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Del desorden social a la anarquía, un paso

Los repetidos cortes de rutas y calles que afectan la libre circulación del peatón y el conductor o las tareas callejeras que muchos ciudadanos se ven en la necesidad de realizar para sobrevivir, revelan el desbarajuste reinante en la convivencia social. Tomas de terrenos, hasta parques nacionales completos, sin que...

03 de septiembre de 2021 a las 12:00 a. m.
Del desorden social a la anarquía, un paso

Los repetidos cortes de rutas y calles que afectan la libre circulación del peatón y el conductor o las tareas callejeras que muchos ciudadanos se ven en la necesidad de realizar para sobrevivir, revelan el desbarajuste reinante en la convivencia social. Tomas de terrenos, hasta parques nacionales completos, sin que el Estado accione. Normas de cumplimiento ambiguo. Y la seguridad imperante y perenne, ejercida por los mismos de siempre que entran y salen de presidio sin solución de continuidad, habiendo conformado ya un linaje con sus hijos y nietos merced a una Justicia obsoleta en su matriz y en sus fundamentos. En fin, una serie de situaciones (que podría ampliarse infinitamente) que pareciera se dirigen a convertir en realidad aquella célebre frase: "Homo hominis, lupus", a través de la cual el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) explicaba la transformación del hombre en lobo para los otros hombres cuando el Estado o una autoridad fuerte no lograba evitar el caos, la destrucción y la anarquía. Si bien es diferente la situación de la Inglaterra del Siglo XVII y la Argentina del Siglo XXI, la naturaleza del hombre continúa siendo idéntica pese a que los contextos históricos y sociales se modifiquen. Hobbes desarrolló su teoría política, en gran parte, a partir de los enfrentamientos de poder entre el rey Carlos I y el Parlamento, y en apoyo del primero. Hobbes creía que era necesario implementar una autoridad absoluta cuya ley se transforme en la máxima autoridad y sea obedecida por todos. Defendía el absolutismo, solo por considerarlo necesario para el desarrollo individual. Esta teoría la fundamentó con dos principales argumentos: los valores son relativos entre los individuos y la naturaleza humana es egoísta. Según Hobbes, la voluntad del hombre es dirigida por el deseo de buscar ciertos objetos y por la repulsión a eludir otros. Una teoría que transforma la valoración de los objetos en algo subjetivo, porque mientras para una persona un objeto puede ser bueno porque es deseable, para otra podría resultar detestable y viceversa. Si ningún objeto es intrínsecamente bueno, entonces los valores son relativos entre los hombres. Y en segundo lugar, la teoría psicológica de Hobbes que señala a la naturaleza humana como completamente egoísta. Es en aquel deseo humano de buscar un objeto, un bien para él, que se origina una profunda rivalidad entre los hombres, que lo aparta de su felicidad y pone en riesgo su propia supervivencia. Por lo tanto, el Estado absoluto debería surgir para remediar dicha situación de la naturaleza humana que, guiada por el instinto egoísta de supervivencia, desembocaría inevitablemente en una guerra de todos contra todos y haría imposible el desarrollo de cualquier sociedad. Ahora, volviendo al Siglo XXI y siguiendo la teoría de Hobbes, los Estados actuales no solo no han controlado ese latente estado del hombre sino que lo han fomentado y ellos mismos se enfrentan asiduamente entre sí movidos por deseos de poder, económicos, religiosos y raciales, poniendo en peligro el planeta. Sin embargo, la solución real al desorden social reinante no se encuentra en tratar de evitar -como asegura Hobbes- ese estado de la naturaleza egoísta del hombre. En primer lugar, porque el hombre no es egoísta por naturaleza sino que se convierte en tal por las circunstancias adversas que le tocan vivir. Y en segundo lugar, simplemente, porque existen valores objetivos más allá de los deseos de cada hombre. Valores que encuentran su fundamento intrínseco en la verdad que es evidente por sí misma. Es necesario, entonces, la actuación del Estado en la consecución del bien común de la sociedad y para crear las condiciones necesarias de respeto entre los ciudadanos. El orden social, además, tiene que fundamentarse en que cada individuo debe saber que existen valores objetivos que deben ser respetados. De lo contrario, si ni el Estado cumple su función ni el ciudadano la suya, las consecuencias serán las mismas que planteaba Hobbes: "Homo hominis, lupus".

La transgresión hecha foto que precipitó el Olivosgate es muestra cabal del desorden social que tanto temía Hobbes en tanto quien viola la moral vigente (aunque impuesta por decreto) es precisamente quien debe inducir al orden. Y esto no hace otra cosa que expandir el disenso y la confusión (mucho más al escuchar las explicaciones dadas), cuando lo que se necesita es cohesión y certezas. 

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Ni cohesión ni certezas: resulta que ahora hay ciudadanos que contagian y otros que no (o premiados y castigados), habida cuenta que aquellos que viajen por trabajo al exterior y estén vacunados no deberán aislarse al regresar. Ciudadanos que viajen por otros motivos y estén igualmente vacunados y se sometan a la misma serie de PCR requerida deben en cambio aislarse por una semana.  

La toma de terrenos, la violación de la propiedad privada y el uso interesado de las necesidades básicas insatisfechas y la manipulación del discurso para justificar este tipo de acontecimientos son demostraciones del desorden social que vive la Argentina, luego de décadas de retroceso, y de la anomia en la que nos movemos.

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Amparándose en el argumento de que se pretenden evitar hechos violentos -lo cual es correcto-, se avanza en negociaciones que son dinamitadas a poco de andar por algunos grupos que funcionan al margen de la ley y que, en determinados casos, también podrían tener entidad oficial.

No hay futuro para una sociedad que no se rija por un cierto orden normativo, en el que la convivencia y la igualdad ante la ley (para los derechos y para las obligaciones) se manifiesten en la práctica y así legitimen los discursos. 

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Sin respeto por las normas, la anarquía está la vuelta de la esquina.

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