Ayudar desde las aulas a la comprensión crítica de la sociedad
Las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas que experimentó el mundo en las últimas décadas demandan una comprensión crítica de la sociedad actual. Las aulas y espacios donde se comparten conocimientos deben ayudar a las nuevas generaciones a prepararse para interpretar una realidad que exige un mayor esfuerzo cognitivo para no...

Las transformaciones económicas, sociales y tecnológicas que experimentó el mundo en las últimas décadas demandan una comprensión crítica de la sociedad actual.
Las aulas y espacios donde se comparten conocimientos deben ayudar a las nuevas generaciones a prepararse para interpretar una realidad que exige un mayor esfuerzo cognitivo para no caer en la trampa del pensamiento simple.
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En 1958, la Unesco estableció que una persona estaba alfabetizada cuando podía "leer y escribir, comprendiendo, una breve y sencilla exposición de hechos relativos a su vida cotidiana". Pero sociedades más avanzadas se dieron cuenta hace bastante tiempo que es necesario ir más allá ya que es contraproducente abordar problemas como los prejuicios, la pobreza o los conflictos con fórmulas sencillas que ignoren las contradicciones del mundo moderno.
En estos tiempos de noticias falsas y desinformación es fundamental que el ciudadano esté preparado para poner bajo la lupa aquellos discursos que pueden resultar muy atractivos solo por su claridad. Según el especialista en comunicación política, Mario Riorda, la metamorfosis del discurso político en la Argentina revela tres componentes destacados en las últimas décadas: simplicidad, pobre argumentación y descontextualización. Se podría agregar que esos elementos son un perfecto caldo de cultivo para la polarización que alientan algunos sectores y, para ser justos, reconocer que el fenómeno también está presente en otras geografías como, por ejemplo, Estados Unidos, con los seguidores más fanáticos de Donald Trump, que creyeron en la noticia falsa que vinculaba a Hilary Clinton con el secuestro y tráfico de menores; o las encendidas discusiones sobre migrantes que tienen lugar en los países más ricos de Europa, por citar apenas un par de situaciones que demuestran hasta qué punto la exacerbación de las pasiones que se aprovecha del pensamiento simple conspira contra la convivencia pacífica incluso en naciones con una larga tradición democrática. Enseñar en las aulas hoy plantea un enorme desafío: lograr que las nuevas generaciones estén preparadas para abordar su realidad social, económica y política con una mirada crítica, sabiendo de antemano que existen contradicciones en la complejidad. En un mundo con pseudo líderes que proponen levantar muros para resolver los problemas que plantean las migraciones y grupos minoritarios que prefieren alentar el odio al extranjero, hacen falta más esfuerzos que contribuyan a educar en la diversidad y a erradicar los prejuicios que generan profundas divisiones que hacen mucho daño al conjunto de la sociedad.
El siglo pasado y el actual están llenos de ejemplos de grupos de todo el mundo que, por los motivos más diversos, no dudaron en cometer actos de extrema violencia contra personas a las que, apelando al pensamiento simple, definieron como "enemigas". Pero este tipo de situaciones no se presenta en una sociedad de la noche a la mañana. A ese punto se llega luego de practicar durante un largo tiempo un peligroso juego: el de inflamar, con discursos y acciones, las pasiones más violentas de la población. Un juego que consiste en debilitar la idea de bien común para reemplazarla por otra que muestra una realidad simplificada al extremo.
No debe sorprender, entonces, que algunos crean que el endurecimiento de las penas actúa como una especie de fórmula mágica que permite reducir los delitos en la sociedad. Es como creer que un ladrón de poca monta que va a cometer algún acto al margen de la ley primero analiza concienzudamente cuáles son los delitos reconocidos en la jurisdicción donde vive y luego evalúa las posibles sanciones que podría recibir. La realidad, lamentablemente, es mucho más compleja. Es un error alentar una visión sin matices, fácil de digerir, que interpreta y divide la compleja realidad social, económica y política en blanco y negro. Lo que se necesita es todo lo contrario: promover la reflexión, el pensamiento crítico y el reconocimiento de las propias contradicciones.
Es importante que se aprenda a asociar conceptos sin caer en los reduccionismos y, mucho menos, en los fanatismos. La calidad de nuestro sistema democrático depende, en buena medida, de la capacidad que tengamos como sociedad para dejar de lado las intolerancias y para mejorar la convivencia con nuevas ideas, debates y argumentos, siempre con una mayor predisposición para escuchar a los que piensan distinto.












