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Cuando la política recupera el valor de la palabra

La reapertura del Teatro San Martín es más que un hecho cultural: es una lección sobre lo que significa cumplir cuando la palabra dejó de valer.

09 de agosto de 2026 a las 07:00 a. m.
Cuando la política recupera el valor de la palabra

El Teatro San Martín volvió a abrir sus puertas después de casi veinte años de promesas, expedientes y silencio. La reapertura no es solo un acontecimiento cultural: es la prueba de que la palabra empeñada puede cumplirse cuando la política deja de mirar el calendario electoral y asume la lógica de la responsabilidad.

Pergamino vivió el viernes por la noche algo más profundo que la inauguración de una sala. Vivió el cierre de un largo proceso institucional que comenzó en septiembre de 2003, cuando el municipio anunció con gran despliegue la compra del viejo Cine San Martín en remate público para convertirlo en teatro, y que atravesó dos décadas de proyectos, marchas y contramarchas, dificultades administrativas y una comunidad que jamás resignó la idea de recuperar su escenario emblemático.

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Porque la historia del San Martín es, antes que nada, la historia de una obra que resultó más grande que los tiempos de la política. El expediente 2682/14, aprobado por el Concejo Deliberante en mayo de 2014, la documenta con precisión: la compra anunciada en 2003 nunca completó su escrituración. Durante once años, la ciudad debatió, proyectó, licitó y hasta demolió partes de un edificio del que no era legalmente propietaria. Una "anomalía" —así la calificó el propio expediente— que derivó en un sumario administrativo interno y que impidió, por normativa, invertir fondos públicos significativos en un inmueble sin titularidad plena. No hizo falta mala fe para llegar a ese punto: alcanzó con que la complejidad del trámite superara la voluntad de resolverlo. Pero el resultado fue el mismo: años de un teatro cerrado y una ciudad esperando.

La cronología de una espera

El repaso es elocuente y merece hacerse completo, porque cada fecha es parte de la memoria de esta obra. Los primeros anuncios oficiales, en 2003 y 2004, hablaban de una rápida refacción por el deterioro del edificio, y con ellos llegaron las primeras expectativas y también las primeras incertidumbres: quién tenía la titularidad, qué fondos se usarían, cómo avanzaría el proyecto. En enero de 2006 se anunció el inicio de obras de restauración. En mayo de 2007 se firmó un convenio con el Colegio de Arquitectos de Pergamino para lanzar un concurso nacional de anteproyectos, y en diciembre de ese año se entregó el premio al proyecto ganador, de los arquitectos Chavanne y Kairuz, de la UBA. Fue un gesto de ambición genuina: se quería para Pergamino un teatro pensado en serio, con calidad profesional, no un simple arreglo.

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En 2008, el inmueble fue cedido en comodato a una comunidad religiosa para tareas de limpieza, una decisión que generó cuestionamientos en el ámbito teatral local y que hoy puede leerse como el síntoma de una etapa en la que faltaba un plan de ejecución definido. Recién en abril de 2010, siete años después del anuncio original, se ejecutó la primera intervención concreta: la demolición interna, el retiro de tanques, la excavación y el recorte de columnas, una obra adjudicada por 989.993 pesos con un plazo de 150 días. Entre 2009 y 2010 el municipio invirtió alrededor de un millón de pesos en esa primera etapa, financiada con recursos ordinarios. En 2013 se anunció una segunda etapa con un presupuesto de 4,5 millones, aunque la titularidad seguía sin regularizarse. Y en 2014, el Concejo Deliberante formalizó a través de la Comunicación 2682/14 los pedidos elementales: copia certificada de la escritura, constancia de que no existían deudas con ARBA, el detalle de todas las erogaciones desde 2003 y las conclusiones del sumario interno.

Cada uno de esos hitos fue, en su momento, una palabra dada a la ciudad. Y cada postergación fue erosionando algo que cuesta mucho más reconstruir que un edificio: la confianza de una comunidad en los tiempos de lo público.

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Las obras que no entran en un mandato

Hay una enseñanza de fondo en esta historia, y es la que esta reapertura permite pensar. Hay obras que, por su magnitud, no se pueden hacer con la lógica cronológica de la política. No caben en un mandato, no rinden en una campaña, no se inauguran a tiempo para una elección. El San Martín es el ejemplo perfecto: lo que recibió la actual gestión no era un teatro detenido sino un teatro profundamente dañado, con escaleras internas rotas por modificaciones inconclusas, estructura desmantelada, deterioro en muros, instalaciones y accesos, y sin un diseño único y coherente. Lo que debía ser una continuidad técnica fue, en los hechos, un reinicio total.

Una obra así exige otra cosa: la lógica responsable de una clase política dispuesta a trabajar para un resultado que quizás coseche otro. Esa es la diferencia entre hacer para buscar el voto y hacer para responder a las expectativas de la sociedad. Porque la mayoría que esperó este teatro no vota todos los fines de semana. Es la mayoría silenciosa que hace a la cultura de una ciudad: los que estudian teatro, los que llevan a sus hijos a un espectáculo, los que recuerdan las funciones del viejo cine, los que durante dos décadas se negaron a dar por perdido un símbolo. A esa mayoría no se le responde con anuncios. Se le responde con obras terminadas.

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Y hay que decirlo también: si el teatro llegó vivo hasta acá, fue en buena medida por esa presión social sostenida. Sin la insistencia de la comunidad cultural, sin los reclamos, sin la memoria colectiva que mantuvo la idea en pie cuando los expedientes se empantanaban, el San Martín podría haber corrido la suerte de tantos edificios emblemáticos que las ciudades pierden por cansancio. La reapertura es también un triunfo de esa constancia ciudadana.

El mérito de terminar

Corresponde reconocer que la gestión encabezada por Javier Martínez tomó ese edificio y lo llevó, etapa por etapa —refuerzo estructural, modernización eléctrica, renovación de iluminación, actualización del sistema de climatización, nuevos accesos y criterios de accesibilidad, reorganización funcional—, hasta la reapertura de su sala principal, con escenario y sector superior habilitados, mientras la planta baja concebida como multiespacio completará el proyecto. No es salamería: es la constatación de una relación causal elemental entre decidir terminar una obra y que la obra se termine. En un país acostumbrado a las inauguraciones de maquetas, terminar es un mérito político en sí mismo.

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Pero sería un error leer este comentario editorial como un elogio a una gestión, así como sería injusto leerla como una condena a las anteriores, que también pusieron su parte en el largo camino: la compra, el concurso de anteproyectos, las primeras etapas de obra fueron eslabones sin los cuales hoy no habría nada que reabrir. Es, en todo caso, un llamado a que la forma de hacer que permitió cerrar este ciclo se vuelva regla y no excepción. Que la política pergaminense —toda, oficialismo y oposición, presente y futura— entienda que la reapertura del San Martín fija un estándar: el de la palabra que se cumple aunque cueste, aunque demore, aunque el rédito llegue tarde o le llegue a otro.

Recuperar la palabra, recuperar la ciudad

Lo que se reabrió el viernes no es solo una sala con butacas nuevas. Es la posibilidad de que los vecinos vuelvan a creer que cuando la política anuncia algo, ese algo va a existir. Después de una escrituración que tardó más de una década, de un sumario interno, de comodatos discutidos y de etapas que avanzaron a un ritmo que la ciudad sintió eterno, Pergamino recupera su escenario emblemático y, con él, algo más valioso: la evidencia de que la palabra pública puede volver a valer.

Ese es el verdadero legado del Teatro San Martín. No las luces, no las butacas, no la foto de la reapertura. Sino la lección de que la política encuentra su mejor versión cuando deja de sanatear y se pone a administrar, cuando entiende que gobernar no es prometer sino responder, y que la ciudad —esa que no vota todos los fines de semana pero construye la cultura todos los días— merece que le cumplan. El telón volvió a levantarse. Que nunca más tarde veinte años en hacerlo.

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