Dejar de consumir y rearmar lazos: historias de transformación

Quienes llegan a la Granja San Camilo lo hacen por decisión voluntaria. El dispositivo no recibe derivaciones del sistema sanitario ni judicial. Actualmente viven ocho jóvenes que se aíslan para iniciar el proceso de recuperación que les permita abandonar el consumo y rearmar los lazos quebrados por la droga. Aunque no hay un tiempo determinado para permanecer en el dispositivo, la mayoría vive un par de meses y se van cuando consiguen restablecer vínculos familiares y controlar la cuestión del consumo de sustancias. Del diálogo con familiares, voluntarios y con los propios jóvenes se desprende que, independientemente de la problemática del consumo, el establecimiento de nuevas formas de relación con sus propias familias y el entorno afectivo de referencia, es el común denominador de todos los que pasan por este lugar. Para Juan Cabrera el hecho de que la Granja haya ayudado por lo menos a un chico a recuperarse y a volver a crear un vínculo con la familia, le da razón de ser a este proyecto.
Es hermosísimo ver cómo en el tiempo los propios chicos van cambiando. El hecho de vivir con ellos me permite ir viendo este proceso desde que llegan. Si bien es cierto que lo que mata la droga no se resucita, hay mejorías que son notables. Algunos llegan con bajo peso y enseguida se recuperan, mejoran el semblante, les cambia la mirada. Hay chicos que llegan sin reírse y recuperan la alegría, relata el sacerdote.
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Para los padres la experiencia también es de aprendizaje, porque el dispositivo les propone vincularse con sus hijos de otra manera. Hay papás que me dicen que comparten más tiempo con sus hijos desde que están en la Granja. Eso reconforta mucho porque es el propio chico el que puede volver a valorar a la familia, el vínculo más cercano que tiene y el que no lo va a abandonar nunca.
Mientras se desarrolla la entrevista en el marco de la visita realizada por LA OPINION a la Granja San Camilo, los jóvenes que viven allí en un espacio contiguo comparten una clase de musicoterapia con uno de los voluntarios. Cuando los acordes de la guitarra se callan, en una ronda de mates surge la palabra. Hablan de lo que les pasa con el consumo, de sus problemas personales y de sus expectativas. La escucha es respetuosa y parte de un proceso que busca que se recuperen de un problema que les embarga la vida y los deja fuera de los proyectos que habían soñado. Que lo consigan es el motor que le da sentido a este espacio.









