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Costumbres no argentinas

16 de febrero de 2014 a las 12:00 a. m.

Por esta globalización de las comunicaciones, que cada vez achica más el mundo, y con la siempre presente injerencia del cine de Estados Unidos que tanto consumimos los argentinos, el calendario comercial ha incorporado una nueva fecha: San Valentín. Ni los intentos por imponer el Día de los Novios en coincidencia con la llegada de la primavera dio resultado: así como Papá Noel copó la Navidad, esta celebración típicamente yanqui se instaló en las vidrieras y en el propio santoral de la Iglesia Católico que hasta hace muy poco no reconocía el vínculo entre algún santo de la historia llamado Valentín, que se relacionase con el amor y que se celebrara el 14 de febrero. 

Existen sí diversas teorías que otorgan a esta fecha el origen del Día de los Enamorados. En los países nórdicos es durante este tiempo cuando se emparejan y aparean los pájaros, de ahí que este período se vea como un símbolo de amor y de creación.

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Algunos creen que es una fiesta cristianizada del paganismo, ya que en la antigua Roma se realizaba la adoración al dios del amor, cuyo nombre griego era Eros y a quien los romanos llamaban Cupido. En esta celebración se pedían los favores del dios a través de regalos u ofrendas para conseguir así encontrar al enamorado ideal.

En realidad, la teoría de mayor carnadura histórica es que San Valentín era un sacerdote que, hacia el siglo III, ejercía en Roma. Gobernaba el emperador Claudio II, quien decidió prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes, porque en su opinión los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras.

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El sacerdote consideró que el decreto era injusto y desafió al emperador. Celebraba en secreto matrimonios para jóvenes enamorados. El emperador Claudio se enteró y como San Valentín gozaba de un gran prestigio en Roma, el emperador lo llamó al palacio. San Valentín aprovechó aquella ocasión para hacer proselitismo del cristianismo. Aunque en un principio Claudio II mostró interés, el ejército y el gobernador de Roma, llamado Calpurnio, le persuadieron para quitárselo de la cabeza.

El emperador Claudio dio entonces orden de que encarcelasen a Valentín. Entonces, el oficial Asterius, encargado de encarcelarle, quiso ridiculizar y poner a prueba a Valentín. Le retó a que devolviese la vista a una hija suya, llamada Julia, que nació ciega. Valentín aceptó y, en nombre del Señor, le devolvió la vista, constituyendo el milagro que luego lo llevó a la santidad.

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Este hecho convulsionó a Asterius y su familia, quienes se convirtieron al cristianismo. De todas formas, Valentín siguió preso y el débil emperador Claudio finalmente ordenó que lo martirizaran y ejecutaran el 14 de febrero del año 270. La joven Julia, agradecida al santo, plantó un almendro de flores rosadas junto a su tumba. De ahí que el almendro sea símbolo de amor y amistad duraderos.

Pero todas son versiones, incluso la religiosa, ya que si bien la historia podría ser verídica, el protagonista podría no llamarse Valentín ni haber ocurrido su muerte un 14 de febrero. 

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Es muy notorio que esta asimilación que hicimos los argentinos de una festividad típicamente estadounidense no haya sido completa. Aquí sólo se celebra y obsequia el amor de pareja mientras que allá la fecha es propicia para congratularse con todos los afectos: fraternal, filial, amistad. Así, es común el envío de tarjetas y pequeñas atenciones entre amigos, compañeros de escuela o trabajo sin que ello signifique una pretensión amorosa. 

Lo que confirma la celebración del pasado viernes es la fascinación argentina por las costumbres importadas. San Valentín forma parte de una saga de hábitos que desde hace aproximadamente 10 años se instaló en la sociedad, especialmente en el ámbito comercial: Halloween, que con sus disfraces y repartijas de golosinas desplazó en importancia a la celebración de los Fieles Difuntos y el día de Todos los Santos; San Patricio, que nos ubica en un pedazo de la historia que no nos pertenece, y los Baby Showers, fiesta que anticipa la llegada de un bebé y durante la que se obsequia aquello que antes se entregaba cuando la criatura ya había nacido.

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Primero las películas y luego nuestras celebrities vernáculas poniéndolas en práctica, simplemente eso parece haber bastado para que rápidamente nos acostumbremos. Ni qué decir de marcas de indumentaria creadas y fabricadas en Argentina que entre sus prendas “fetiche” cuentan con remeras y buzos con las banderas de Estados Unidos o Inglaterra, sin que éstas sean el problema sino la predilección sobre la nacional a la hora de generar moda. 

Las costumbres son dinámicas, por lo que no debe sorprendernos si generacionalmente algunas aparecen y otras desaparecen. Con esto queremos plantear que no es una crítica a que unas desplacen a otras. Lo que sí es cuestionable es nuestra actitud y la del Estado, en cierto aspecto.

¿Por qué nos fascina tanto lo del exterior? ¿Por qué cuestionar si los otros hacen bien o mal en lugar de preguntarnos sobre nuestra reacción? Porque muchos culpan a Estados Unidos de ejercer el imperialismo subliminalmente a través del cine cuando, en realidad, sus producciones no hacen más que reflejar sus costumbres, su idiosincrasia. El tema es qué provoca en nosotros cuando lo vemos, el por qué de nuestra volatilidad. 

En esta misma línea están quienes critican que “ellos no toman lo nuestro” cuando alguien pretende explicar que estos fenómenos que trasvasan costumbres se deben a la globalización. Nuevamente, tendríamos que preguntarnos qué tanto ponemos en valor nuestras tradiciones como para que tomen vuelo internacional y tengan poder imitativo.

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En este punto es donde el Estado tiene su falencia. Si hay una fecha que nos es propia y revaloriza nuestra historia costumbrista como pueblo es el Día de la Tradición, que se celebra el 10 de noviembre. Pero, lamentablemente, esta fiesta es la que más desapercibida pasa en el calendario escolar, que es el medio por el que las nuevas generaciones se acercan al sentimiento nacional. Por empezar, no reviste carácter de feriado, además en la currícula escolar se introduce sólo como una actividad áulica, a criterio del docente. Es decir que no hay acto en la escuela ese día, no participa la Bandera Nacional, no hay discursos alusivos.

Si a esto le sumamos el nuevo criterio de movilizar las fechas patrias con fines turísticos y defenestrar a nuestros héroes históricos bajo la premisa de “humanizarlos”, entonces es más comprensible esta fascinación por lo importado: no nos cautiva lo que se festeja sino que lo que causa admiración y poder imitativo es cómo lo festejan, el valor que le dan a cada fecha.  

Si vamos a importar tradiciones, que también venga con ellas ese sentimiento que las ha hecho perdurar en el tiempo y trascender fronteras. De esa forma, quizás y de una vez por todas, aprendamos a poner en valor lo nuestro y se nos haga costumbre, además de una fecha en el calendario.

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