Cambiar todos para que todo cambie
Los argentinos en general, y en eso los pergaminenses en particular, somos incorregibles en asuntos básicos para la convivencia urbana y en cuanto a los deberes civiles. Aceptar aquellas normas que son de cumplimiento obligatorio, sin buscar obsesivamente el modo de eludirlas, nos resulta imposible. Solo el rigor extremo (que a su vez implica un esfuerzo duplicado del Estado) nos impulsa a hacer aquello que nos es requerido, por nuestro bien y el de toda la sociedad.
Y en el marco de nuestra falta de cumplimiento de la norma, que es impuesta para optimizar la calidad de vida y de convivencia, vivimos discutiendo si el Gobierno cobra multas para organizar el tránsito vehicular o porque quiere recaudar. Y el debate que se da en las esquinas, los bares, los pasillos, las puertas de los bancos, esconde malamente que no nos gusta que nos controlen, precisamente porque no queremos cumplir las reglas, pero tampoco queremos que nos multen por ello. Nos hemos cansado de ver a inspectores que son agredidos por estar cumpliendo su labor, bajo argumentos de que podrían estar viendo lo que hacen otros, aunque nosotros estemos en falta flagrante. Muchos vecinos que se quejan a boca de jarro de los desórdenes vehiculares en Pergamino, pero si son parados por un inspector por una infracción reaccionan con violencia, ofendidos porque a ellos se les apliquen las mismas normas que reclaman para el resto.
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Cierto es que también alguna vez hemos visto a inspectores con falta de educación mínima, en realidad algunos olvidan que son servidores públicos y tienen comportamientos censurables desde todo punto de vista, porque en este juego de incumplir y ser multado hay de todo.
Decíamos que nuestra falta de adherencia a las leyes implica que el Estado deba multiplicar sus esfuerzos en recursos humanos y económicos para lograr que sean cumplidas. Como ejemplo vamos a citar dos situaciones que se dieron en los últimos días en nuestra ciudad pero que sirven para dimensionar cuánto perdemos en todo sentido- como sociedad cada vez que no hacemos lo que corresponde.
Si bien hay una ley que dice que la velocidad máxima en calles de una ciudad es de 40 kilómetros por hora (y va de suyo que circular más rápido que eso en las estrechas arterias es temerario), el Municipio ha debido recurrir a una cantidad inusitada de lomos de burro para ver si de esa manera, a fuerza de que el conductor tema dañar su auto, de una vez por todas respetamos lo que es ley y de sentido común. Allí fueron las cuadrillas, se gastó en materiales, todo para compeler a los ciudadanos a manejar de manera prudente.
También la semana pasada circuló por redes sociales la advertencia de algún particular acerca de la instalación de un radar en el acceso por ruta Nº 8 a la altura del Gabín; todos los ciudadanos agradecidos por ese mensaje que les botoneaba dónde debían bajar la velocidad. Pero no termina allí la cosa: el Municipio salió a aclarar que no era un radar sino un lector de patentes. Entonces, todos más felices aun porque no serían multados. Un alivio la noticia para muchos que gustan pisar el acelerador e iban a cuidarse solo porque se creía que había un radar.
Ahora, ¿no basta con que haya un cartel que indica cuál es la velocidad máxima para que la respetemos? ¿Necesitamos el rigor del bolsillo para acatar una norma que es impuesta para protegernos?
Del mismo modo que tenemos esta facilidad para romper todas las leyes, somos muy propensos a maravillarnos con lo que sucede en otros países. Es muy común escuchar a vecinos que viajan al exterior y vienen a contar enloquecidos lo que han visto, sociedades ordenadas, con flujo de tránsitos normales, calles donde se respeta al peatón. Y donde si bien hay controles, no se necesita de un inspector por calle para que la cosa funcione. Todo bien con la admiración hacia afuera, pero ¿qué hacemos cada uno de nosotros para lograr esa sociedad soñada que nos enamoró en ese viaje que hicimos? Todo lo contrario a lo que hacen los ciudadanos de esos países. Baste como ejemplo de adherencia a las normas (insistimos: impuestas para protegernos) que en Estados Unidos solo hace falta un cartel de Stop (pare) para que el vehículo se detenga en una bocacalle, aunque esté a la vista que no viene nadie por la arteria a atravesar. Y nadie osa no detenerse. De esta norma básica que es cumplida (sin necesidad de rigores extra) para arriba, todo es cumplido. Y no es que sea el país perfecto, pero que la convivencia en sociedad es más ordenada y saludable, no hay dudas.
No debiera ser tan difícil cumplir las normas de tránsito en particular y las civiles en general, son cuestiones elementales de convivencia. Sin embargo necesitamos cada vez más de tutores, sean inspectores y las amenazas de multas, lomos de burro que si se toman a velocidad hasta son peligrosos.
En fin que el problema que nos aqueja es de lo más difícil de resolver, ya que es cultural, hace a nuestra rebeldía eternamente adolescente, a enfrentar y tratar de resistir las normas a como dé lugar.
Es un asunto serio porque esto que vemos en pequeña escala en nuestra ciudad con el tránsito, lo vemos a gran escala en cuestiones muy serias que hacen a nuestro perfil de nación: la tendencia a la evasión, una Justicia cuestionada por su actuación en innumerables causas, la resistencia a cumplir aquello a que estamos obligados y que es lo que hace que otros países sean ordenados y nos deslumbren cuando los visitamos. Una clase política que nunca está a la altura de las circunstancias.
Lo cierto es que los cambios de tipo cultural son los más difíciles de asumir, por eso miramos más a las nuevas generaciones que aún están en formación que a los de más edad, criados en los vicios que todos conocemos. Porque ellos tendrán la posibilidad de cambiar en serio, si es que hacemos bien el trabajo de educarlos para que sean mejores que nosotros.
Vivimos momentos críticos del país, en términos económicos y en términos institucionales. Ante los errores del Gobierno y el desfalco causado por la corrupción del anterior, no ahorramos palabras de enojo y crítica, hasta llegar a plantear que toda la política está podrida. Puede ser que así sea, pero la cosa no está más saludable aquí en el llano.
En la sociedad civil también hemos podrido todo, al no respetar absolutamente nada.
En síntesis, la culpa no es de nadie sino de todos. Tenemos un problema cultural de larga data, desde la mismísima etapa del Virreinato. Tenemos que cambiar todos para que todo cambie y eso llevará tiempo. Y durante los años que demande mutar nuestra cultura pendenciera no habrá una sino varias crisis económicas y/o políticas en el país, en que nos darán ganas de volver a la viveza criolla para sacar alguna ventaja o simplemente ir por izquierda para vengarnos de los errores no forzados de los de arriba. Y así seguiremos siempre en el mismo lodo. Lo importante es internalizar que quienes toman las decisiones macro por nosotros, no habitan nuestro metro cuadrado. En nuestra cuadra, nuestro barrio, nuestra ciudad, estamos los vecinos, no los gobernantes de turno, y son nuestras actitudes las que cambian la realidad de nuestro metro cuadrado, no así la cotización del dólar, un acuerdo con el FMI o que los legisladores aprueben el presupuesto.














