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Brasil se encamina a una segunda vuelta

09 de octubre de 2018 a las 12:00 a. m.

Muy importante fue la distancia de 17 puntos que el ultraderechista Jair Bolsonaro le sacó al postulante izquierdista Fernando Haddad. No es que fuera inesperado ya que las encuestas marcaban esa distancia, pero lo que es parte del análisis es cómo una sociedad es capaz de enfrentar con voto castigo a la crisis y al saqueo pasado.

Continuando con una práctica que no le dio el resultado esperado en términos electorales, Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), visitó ayer por la mañana, como todos los lunes, al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en la cárcel de Curitiba, donde el líder histórico de la izquierda purga una pena de 12 años de cárcel por corrupción. Las visitas, para consignar cercanía y diálogo permanente con su mentor, no alcanzaron para que la ascendencia de Lula en la gente recayera en él. Tras el anuncio de que finalmente disputaría la segunda vuelta, el candidato que hizo toda la campaña bajo el eslogan “Haddad es Lula”, agradeció el liderazgo de su “padre” político.

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Es claro que el destape de la corrupción dejó al PT gravemente herido, tanto que el sector independiente viró totalmente hacia una figura por demás de controversial y descartó al discípulo del presidente más popular de los últimos tiempos, a quien a pesar de todo le reconocen una muy buena gestión.

Pero aquí hay un dato clave: 30 millones de brasileros no fueron a votar el domingo. Esto es el 20 por ciento del electorado, una cifra suficiente para torcer cualquier final para uno u otro lado, cuando vayan al balotaje el 28 de octubre. Para eso, ambos buscarán formar alianzas y superar las fuertes resistencias que cada uno inspira en amplios sectores sociales de Brasil. La derecha porque propone un sistema de orden pero violento y el PT porque hirió a la sociedad con tanta corrupción.

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Una persona que se convierte en vedete en este proceso es el centroizquierdista Ciro Gomes, un temperamental abogado y caudillo del nordeste, que podría tener, con su 12,5 por ciento de votos, el empujón necesario acceder a la presidencial. Pero ahora sus votos, que suman más que los del centroderechista Geraldo Alckmin, podrían cubrir una parte importante de la brecha de 17 puntos que separan a Bolsonaro (46,05) de Haddad (29,25). Y tener un impacto psicológico capaz de atraer otras adhesiones.

En tanto, los dos finalistas tienen tres semanas para seducir votos. Porque al igual que en la Argentina sin el centro del país, sin los votos independientes no se gana una elección. Sin embargo la preocupación de Bolsonaro puede parecer innecesaria, dado que matemáticamente no debería serle difícil obtener los puntos que le faltan para alcanzar la mayoría absoluta. Cabe recordar que el único requisito en el país caroica es superar el 50 por ciento de los votos, por eso, al no cumplirse en primera vuelta esta premisa -a pesar de la abismal brecha entre primero y segundo- es que hay balotaje. Los pocos votos que le faltan, Bolsonaro los tendría tras haber conseguido el apoyo de los poderosos sectores del agronegocio y de las iglesias evangélicas muy extendidas en el país.

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No es un dato menor, además, que la Bolsa de San Pablo festejó la victoria de Jair Bolsonaro, un candidato que puede resultarles a la postre resbaloso (por su posible tendencia al populismo de derecha), pero les es más confiable que el populismo de los seguidores de Lula.

Para Haddad, el trabajo de las próximas tres semanas será duro y cuesta arriba; la distancia hasta la mayoría absoluta parece insalvable. Su identificación total con Lula le permitió ganarse rápidamente a sectores carentes que identifican al exmandatario (2003-2010) con una época de progreso. Pero puede comprometer su acercamiento a grupos y partidos que ven al líder de la izquierda como sinónimo de corrupción y de políticas estatista. Muy similar a la situación del kirchnerismo, ¿no?

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La verdad es que, como planteamos al comienzo, la corrupción y el caos de inseguridad, de escarceos callejeros, de vivir el conflicto social y violencia permanente es un pasaporte a que triunfen “outsiders” en la política, cuyo resultado puede resultar desastroso en la práctica presidencial. La salida brasileña no es sencilla porque de un lado está Bolsonaro y su experiencia fascistoide y del otro volver al pasado populista y corrupto.

La única ventaja de este proceso plagado de acechanzas es que las derechas extremas de América Latina han ingresado en el sistema democrático, no corriéndose los riesgos del pasado cuando, ante apremios como los actuales, la salida era el consabido golpe de Estado, el retroceso, la represión y la falta de garantías y de legalidad. Hoy todo se concita en las urnas y el resultado habrá que acatarlo.

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En un país seriamente golpeado por la corrupción, millonarios desfalcos de dinero público, la delincuencia y asesinatos violentos, por el desempleo y la poca credibilidad hacia los políticos, no era extraño prever el éxito de una candidatura como la de Jair Bolsonaro.

El descontento y el hartazgo se juntaron y crearon un electorado explosivo y radical que quiso canalizar su frustración, sin importar si el depositario del mismo era un político sin pelos en la lengua, que dispara por igual contra los funcionarios corruptos, los homosexuales, los negros o las mujeres.

No sabemos el resultado final de esta contienda, pero lo antes dicho ya es un resultado positivo: que un excapitán del ejército y fan de la dictadura militar llegue a la presidencia augura un futuro incierto para Brasil, pero que lo haga a través de las urnas y no de las armas, es un signo de consolidación de la democracia.

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