Cuando el relato salvaje se vuelve realidad
La película Relatos Salvajes recrea situaciones de la vida cotidiana que ponen al sujeto en el punto límite y lo impulsan a manifestar una sucesión de reacciones desmesuradas que expresan la violencia al extremo. En la ficción, cada escena plantea circunstancias que cualquiera podría imaginarse para su realidad, pero se sabe que cada escena está guionada para causar el impacto cinematográfico esperado. Sin embargo, lejos del entramado de cualquier película, cada vez con mayor frecuencia salir a la calle se parece a estar inmerso en un film de ese tipo. Lo impensado está a la vuelta de la esquina y la consecuencia del accionar violento propio o de los otros se torna impredecible. Tanto que un mínimo consejo o llamado de atención bien intencionado se deja de hacer por temor a la reacción del otro.
No hace falta irse muy lejos para comprobar que la irritabilidad está a flor de piel y la intolerancia emerge, lista para expresarse, ante cualquier actitud que genere fastidio o malestar. Hace unos días algunos hechos identificados por la prensa como relatos salvajes de nuestra propia realidad mostraban episodios dantescos en los que un taxista increpaba a otro automovilista tirándole el vehículo encima molesto por una encerrona y con su mujer y su hija como testigos de la escena no ahorraba ningún tipo de expresión para manifestar su furia con el solo propósito de vengarse de una maniobra de tránsito que lo había disgustado. Posteriormente la escena periodística lo mostró también entrando a los empujones a la sede judicial donde le tocó comparecer para hacerse responsable por sus actos.
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En una sucesión interminable, esos días otros hechos reprodujeron lo que parecía una escalada de violencia, como un fenómeno que cada vez resulta menos excepcional y que parece venir a mostrar algo del modo en que viven las sociedades cuando se crispan. A lo que cuentan las crónicas periodísticas se le suman otros hechos, muchos de los cuales pasan desapercibidos ante la prensa y otros tantos que consiguen notoriedad porque expresan su espectacularidad de un modo que rompe con lo habitual. Todos tienen el común denominador de expresar la peor para de una sociedad: su intolerancia frente a los otros.
Y la pregunta que cabe hacerse es si la violencia está en el ADN de los argentinos o es una conducta adquirida por el hartazgo o por las pautas de la vida actual que desbordan por sus consecuencias.
Este tipo de reacciones no son la consecuencia de estar nerviosos, sino una expresión de algo que sucede más profundamente producto de vivir en una sociedad que está traumatizada. Así, la crisis emerge como un predisponente para la violencia y muestra consecuencias psicológicamente graves. La violencia no es algo que va de lo individual a lo colectivo, sino a la inversa, como si la violencia hubiera calado hondo en la base misma de la sociedad y ante determinadas situaciones no tuviera más que trasladarse a las personas y expresarse. No hay espacio que quede a salvo de esta reacción. Ocurre en el tránsito, en la vida de relación, en la política, en las redes sociales, en los medios de comunicación. Como si tuviéramos el insulto fácil y la agresión siempre a mano para responder a una ofensa o propiciarla.
Fundamentalmente en las grandes urbes -pero ningún lugar se escapa a la posibilidad de la violencia-, la gente vive agobiada y el hartazgo por dificultades personales y colectivas hace de la respuesta violenta, el insulto, la agresión física y el desequilibrio la válvula de escape. Y lo que resta es solo esperar que el espiral de la violencia se reproduzca y crezca en una escalada impredecible.
Y esto para nada justifica los hechos; por el contrario, los pone bajo la lupa de las cuestiones que merecen captar la atención de quienes tienen herramientas para transformar la realidad. Mirar lo que ocurre exige ir al hueso del problema, trabajar en lo profundo de la sociedad y educar para una convivencia ciudadana más pacífica y ordenada.
Parece una utopía en el contexto de la severa crisis que atraviesa el país y que tiene dimensiones no solo económicas sino fundamentalmente sociales. Pero es urgente porque lo que se juega en esto desde el punto de vista sociológico es la sanidad del propio tejido social. Ningún país que se precie de grande puede admitir la pelea estéril de unos con otros.
El fenómeno que sucede en las calles, en los espacios de salud, en las escuelas, en el ámbito de la política, constituyen el reflejo de un clima social y muestran el resquebrajamiento del lazo social. Ese es el lazo que hay que volver a anudar para no perpetuar la ira que lleva a la anomia y desarma la cohesión social y los valores mismos que están implícitos en la convivencia ciudadana.
La violencia no está como condición en nuestro ADN, los relatos salvajes que se expresan en la realidad con un impacto que supera la ficción, muestran el síntoma de una enfermedad. Para tratarla hay que volver a los vínculos, a construir buenos ejemplos, a educar generacionalmente para tener otras reacciones frente a lo inadmisible. En otro plano, implica recuperar el respeto por las instituciones y por los otros. No hacerlo es dejar a la deriva la reacción más primitiva del ser humano para que se exprese allí donde se le presente la oportunidad, deteriorando cada vez más ese entramado social que es el que nos ligar a los otros y nos hace parte de la comunidad en la que vivimos, con consecuencias inimaginables.












