Bernardo Héctor González, un luchador con profunda vocación de trabajo
Bernardo Héctor González tiene 83 años. La mayoría lo conoce por su segundo nombre. Nació el 13 de julio de 1938 en Pergamino y creció en el barrio Malvinas, donde actualmente vive. Tiene una rica historia de vida, de esas forjadas sobre los pilares del trabajo. Su padre, Genaro Mariano...
Bernardo Héctor González tiene 83 años. La mayoría lo conoce por su segundo nombre. Nació el 13 de julio de 1938 en Pergamino y creció en el barrio Malvinas, donde actualmente vive. Tiene una rica historia de vida, de esas forjadas sobre los pilares del trabajo. Su padre, Genaro Mariano Logio Bernardo González, fue hijo de españoles, y su madre, Blanca Rodríguez, criolla. "Fuimos siete hermanos: Blanca, Beatriz e Irma que viven; José, Osvaldo y 'Porota' que ya fallecieron; y yo", cuenta en el inicio de la charla.
Fue a la Escuela Nº 77 (antecesora de la Nº 53 ya cambió de nombre otra vez- del barrio Centenario) y comenzó a trabajar en el horno de ladrillos de su padre siendo un niño. "Mi padre hizo todos los ladrillos para el Hospital de Llanura; él tenía el horno en Otero", cuenta. Y recrea los recuerdos de aquella tarea aprendida en plena infancia: "La niñez era muy distinta a la de ahora, yo a los 7 años comencé a trabajar con mi padre ayudando en el horno. Pisaba barro a caballo, estudiaba arriba del caballo y a las 12:00 salía para la escuela a pie".
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"Trabajé mucho tiempo con mi viejo, al principio en Otero y después alquilamos cuatro manzanas aquí en Malvinas", refiere.
Comenta que su padre tenía una forma de trabajar "a la antigua" y que nunca se mostró predispuesto a invertir. Eso hizo que en un momento Héctor tomara la decisión de buscar otra actividad que le permitiera progresar. "Me fui a trabajar con mi cuñado San Martín, que también tenía horno durante un tiempo, y después busqué otra cosa", señala reconociendo que siempre tuvo flexibilidad para adaptarse a los cambios, aunque siendo previsor.
La sodería y el camión
Su suegro era sodero, trabajaba con una sodería que estaba en calle Castelli, y fue de su mano que comenzó a interiorizarse y logró instalar una sodería para abastecer al barrio Centenario. "Junto a mi suegro y a mi padre comencé a trabajar en una actividad que desarrollé durante varios años. Salía a repartir, empecé con 30 clientes y llegué a tener más de 400, me empecé a modernizar, reemplacé los cajones de madera por los de alambre y compré un camioncito con el que hacía el reparto".
Estando en esa actividad, su cuñado lo convocó para que manejara un camión, a cambio de una buena remuneración: "Era buen dinero, mi padre y mi suegro continuaron con la sodería, y yo me subí al camión y empecé a viajar transportando tanques de vino".
Confiesa que su objetivo era construir su casa. Por entonces vivía en "una pieza en casa de mi padre". "Cuando dejamos el horno, mi papá había comprado siete lotes en Malvinas, uno para cada hijo; en ese terreno, con el dinero que gané en el camión levanté mi casa sin necesidad de sacar ningún crédito ni endeudarme con nadie", menciona. Es el lugar en el que actualmente vive con su familia.
"Seguí en el camión, luego algunas diferencias me alejaron de esa actividad. Cuando me bajé el camión tenía un millón de kilómetros y nunca se le había tocado nada. De Mercedes Benz me mandaron un premio, que nunca recibí, y que consistía en una medalla de oro, un broche corbata de oro y un diploma escrito en alemán", relata.
Un nuevo desafío
Convencido de que su vocación de trabajar siempre le iba a abrir puertas, cuando dejó de manejar el camión, empezó a buscar algo para hacer. Siempre tuvo la confianza de que las oportunidades se iban a presentar si sabía buscarlas: "Yo llevé en un carro los ladrillos para construir el Cine San Martín, trabajé desde siempre, cada vez que la vida me planteaba la necesidad de un cambio, recordaba esa historia, porque me mostraba mi capacidad de trabajo. Medio barrio Centenario está construido con los ladrillos que nosotros hacíamos", comenta orgulloso, destacando el valor que tiene para él la vocación del trabajo.
"Cambié un coche que tenía, compré un pequeño camión y hablé con Omar Sita, que tenía vinería en Centenario. Comencé a repartir vino en distintas zonas de Pergamino. En ese ir y venir Cingolani, que manejaba la Seven Up, me vino a buscar por buen repartidor y vendedor. Hablé con Sita y comencé a trabajar con Cingolani asumiendo un nuevo desafío que era levantar la venta de Seven Up que estaba caída".
"Introduje esa bebida en todo Pergamino, vendía muy bien. Cuando vino el representante, salió conmigo para sondear la calle. Recibí infinitas felicitaciones por el modo en que los clientes hablaban de mí. Fue una satisfacción", comenta.
"Unos amigos, muy amigos, los Naim -Tony y Lito-que tenían camiones, buscaban poder realizar otra actividad. El vino Talacasto no se vendía en Pergamino, así que nos contactamos con la bodega, viajamos a Buenos Aires y hablamos con el gerente. Lo conocía de cuando viajaba en el camión. Le transmití nuestra inquietud de traer el vino a Pergamino, nos comentó que había otros empresarios interesados. Le confesé que no podía competir, que no estábamos en condiciones de hacer ningún negocio grande. Nos dijo que no teníamos nada que invertir, que a los otros no los conocía, en cambio a mí sí".
Se emociona cada vez que recuerda la innumerable cantidad de veces que la vida le permitió sentir lo que su nombre representaba para los demás en términos de confianza. "Mañana le mando un camión de vino, usted empiece a trabajar. Vendimos siete mil cajones en un mes", resalta. Trabajamos juntos con 'Tony' Naim; teníamos tres promotoras en la calle y dos repartidores y yo me ocupaba de las ventas en los grandes supermercados que funcionaban en esa época en la ciudad como Iñiguez, La Estrella, Rebotinn".
"En un momento el mercado comenzó a cambiar y el negocio se puso difícil. Naim me planteó que no deseaba seguir, que si quería podía seguir. Recuerdo que con mucha generosidad me dijo que todo lo que había hecho era mío; llegamos a un acuerdo que resultó muy conveniente para mí. Busqué un galpón en Centenario para almacenar el vino y continué un tiempo más".
El autoservicio
Siempre en la búsqueda de asumir nuevos retos, un amigo que le tenía mucha confianza, el contador Gaído, le propuso instalar un autoservicio. "Yo había alquilado para mi actividad la esquina de Monroe e Illia, donde había funcionado un almacén conocido, así que hablé con el propietario del lugar y no tuvo inconveniente en que lo instaláramos".
Recuerda cada una de las instancias de ese emprendimiento que le dio enormes satisfacciones. "Colocamos las estanterías, las cajas, quedó hermoso y nos cansábamos de vender. Con la mitad de lo que vendíamos durante un fin de semana podíamos comprar un chasis de mercadería. Podíamos compartir con grandes comercios, llegamos a tener almacenados cinco mil kilos de azúcar", relata.
Cuando la esposa del contador con quien había emprendido esta actividad comercial decidió desvincularse, Héctor sintió el deseo de vender. Se sentía un poco cansado del enorme esfuerzo que significaba trabajar sin horarios y "encerrado". Extrañaba la libertad de otras actividades que había realizado y que lo tenían en contacto con "la calle". Logró vender el autoservicio funcionando a pleno e inició otra etapa.
Los autos y el regreso al camión
Ya sin el supermercado, incursionó en el mercado de la compra y venta de autos, pero no le fue del todo bien. "Trabajaba como loco: los compraba, los arreglaba y los vendía, pero producto de la inflación era difícil reponer las unidades. Y aunque llegué a tener siete autos míos y pagos, el negocio no funcionaba bien. Así que decidí volver al camión. De camionero debo tener más de 25 años y aunque no me pude jubilar como chofer, esa fue la última actividad laboral que desarrollé".
"Arranqué con `Los Querandíes' y después trabajé con Alessandroni, donde también invertí algún dinero", comenta y sostiene que, aunque se podría haber jubilado a los 55 años, trabajó hasta los 65.
Un fomentista
A la par de la actividad laboral que siempre fue intensa, Héctor se hizo tiempo para participar de la vida de su comunidad. Junto a otros vecinos a los que recuerda con afecto, fue uno de los creadores de la Comisión de Fomento del Barrio Malvinas. "Empezamos armando una cancha de fútbol y le dimos vida a esta institución", señala y recuerda a dirigentes como San Martín, Pascual, Alvarez, Picone, Polizzi, Coria, Fernández y tantos otros. "En lo personal nunca quise ser presidente, siempre trabajé desde abajo y tengo la satisfacción que cuando me tocó ser parte pude construir cosas que quedaron y que hicieron grande este lugar que le sirve mucho a los vecinos", refiere y afirma tener un gran aprecio por su barrio y por la gente. "De los viejos vecinos solo quedamos Bártoli y yo, el barrio ha crecido mucho".
Su familia, el sostén
Cada una de las actividades que realizó estuvo impulsada y sostenida por su familia. Está casado con Blanca Silveyra, que tiene 82 años y es modista. Tienen dos hijos: Gerardo, que es empleado municipal y tiene una peluquería, está casado con Patricia y tienen a Carolina y Diamela. Y Roxana que vive en Ferré, está separada, tiene dos hijos: Román que vive en Pergamino y Ezequiel que vive en Teodelina.
"Soy abuelo de cuatro nietos y tres bisnietos: Francesca, Brunella y Gaspar. Cada uno de ellos representa lo mejor de nuestras vidas", señala emocionado al ver el camino recorrido.
Reconoce que se lleva muy bien con la vida de jubilado. "Escuchaba que no se podía vivir con la jubilación y realmente nosotros vivimos bien, tengo la suerte de tener una hermosa familia y de haber trabajado mucho lo que nos permite tener un respaldo. Tenemos el auto y nos gusta viajar", agrega.
Siente y sabe que ha sido un luchador: "Trabajé mucho. Viví bien, a mi familia no le faltó nada; ahora trato de disfrutar y ocuparme de la quinta en casa".
"En el futuro mis planes son solo descansar, poder andar y manejar, ya que la ruta es mi debilidad", agrega y como tantos otros que se han subido al camión y han hecho de ese andar un oficio, confiesa que esa ha sido su actividad preferida: "La libertad no tiene precio, arriba del camión sos como una golondrina que vuela libremente. El camión me dio mucho, me hice mi casa".
"El negocio también me dio satisfacciones y mi trabajo en la calle como repartidor y vendedor, me siento agradecido por todo lo que hice y siempre me dio orgullo que representantes de grandes marcas como Sancor, Matarazzo y otras tantas me vinieran a buscar", expresa sobre el final, quien en cada emprendimiento tuvo en su nombre la mejor carta de presentación. Eso simplemente, reconforta y marca la senda de un camino recorrido con honradez y la vocación de trabajo.















