Cuando los gestos valen más que las palabras
Finalmente el presidente Mauricio Macri fue recibido por el Papa argentino, Francisco, con quien entabló relación cuando era jefe de la Ciudad de Buenos Aires y el Santo Padre era el arzobispo porteño Jorge Bergoglio. La reunión pactada abría muchos interrogantes, sobre todo por las especulaciones políticas que se generaron en nuestro país respecto de que el Papa tiene simpatía por el peronismo y no veía con buenos ojos las políticas económicas del PRO.
Lo cierto es que más allá de las declaraciones de Macri, tras el encuentro, no sabremos jamás lo que se habló en los 22 minutos en que el Papa y el presidente estuvieron solos en reunión. Según dijo Macri, el sacerdote le dio dos consejos: tener paciencia y enfrentar sin titubeos los problemas más graves de la Argentina, narcotráfico y corrupción. Pero esos comentarios caben en apenas 10 segundos mientras que queda la intriga sobre el temario que abordaron el resto del tiempo que duró la entrevista. Quién sabe si hablaron de paz social, de pobreza, de excluidos, todos temas muy caros al Sumo Pontífice, que es el primer Papa que conoce la Argentina como ningún otro, por haber nacido y haberse criado en nuestra Patria.
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Por eso, a falta de más precisiones, aporta algún dato más el analizar los gestos que se cruzaron en esta visita. Tantas veces ha sucedido que los gestos terminan siendo más explícitos que las palabras.
El primer gesto que tuvo su interpretación fue el lugar y la duración de la entrevista. La comparación fue inmediata: a Macri lo recibió en una dependencia del Palacio Vaticano por 22 minutos mientras que a Cristina la recibió en su residencia privada y departieron por alrededor de una hora. ¡El Papa es peronista!, es la inmediata conclusión en la calle.
Lo empírico es que así sucedieron las cosas y en el PRO están entre que no lo entienden, desilusionados y hasta enojados.
La situación es impensada en términos de la lógica humana, política y, sobre todo, argentina: Cristina lo ninguneó cuando era arzobispo, lo dejaron plantado, acudían a ceremonias paralelas para no tener que presentarse en la Catedral ¿y ella es quien recibe mejor trato en términos diplomáticos?
A decir verdad, y ejerciendo la memoria, el pensamiento de gran parte de la sociedad aquel 13 de marzo de 2013 en que se escuchó el nombre de Bergoglio en el balcón del Vaticano se fue inmediatamente hacia Cristina. ¿Y ahora? ¿Qué va a decir la presidenta del jefe de la Iglesia argentina y ahora Papa, considerado por ende el pastor más probo?
El tema es que nos olvidamos los argentinos esta última frase: Francisco es pastor y es el mejor a los ojos de sus pares. Y justamente sus gestos no hacen más que hablar de sus cualidades y calidades. ¿Cómo podría el Papa tener una actitud revanchista, de vendetta? Este hombre de Dios predica con los gestos, lo venimos viendo y diciendo. Pues esta diferencia entre el modo de atender a Cristina y Macri es justamente eso: una prédica, un ejemplo de que no debe primar cosa tal como el ojo por ojo, diente por diente. ¿O vamos a negar que a más de un argentino le hubiese gustado que Bergoglio se cobrara desde el Vaticano todos los desplantes de Néstor y Cristina haciéndole el vacío a la presidenta? Mientras muchos esperaban eso, él hizo lo contrario y dejó su mensaje. Algo similar ocurrió más recientemente con su gesto de enviarle el rosario a Milagro Sala. Sucede que cuando toca de cerca, cuesta más entender. Porque mientras algunos recuerdan como una grandeza aquel gesto de Juan Pablo II yendo a visitar a su matador, Alí Agca, a la cárcel, critican que Francisco se haya vinculado con la dirigente. Incluso si a los ojos de Dios fuera una pecadora, el Evangelio invita a perdonar, condolerse y acompañar. ¿Por qué no debería hacerlo entonces el Papa?
Los gestos de Francisco son evangélicos, no políticos. Todo lo que se puede interpretar desde esa mirada va a estar teñido siempre de intención y despojado del mensaje que el emisor, en este caso el Papa, le quiso imprimir.
Tenemos que acostumbrarnos los argentinos a ver al Papa Francisco como el hombre de Dios en la Tierra y no como un actor de la arena política, más allá de su condición de jefe de Estado.
Sólo de ese modo podremos interpretar lo que realmente nos quiere decir con cada uno de sus gestos.














