibilidad frente a lo injusto y la inteligencia que posibilita tender puentes allí donde todavía se vulneran derechos y construyen muros. La voz de las mujeres, que han madurado en su conciencia social para aportarle claridad y consistencia a sus reclamos y que se han posicionado con la autoridad suficiente como para no dejarse avasallar, abren las puertas de una agenda común y necesaria que coloca en el primer lugar de las prioridades feministas el respeto a los derechos. También incluye la equidad como construcción de una sociedad más justa. Y no desconoce que hay que trabajar por la erradicación de la pobreza que sume a las mujeres de muchos países del mundo en la más terrible de las tragedias, esa que las coloca como blanco de la desigualdad. También interpela a que la sociedad en su conjunto pueda establecer otras reglas para la lucha contra la violencia sexista que arremete de manera cruel y despiadada.  En las más diversas geografías del mundo, en la multiplicidad de aristas que tiene la realidad de las mujeres, el mundo está llamado a prestar atención. Hay un colectivo que brega por el bienestar de sí mismas y de otros y que apuesta a un mundo más igualitario. Con las más complejas realidades en países democráticos y en sociedades autoritarias, el 8 de marzo las mujeres ganaron las calles y se revelaron. Con una voz que ya no puede silenciarse. Pero lo que dicen no se agota en una manifestación pública que en cualquier sitio recrea una efeméride internacional. Lo que dejan es un eco que resuena y convoca a la acción. Un trabajo de las propias mujeres y de los hombres. Sostenido y conjunto. Una tarea que llama con urgencia a los líderes del mundo, a quienes tienen responsabilidad cierta de cambiar el estado de cosas. También un eco que queda en la base de la propia sociedad que está llamada a hacerse carne de la voz de las mujeres para tomar la consignas como banderas propias, sin otra ideología más que la búsqueda de la equidad y el respeto. Sin violencia y sin radicalizaciones que desvirtúan y muestran qué tan vivo está en la sociedad el germen de la violencia machista, ese que se cuela en el sentir de algunos hombres y aunque parezca un contrasentido en el hacer de muchas mujeres, y que inhabilita la posibilidad de construir una realidad diferente sustentada en el respeto a la diversidad como premisa, únicos pilares desde los cuales puede sostenerse la convivencia pacífica en cualquier parte del mundo.

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