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¿Dejará la política que avancemos a la estabilidad económica?

30 de diciembre de 2023 a las 12:00 a. m.

En octubre de 1987, el secretario general del Partido Comunista Chino, ZhaoZiyang afirmó: "No puede haber reforma económica sin reforma del sistema político". Quizás haya tenido razón; Argentina ha probado no menos de 20 diferentes recetas económicas que nunca funcionaron en los últimos 100 años. Ahora el presidente Javier Milei armó un DNU como un brulote lleno de material explosivo, ciñó las velas y lo puso a navega con rumbo de colisión hacia el Congreso de la Nación. La traición a la política se comienza a fraguar. La única pregunta que sobrevuela el campo de batalla es cómo piensa gestionar la tensión entre la gobernabilidad y esta reformulación del sistema político, empresario, sindical y social que irá a seguir de ahora en más sin caer en una autocracia, un sistema iliberal -vaya paradoja-, o en una dictocracia. Respuesta compleja.

La historia de Argentina es una historia de desavenencias, de luchas intestinas y de guerras civiles -algunas muy cruentas-, y de una fragmentación y polarización permanente.

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En la época colonial, antes siquiera de comenzar a concebir la idea de formar un país, nos asolaba una guerra civil entre quienes buscaban obedecer a la corona española y los que querían subordinarse a otras coronas. Apenas establecido un gobierno patrio, en julio de 1812, ocurrió el primer intento de golpe de Estado de nuestra historia como país independiente. Ese mismo año, en octubre, estalló un segundo golpe que destituyó al Primer Triunvirato reemplazándolo por el Segundo Triunvirato. Comenzaría entonces un largo período de anomia y, finalmente, de guerra civil -entre unitarios y federales- que batallarían por decidir quién habría de imponer el modelo de organización nacional. La guerra civil llegaría a su fin tras la batalla de Pavón. La resolución del conflicto, no. Con el fin de esta guerra civil entraría en vigor la ley fundamental de la Nación; casi medio siglo después de la declaración formal de la independencia del país. Aun así, Argentina probaría, una y otra vez, que la existencia de leyes escritas no significaría nunca su observancia. Por el contrario, de allí en más -aun durante períodos de relativa estabilidad y crecimiento-, los pliegues y quiebres institucionales; la desorganización estructural; el no-respeto a la ley en su espíritu fundante sino su acatamiento de manera parcial y a través de sus intersticios, fueron el criterio y la forma "normal" de actuar de la sociedad.

Sobrevuela la sospecha de que el conflicto entre unitarios y federales nunca fue resuelto, y que, ante cada pliegue de la historia, sus ecos vuelven a resonar. Acaso, ¿es el sometimiento económico que implica el actual mecanismo de la coparticipación una mejora por sobre las anteriores intervenciones provinciales del Gobierno nacional? Ambos mecanismos forjaron a fuego lento el medioevo feudal que casi todas las provincias argentinas sufren hoy. Asusta sentir que seguimos tratando de resolver imposiciones que reverberan tras las batallas de Caseros y de Pavón.

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Así es que desde casi siempre, el pueblo argentino ha estado partido en dos mitades: una mitad "sana" y otra "despreciable". Ambas irreconciliables una para la otra. ¿La multitud que aplaudía las palabras "ajuste" y "recorte", se percibía a sí misma como los "sanos civilizados" que lograron destronar a los "bárbaros despreciables"? ¿Nacerá, ahora, y fruto de esta nueva grieta, el mileismo y el anti-mileismo; una versión reeditada de "¿Civilización o Barbarie"? 

Denis Jeambar e IvesRoucaute publicaron un ensayo titulado "Elogio a la traición". Los autores, en una suerte de relectura de "El Príncipe", afirman: "No traicionar es perecer: es desconocer el tiempo, los espasmos de la sociedad, las mutaciones de la historia. La traición, expresión superior del pragmatismo, se aloja en el centro mismo de nuestros mecanismos republicanos modernos". Esta "traición", además, cumple su promesa de campaña.

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Hay que reconocerle a Milei un grado de maquiavelismo importante. Al principio de su vida política se fondeó con plata y equipos del massismo para esmerilar a Juntos por el Cambio y luego -sorprendiendo a todos- se alió con Macri y con Bullrich para destronar a Massa. Vencido Massa, cooptó a Bullrich, rompió la alianza con Macri y dejó que Juntos por el Cambio y el PRO implosionaran. De allí en más, Juntos por el Cambio, el PRO y la UCR se atomizaron por el enanismo cívico de sus dirigentes.

También mostró un pragmatismo y una capacidad política que no se le conocía al simular aliarse con parte de la casta a la que había prometido descastar. Quizás esta "traición" a su electorado era necesaria para asegurar algo de esa gobernabilidad, tan esquiva, temida y que se balacea en un delicado equilibrio. Milei llega a la Presidencia con la mayor cantidad de votos de la historia, pero, al mismo tiempo, con la mayor fragmentación política y social posible. Solo la lógica de la más pura política de negociaciones tras bambalinas y de traiciones entre gallos y medianoche podrá conseguir los siguientes hitos parlamentarios que necesita para aprobar las reformas que propone. Si es que lo consigue. ¿Habrá un plan B?

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También hizo gala de una buena administración de dosis pequeñas de traiciones internas necesarias que quedaron expuestas en ánimos caldeados, portazos destemplados y heridas visibles en algunos "mileístas de la primera hora". El alejamiento de Carlos Kikuchi, "operador histórico" del mileísmo; la fallida designación de Carolina Píparo al frente de la Anses; las traiciones a Victoria Villarruel tanto ante las designaciones de Bullrich y Petri como ante la asunción presidencial, donde de negoció con el kirchnerismo que el juramento presidencial lo tomara Cristina Elizabet Fernández de Kirchner en vez de su socia y flamante vicepresidenta; el alejamiento de cualquier puesto de relevancia y de poder de Ramiro Marra.

Antonio Gramsci dijo: "La crisis consiste, precisamente, en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: durante este interregno surgen síntomas mórbidos". Hoy nos encontramos repletos de síntomas mórbidos; todos los conocemos y reconocemos. En la política, en la economía, en la justicia y en todos los estamentos sociales existentes e imaginables. Y el brulote navega hacia ellos.

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"Quien se niega a aplicar remedios nuevos, debe aprestarse a sufrir nuevos males, porque el tiempo es el mayor innovador de todos", aseguraba el filósofo inglés Francis Bacon. Quizás esta traición pueda cambiar el curso de la historia; el devenir está abierto. Habrá que ver si con esta traición a la política habremos de llegar a la tan ansiada estabilidad económica y a la pacificación, unificación y reconciliación de un país desgarrado por una grieta y una crisis moral inconmensurable, o si, en cambio, termina por destruirlo todo; arrasándonos y arrastrándonos al caos que ya supimos vivir; eterno síntoma de nuestra Argentina.

La sabiduría popular asegura que hay tres cosas de las que no se puede retornar: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida. Las palabras fueron pronunciadas; la flecha fue lanzada. Recemos y trabajemos para que no perdamos, otra vez, la oportunidad.

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