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Bolsonaro, una experiencia que recién comienza

02 de enero de 2019 a las 12:00 a. m.

Asumió ayer en Brasil el líder populista, con fuertes rasgos nacionalistas pero que no parece cuestionar la economía de mercado del Partido SocialLiberal Jair Bolsonaro. Llega al poder tras ganar en primera vuelta con más del 46 por ciento de los votos frente a otras dos fuerzas de porte, es decir con un grado considerable de adhesión y expectativa.

El nuevo presidente del principal socio de la Argentina en la región tomó posesión de su cargo, abriendo un panorama de incertidumbre para nuestro futuro. Sin embargo, Mauricio Macri no concurrió, no fue parte del nutrido grupo de presidentes extranjeros que hicieron tradicional el marco para una asunción. La verdad es que no es una buena señal que Macri se haya quedado de vacaciones en el sur con su familia y no haya ido al acto protocolar, aun cuando anunció que tendrán un encuentro bilateral el 16 de enero. Veremos cómo sale el encuentro.

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Para adentrarnos en el fenómeno que se vive en Brasil, es importante atender al discurso de Bolsonaro, quien se enfocó en temas tales como la necesidad de devolver la seguridad al pueblo brasileño, proponiendo duras penas contra los delincuentes, profundizar la investigación y sanción en temas sobre corrupción, terminar con el populismo de Lula Da Silva, representado en los planes Bolsa Familia que reciben los sectores de menores recursos y así intentar restablecer en Brasil la senda de crecimiento económico. No fue menos polémica la posición conservadora en temas como la homosexualidad, restringir el acceso de ciudadanos venezolanos en las fronteras, entre otros. Una especie de nacionalista liberal, si es que esa categoría existe, y apegado al culto evangélico.

Resulta legítimo preguntarse por qué Jair Bolsonaro, que en muchas cuestiones marca un retroceso en términos sociales, ganó ampliamente en Brasil.

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En principio no es un novato como se lo quiere presentar, tiene 30 años de carrera política de los cuales 27 ha sido legislador. Y ha dado muestras de su pensamiento racista, en un país donde la mitad de la población es de color; de su machismo, siendo que más de la mitad del electorado es mujer; de su homofobia, y hasta ha reivindicado la última dictadura militar. Todo a lo largo de su vida pública, por lo que casi la mitad del pueblo brasileño lo votó sabiendo el perfil de gobernante que elegía; nadie se ruborizó por sus dichos en campañas ni nadie podrá decir de ahora en más que fue sorprendido por sus medidas. ¿Por qué entonces optar por un presidente prepotente y poco apegado a las formas de convivencia democrática? Tanto así en el impeachment parlamentario contra Rousseff dedicó su voto “a la memoria del comandante Carlos Alberto Ustra”, máximo responsable y un sanguinario torturador en el centro de detención donde se encontró detenida la expresidenta, durante la última dictadura militar.

Incluso para muchos que lo votaron, Bolsonaro es excesivo. Pero aun así, los sectores medios, esos que todos los días ganan la calle para trabajar y crecer (o al menos para no perder) prefieren correr el riesgo de los excesos antes que seguir padeciendo inseguridad o menoscabo de su situación económica en manos de un gobierno que hasta el momento no pudo mejorarles la situación. Son sectores amplios pero silenciosos, que no se expresan mayormente en las calles pero sí en las urnas. Son sectores instruidos, que saben que la solución de fondo es otra, que tiene que ver con educación y distribución pero que como esas son las vías de largo plazo, buscan el efecto inmediato en quien, aun incurriendo en extremos, promete endurecer las formas para establecer un orden que a ellos los tranquiliza.

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No es que el pueblo de Brasil sea homofóbico o racista, más bien todo lo contrario, sino que votó ampliamente a Bolsonaro por su discurso de mano dura respecto de la seguridad y la inmigración, dos cuestiones que afectan directamente  en lo cotidiano a los sectores medios y altos. Entre las opciones electorales, tirar hacia el otro extremo cuando la cosa viene mal es una actitud en las democracias nóveles, como la nuestra y la del vecino país. No pesan tanto las convicciones ideológicas sino la foto del momento.

Es el llamado voto “vergüenza” porque muchos no se atreven a decir que adhieren a tal cual idea o personaje. Porque en realidad tampoco es una adhesión propiamente dicha sino una cuestión de conveniencia. Una situación del estilo se dio en Argentina en los últimos meses con Patricia Bullrich. Defenestrada a toda voz desde muchísimos ámbitos por su nuevo protocolo de uso de armas de las fuerzas federales, en el anonimato de las encuestas salió a la luz que tal medida no solo tuvo alto grado de aceptación sino que la imagen pública de la funcionaria creció positivamente. Es decir que hay una mayoría -que hace mucho menos ruido que varias minorías- que por las situaciones que vive en lo cotidiano, respecto de la policía y la justicia, aspira a más rigor de las autoridades aunque no sea socialmente correcto decirlo. 

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Es parte del análisis las decepciones de los pueblos, cuando no ven resultados a medidas más convencionales o tibias tras sucesivos gobiernos. Es entonces cuando terminan apoyando a figuras que tocan extremos y prometen resolver de manera feroz la inseguridad.

Es así es muchos órdenes de la política, de la economía y de la vida: cuando se llega a un punto de incomodidad, el instinto es correrse hacia el otro extremo. No necesariamente para llegar a ese otro extremo sino para encontrar un punto medio.

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No sabemos cómo van a salir las cosas en Brasil, solo que América Latina mira el fenómeno para ver cómo avanza.

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