Cada vez más inscriptos pero menos graduados en la Argentina
No es la primera vez que analizamos la problemática de la educación en la Argentina, porque estamos claramente en problemas para con un asunto que es vital para el desarrollo. Sobre todo cuando ponemos la lupa en las casas de estudios universitarios, donde solo el 19 por ciento de los jóvenes hasta 34 años tiene un título. Los datos duros surgen de un estudio realizado por Alieto Aldo Guadagni, miembro de la Academia Nacional de Educación, que desde hace años analiza esta cuestión.
Mientras la población universitaria argentina creció el 22,5 por ciento en la última década, lo que surge del aumento de la matrícula en las universidades privadas sobre todo pero también públicas, quienes terminan los estudios universitarios son apenas tres de cada diez ingresantes. Número que en Brasil asciende a cinco y en Chile, a seis.
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Guadagni apunta que la graduación universitaria argentina avanza más lentamente que la de los países limítrofes mencionados. Si se tiene en cuenta la población de cada país, la Argentina tiene más estudiantes universitarios que Brasil y Chile, pero la alta deserción estudiantil que existe aquí determina que proporcionalmente tengamos menos graduados.
Ahora bien, lo que los argentinos pagamos con nuestros impuestos es la universidad pública -y damos algún apoyo a las privadas- que está reglada por la Ley Nº 27.204, dictada en noviembre de 2015. El artículo cuarto de esta norma establece: Todas las personas que aprueben la educación secundaria pueden ingresar de manera libre e irrestricta a la enseñanza de grado en el nivel de educación superior. Este régimen de ingreso, es prácticamente único en el mundo. Gracias al ingreso sin exigencias, hace que se anoten muchos y dejen en primer o segundo año de las carreras. El problema es que es muy fácil ingresar a nuestras universidades, pero se llega con una preparación insuficiente, por eso se gradúan 70 de cada 100 ingresantes a la universidad estatal y 60 en las privadas. Son números que alarman.
Nuestros jóvenes ingresan mal preparados a las universidades estatales o privadas, y después de un año de estudios, la mitad de ellos no pudo aprobar más de una materia en las estatales y poco más en las privadas. No existen en la Argentina ni exámenes finales para quienes culminan el secundario ni examen de ingreso a las universidades como sucede en la mayoría de los países de la región y del mundo. De este modo vemos cómo luego a poco de iniciar la carrera vienen los fracasos universitarios.
La verdad es que en los últimos años se han abierto muchas nuevas universidades en todo el país y sobre todo en la provincia de Buenos Aires, gratuitas y sin restricción alguna para el ingreso. Sin embargo los resultados que vemos son cada vez peores, como si hubiésemos dejado de creer como sociedad en que es la educación el mayor nivelador y el que permite la movilidad social ascendente del que siempre nos hemos enorgullecido en el pasado.
La realidad es que no se trata de un tema banal, todo lo contrario, es fundamental para el desarrollo individual, social y del país que nuestra educación sea de calidad, pero que además los jóvenes logren graduarse de las carreras universitarias que elijan. Sin embargo las estadísticas demuestran que a la sociedad en general le está dejando de importar la educación como base del crecimiento personal y social. Esto es grave y deberemos buscar las causas profundas de lo que viene sucediendo en nuestro país respecto de la cuestión universitaria en particular y de la educación en general.
Suena mal, cuando hablamos de educación, decir desperdicio de recursos, como ha planteado algún ministro de Educación de nuestro país, porque este tema es una inversión no un gasto realmente y así debe interpretarse. Pero lamentablemente estamos sosteniendo una enorme estructura gratuita, que todos pagamos, de casas de altos estudios, muy ampliada en los últimos años, para resultados cada vez más magros en cuanto a graduados. No se trata de exhibir porcentajes de estudiantes para justificar recortes presupuestarios, sino de redimensionar la universidad y analizar de qué modo se ofrecen estímulos a los estudiantes secundarios para mejorar su preparación previa al ingreso a la universidad, luchando con altos niveles de deserción y escasa graduación. Porque la realidad es que no solo se frustran los jóvenes que dejan sus estudios sin concluir, sino que el Estado mantiene una enorme estructura sin que se logren resultados.
La problemática es muy profunda porque con una universidad gratuita, sin restricciones para el ingreso, solo tener el secundario completo, encontrarnos con esta realidad de deserción y de falta de interés por los claustros universitarios, o de fracasos reiterados, nos lleva a tener que repensar como sociedad qué pretendemos de nuestros jóvenes, hacia dónde los vamos a orientar para que el futuro les sea más promisorio. Evidentemente a mayores facilidades que hemos ofrecido no hemos logrado mejores resultados, de modo que el tema debiera ser analizado en profundidad para encontrar caminos frente a lo que sucede. Analizando desde nuestra educación inicial, pasando por la secundaria hasta llegar a las carreras de grado.
Es evidente, por otra parte, que el actual sistema consolida el atraso y eso no hace más que comprometer el futuro individual y social de las nuevas generaciones.














