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Decepción y hartazgo en el pueblo

Entre la inoperancia del \"vamos viendo\" del presidente Alberto Fernández y las demoledoras patadas al tablero que pega la vicepresidenta de la Nación, los barquinazos de la Argentina se suceden cada vez a mayor velocidad y ya toman el carácter de inevitables. Las inocultables obsesiones de ambos son las que...

29 de abril de 2022 a las 12:00 a. m.
Decepción y hartazgo en el pueblo

Entre la inoperancia del "vamos viendo" del presidente Alberto Fernández y las demoledoras patadas al tablero que pega la vicepresidenta de la Nación, los barquinazos de la Argentina se suceden cada vez a mayor velocidad y ya toman el carácter de inevitables. Las inocultables obsesiones de ambos son las que hoy por hoy prevalecen en el escenario de la política. Ya es vox populi que ambos se han desentendido de aquello que le pasa a la platea. Parecen dos realidades en dos países distintos.

El presidente solo parece gobernar para agradar a Cristina; a veces parece que se ha puesto las pilas pero vuelve a recaer, mientras que la vice piensa casi únicamente en su futuro personal, derivado de las causas judiciales que la agobian y tiene a la Justicia y sobre todo a la Corte, en la mira.

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La aparición pública de Fernández para inaugurar un gasoducto esencial que ni siquiera fue licitado, al lado de funcionarios que no le atienden el teléfono a su ministro de Economía y que se rebelan contra la baja de subsidios a las tarifas que se le prometió al FMI porque el Instituto Patria no lo valida, es un ejemplo reciente de su recurrente sumisión. Ni qué decir de haber soportado estoicamente el discurso del gobernador bonaerense, Axel Kicillof dedicado a alabar a toda la familia Kirchner, incluido a Máximo, por haber sido el gestor del impuesto a las Grandes Fortunas.

Por el otro lado, la partición del bloque de senadores que ordenó Cristina para asegurarse un asiento extra en el Consejo de la Magistratura, un voto más que le permita nombrar algún juez afín, ha sido el penúltimo aporte a la ofensiva kirchnerista contra la Justicia que va y que viene de acuerdo a sus necesidades. Cuando nombró al senador Martín Doñate, automáticamente reconoció el fallo de la Corte de reposición de los 20 miembros, algo que hasta el día anterior fue calificado como un "golpe institucional". Ahora, la demolición seguirá con el eventual cambio en el número de jueces de la Corte Suprema de Justicia.

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Si el Ejecutivo está entretenido en tironeos que a pocos le importan y si el Poder Judicial debate cuestiones formales, no es menor la parálisis del Congreso sólo sacado del ostracismo por este tipo de proyectos que apuntan a provocar antes que a legislar, ya que nadie es capaz hoy de armar consensos sobre los temas que verdaderamente importan. Cuando Sergio Massa le reconoció a la UCR la nominación de Roxana Reyes, fue lapidado por el jefe del bloque peronista, Germán Martínez. Los radicales huelen a puesta en escena, porque además Martínez solicitó un amparo. Así, con las energías en otro lado, los problemas centrales de la gente quedan siempre en segundo plano.

En medio de todos estos dislates y pese a que se la embauca con el cuento de los empresarios voraces, que por otra parte son los mismos que en otros lugares no fabrican inflación para enriquecerse, la sociedad parece estar tomando acelerada conciencia de que la política le juega sucio porque hace que el gasto público se cubra con una emisión que ya ha superado todos los diques y tiene muy en claro que ésa es la causa primordial de la inflación. Su descrédito ante el uso de remedios fracasados es tal que ni siquiera las dos atendibles causas que exacerbaron la emisión y los precios internacionales (y por ende la inflación), como fueron la pandemia de Covid-19 y la invasión de Rusia a Ucrania, le sirven al Gobierno como excusa.

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Está claro que el virus de la inflación afecta a todos y a los más postergados con mayor ponzoña. Buena parte de la población, los más necesitados, está sufriendo en lo inmediato los coletazos de la situación como un hecho de vida o de muerte, muchos cercados por el desempleo, la miseria, la droga y la inseguridad, mientras que hay otra porción que avizora para ellos y para quienes los siguen un futuro de mucha mayor oscuridad, habida cuenta de las deficientes educación, salud y Justicia que provee el Estado, lo mismo que otros servicios públicos caros e ineficientes. Ni que hablar del déficit crónico de viviendas que sufre la Argentina y la imposibilidad cierta de acceder a la casa propia de la mayoría de los nuevos adultos argentinos y trabajadores. En tanto, la inusitada presión impositiva de la Nación, las provincias y los municipios afecta (y desincentiva) sobre todo a las capas sociales que tienen alguna capacidad de inversión. Hay agujeros por todos lados.

Lo que en general sienten los ciudadanos es que nadie da pie con bola para atender sus problemas y que el de la inflación es el primero de ellos. Es más, la percepción generalizada es que por detrás hay algo que le conviene al Gobierno y que por eso no se la combate. No les falta razón. Hay todavía fanáticos o acólitos leales, pero cada vez son más las personas que parecen francamente decepcionadas de los líderes que eligieron quienes, a su vez, les dan todos los días sobrados motivos para estar envenenados. Está bastante claro que las necesidades de toda la sociedad por estas horas son totalmente diferentes a las intrigas de Palacio y que la depresión ambiente no es solamente un mal económico.

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