Autoritarios del "todo vale": el genoma de la corrupción argentina
Poco tiempo atrás, el doctor Juan Gabriel Tokatlian, una de las voces académicas más reconocidas en el ámbito de las relaciones internacionales, preguntaba: \"¿En qué fase del narcotráfico se encuentra hoy Argentina?\". Tokatlian estableció tres estadios basados en el grado de violencia desplegado: una fase territorial primero; una fase posterior...

Poco tiempo atrás, el doctor Juan Gabriel Tokatlian, una de las voces académicas más reconocidas en el ámbito de las relaciones internacionales, preguntaba: "¿En qué fase del narcotráfico se encuentra hoy Argentina?". Tokatlian estableció tres estadios basados en el grado de violencia desplegado: una fase territorial primero; una fase posterior extendida a ámbitos de la seguridad, Justicia e instituciones y luego un estadio final de violencia generalizada. Además, analizó la reacción de la sociedad frente a cada una de estas fases: desde un "dejar que se maten entre ellos" al principio en la fase de las luchas territoriales; un "no hacer olas" motivado por el miedo que comienza a generar el accionar violento en la etapa intermedia; hasta llegar al "hay que hacer algo" al final.
Es posible pensar de una manera muy similar el avance de la corrupción en distintos estamentos de la sociedad y sus instituciones. Después de todo, el dinero ilegítimo -sea de la fuente que sea- debe ser lavado y legitimado antes de poder ser usado; y eso vale tanto para el narcotraficante como para cualquier funcionario corrupto con ingresos no declarados.
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No parece descabellado pensar que los mecanismos usados por el narcotráfico y los mecanismos que necesita la corrupción puedan ser muy similares y que, peor aun, se retroalimenten entre sí.
La fase territorial parece fácil correlacionarla, por ejemplo, con la lucha a la que asistimos hace unos meses cuando sin importar ideología, bandería política o trayectoria, todos los intendentes del Conurbano se corporativizaron tras la posibilidad de la reelección a perpetuidad.
La lógica podría ser la misma que la explicada por Tokatlian para el narcotráfico: la necesidad de conseguir y controlar un territorio para poder extraer beneficios de una zona asegurada; afianzar los mecanismos institucionales que amparen esa extracción y procurarse de un ámbito de protección personal. El control político del territorio sería así un primer paso para establecer o defender una actividad, eliminar la competencia y aumentar la influencia sociopolítica.
En la segunda fase, sea como consecuencia de ingresos generados por la penetración y cooptación del narcotráfico, o sea como resultado de ingresos de otras actividades -también ilícitas- que es necesario legitimar, el poder político necesita asegurar la adecuada "cooperación" de otros elementos sociales: empresarios, lobbistas, testaferros, aparato legislativo, judicial o policial. Se puede ver cierta similitud con la segunda fase descripta por Tokatlian en la que la cadena de corrupción se extiende, reafirma y busca eliminar cualquier impedimento a su avance.
En la última fase, el nivel de cooptación, colusión e interdependencia es tan elevado que los negocios ahora legítimos -subproductos de las actividades ilegales anteriores- están tan establecidos y legitimados que sus dueños pasan a formar parte del establishment y controlan a la elite decisoria, legislativa, judicial y policial. En esta etapa la corrupción ya se encuentra casi por completo normalizada e institucionalizada. En el extremo, se llegaría así, por ejemplo, al narco Estado colombiano o mexicano de algunas décadas atrás; o a la plutocracia rusa actual.
Nada de todo esto puede suceder sin una profunda anuencia social. De esto tenemos que hacernos cargo. En el cuento "A través del espejo", Lewis Carroll cuenta cómo Alicia y la Reina Roja corren velozmente, pero por muy rápido que corran, siempre permanecen en el mismo sitio.
Igual que en el cuento de Carroll, la sociedad y el Estado deben correr cada vez a mayor velocidad para encontrarse en el mismo lugar uno respecto del otro. Si el Estado le gana la carrera a la sociedad, deviene en autoritarismo. Por el contrario, cuando la sociedad le gana al Estado, se deriva en la anomia y en el caos. La única forma de mantenerse por el medio de un pasillo muy estrecho -y virtuoso-, es cuando ambos evolucionan a igual velocidad. Ambos al mismo tiempo, sin sacarse ventajas definitivas ni permanentes el uno al otro.
Argentina hace un siglo que eligió decirle basta a cualquier forma de moderación. Lejos de encontrar un punto medio y una marcha pareja entre Estado y sociedad, lo que priman aquí son los extremos. Por un lado, una fuerte deriva al pensamiento único, al autoritarismo y a la cancelación de todo pensamiento que se oponga al hegemónico -incluso por medio de la violencia-; al mismo tiempo que existe una marcada tendencia a la anomia y al laissez faire (dejar hacer libremente). Y cada una de ellas es funcional a la otra.
La anomia ya había sido denunciada con extrema contundencia por Carlos Nino en 2005 en su libro "Un país al margen de la ley". En él habla de la "anomia boba" que nos aqueja, de la fuerte tendencia a la "ajuricidad" así define el desapego a las normas- que mostramos como sociedad y de nuestra dinámica de interacción irracional y autodestructiva.
El autoritarismo se nutre de esta anomia para poder seguir creciendo. Más grave aun: los infinitos relatos necesitan de la institucionalización de la mentira como política de Estado. De allí la gran cantidad de dichos y hechos por completo falaces, contradictorios, o con proclamas fantasiosas e irreales enunciadas por los más altos representantes del Estado que la realidad prueba flagrantes mentiras apenas pocos minutos después.
Como se ve, se puede vivir en una sociedad autoritaria y anómica a la vez. Argentina es un buen ejemplo de ello: cultores del pensamiento único pero adalides del "todo vale".
Estamos en un momento bisagra, un claro punto de inflexión. Si la corrupción sigue avanzando y enquistándose de manera más profunda en las instituciones, la consecuencia será la muerte de la democracia. Cuando lleguemos al estadio del "hay que hacer algo" podríamos encontrarnos con que no quede resorte institucional alguno disponible. Que no haya nada que se pueda hacer.
Por el contrario, si comenzamos a debatir qué modelo de sociedad y de país queremos ser y queremos tener; si entendemos que la corrupción mata tanto como la droga; y que el progresismo de barricada no nos conduce a ninguna parte, entonces quizás nos demos a nosotros mismos la oportunidad de un futuro diferente.
















