Control de precios, el placebo para una enfermedad llamada inflación
La política antiinflacionaria que han diseñado los sucesivos gobiernos no logró en ningún momento contener la velocidad en la que avanzan los precios, en especial de alimentos y bebidas. En este país pasamos de negar el problema a partir de la manipulación estadística durante el gobierno de Cristina Kirchner hasta la simplificación y subestimación del mismo por parte de Mauricio Macri, quien antes de recalar en la Casa Rosada había expresado que "eliminar la inflación será la cosa más simple que tenga que hacer si soy presidente".
Lo cierto es que la inflación está vivita y coleando sin ninguna vacuna a la vista que pueda reducir sus efectos sobre el bolsillo de la mayoría de los argentinos. El economista Damián Di Pace, de la consultora Focus Market, enumeró los 18 programas o acuerdos de precios que aún están en vigencia con la premisa de al menos evitar que los valores de los bienes y servicios se descontrolen aún más. En declaraciones a Radio Mitre, el especialista en consumo, mencionó los programas Precios Cuidados y Precios Máximos, quizás los más conocidos de este tipo de iniciativas, la Canasta Ahorro en Ferias Populares, el Súper Cerca, Canasta de Precios Congelados por 180 días en locales de cercanías, el Acuerdo Precios Lácteos en Precios Cuidados, el acuerdo para mantener precios de insumos de petroquímica en la industria hasta fin de año, el Acuerdo de Precios con Fabricantes de Electrónica hasta 31 de Octubre, la Canasta Cortes de Carnes Económicos, el Mercado Federal Ambulante, el Sistema Informativo para la Implementación de Políticas de Reactivación Económica (Sipre) para detectar desequilibrios de precios entre los eslabones de una cadena de valor, el Sistema de Fiscalización de Rótulos y Etiquetas (Sifire), la Ley de Góndolas con exhibición especial de precios mínimos, el acuerdo con empresas de la construcción para garantizar provisión de materiales, las multas y sanciones a empresas, el congelamiento de tarifas, los precios máximos de la industria farmacéutica, la ley de baja de tarifa de gas por "zona fría" y finalmente la estrategia de retrasar el tipo de cambio oficial.
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Con una inflación acumulada en los primeros ocho meses del año que supera el 32 por ciento, está claro que se trata de una batería de herramientas que no han dado resultados. Si Cristina Kirchner advirtió este año que había funcionarios que no funcionaban en el Gabinete nacional, podría afirmarse que los programas de control de precios no funcionan y están lejos de hacerlo. Y para ser claros, nunca funcionaron, ni en Argentina ni en ningún país libre y democrático del planeta.
Allá por el año 301, el emperador Diocleciano intentó mediante lo que se denominó "Edicto sobre Precios Máximos" regular los precios generales de la economía romana. Dicha norma fijaba valores tope para más de 1.000 productos y, asimismo, establecía el costo de mano de obra de su producción. Fue la "solución" por parte de las autoridades romanas a un problema que ellas mismas habían ocasionado: la pérdida del valor de la moneda romana por exceso de emisión de la misma. Para poder pagar las suntuosas fiestas de los emperadores y funcionarios romanos o financiar las guerras que ellos mismos disparaban se emitió moneda y eso generó la devaluación con su posterior efecto sobre los precios. ¿Te suena conocido el cuento?
No obstante, el remedio fue peor que la enfermedad ya que provocó una escasez de los bienes; además, como se continuó emitiendo la inflación no aminoró y los precios máximos quedaron demasiado rezagados. Los productores de esos bienes tenían tres caminos: dejar de producir, comenzar a utilizar el trueque o vender en el mercado negro. En todo caso, ninguno de los tres caminos terminó beneficiando a los individuos, sino que, todo lo contrario, desembocó en productos de cada vez peor calidad o que sencillamente no se conseguían.
Estamos en 2021 y la discusión sigue siendo la misma. Los políticos argentinos continúan debatiéndose una política que jamás tuvo ninguna efectividad. La persistencia de aplicar políticas que nunca funcionaron es increíble. Nuestro país pareciera que no posee curva de aprendizaje y terminamos tropezando con la misma piedra una y otra vez. Lamentablemente, los más perjudicados somos los argentinos.
La fijación de precios máximos tiene tres consecuencias que contraen el bienestar de los individuos. Por un lado, provoca escasez de esos productos porque, al abaratarse frente a la inflación hace que la demanda suba y, además, contrae la oferta ya que los márgenes de ganancias se achican. Por otra parte, el control de precios fomenta las prácticas ilegales y el mercado negro. Como los productos comienzan a escasear terminan proliferando los nichos ilegales, obviamente con los riesgos que eso implica para el individuo y perjudicando al mercado oficial. Por último, la intervención genera más intervención. Es muy probable que los individuos se vuelquen a otros productos no intervenidos ya que o bien al poder acceder a los intervenidos a un precio menor su poder de compra sube o bien ante la escasez de estos necesiten hallar complementarios. Lo cierto es que la mayor demanda de estos bienes naturalmente, hará subir los precios y esta subida también conducirá a que a la larga se intervenga a estos sectores. Al final del día solo se logrará coaccionar aun más las libertades económicas individuales y el bienestar general de la economía se verá afectado.
La cuestión es por qué se sigue aplicando este tipo de políticas tan contraproducentes a pesar de las consecuencias negativas que acarrean.
En primer lugar, en la concepción popular fueron implementadas como reflejo de la "compasión" del político, así que es bien visto que el gobierno de turno de una solución a un problema que ellos mismos generaron: la inflación.
En segundo lugar, sirve para echarle la responsabilidad de la inflación a determinados sectores económicos en vez de entender que la inflación fue consecuencia de las malas decisiones políticas, como emitir y endeudarse para cubrir déficits y gastos corrientes.
Por último, y aun más grave, favorece el lobby político, es decir, a los que tienen más llegada a los grupos políticos dominantes del momento terminan beneficiándose con este tipo de medidas a través de los tratos preferenciales. Muchas veces cuando las empresas comienzan a tener pérdidas se las subsidia para que puedan seguir produciendo. Obviamente, el subsidio es pagado por los contribuyentes y con el tiempo terminan beneficiando solo determinados sectores a costa del resto.
En definitiva, los controles de precios terminan agravando el problema. La solución es atacar verdaderamente el problema: la inflación. Maquillarlo no sirve de nada ya que terminaremos aun más empobrecidos, todos.
Los estudios de opinión advierten que la inflación y la pérdida del poder adquisitivo se han transformado en las principales preocupaciones de los argentinos. En los últimos tres años, el salario ha resignado en promedio un 30 por ciento de su capacidad de compra. Trabajadores, jubilados, beneficiarios de planes sociales e incluso las empresas forman parte de un país cada vez más empobrecido que en lugar de acercarse a la salida del túnel, se aleja. Sin rumbo, sin plan, sin programa más allá de los recurrentes controles de precios y congelamientos de tarifas, el Gobierno nacional solo desespera por cuestiones electorales sin enfocarse en los dolores de cabeza de la gente. Un presidente que sale libretita en mano para reunirse con grupos de vecinos para conocer de primera mano las necesidades insatisfechas no es lo que necesita la Argentina. Su rol debe ser el de un líder de un gobierno dedicado a buscar políticas que impacten positivamente en la calidad de vida de las personas y si eso requiere la búsqueda de acuerdos con sectores de la oposición, que no dude en sentarse primero en la mesa de negociaciones para recrear el mejor clima de convivencia política.
Tal como marchan las cosas, ser optimista es una misión poco menos que imposible. Oficialistas y opositores se mantienen en mundos distintos sin atender las demandas de la población. Pelearse como perros y gatos parece ser la única consigna. Y eso no sería tan malo si se estuviera en una mesa de debate en la búsqueda de una salida. Pero no, acá lo único que importa es revisar el pasado para achacarse errores los unos a los otros. Así no salimos más.















