Asesinato en un banco: una vez más la tragedia para exigir que algo cambie
En Argentina muchas transformaciones ocurren por prepotencia de la tragedia. Como si la contundencia de la muerte motivara una reflexión sobre cuestiones que podrían evitarse si se planificaran acciones y se establecieran políticas claras. Esto se expresa en muchos aspectos de la vida cotidiana, generando la sensación de que siempre se está detrás de los problemas.
La semana se inició con un paro de actividades en las entidades bancarias del país impulsado para repudiar el brutal asesinato del cajero de una sucursal del Banco Nación y exigir transformaciones en las condiciones de seguridad. La víctima fatal a manos de los delincuentes fue el disparador para que se motivara una profunda reflexión sobre cuestiones que están latentes y hablan de la vulnerabilidad del sistema de control en los organismos financieros. La pretensión de quienes quisieron alzarse con un millonario botín y la consecuencia trágica de ese accionar delictivo paralizaron nuevamente al país en torno a lo sucedido en el interior de un banco. Sucedió porque la delincuencia ha ganado el terreno y porque se desoyeron las voces de quienes vienen reclamando por condiciones de seguridad que no son las apropiadas ni para trabajadores bancarios ni para usuarios del sistema. Ni hablar de la red de complicidad que parece mostrar la detención de una agente de la Policía- acusada de haber encubierto el hecho-.
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Ante lo ocurrido, el pedido de la Asociación Bancaria fue contundente. Deben modificarse las condiciones de seguridad en bancos y entidades financieras. Pero tuvo que morir un cajero en situación de robo para que la mirada de autoridades del Banco Central y la atención política se detuvieran sobre esta cuestión sensible. Una vez más en el país la realidad tuvo que regarse de sangre para que algo se pusiera en acción. En lo que concierne al sistema bancario, lamentablemente todos los cambios impuestos en los dispositivos de seguridad surgieron luego de haber tenido que lamentar muertes y sufrir hechos violentos. La historia reciente refiere que en 1993 una mujer perdió la vida en un enfrentamiento entre la policía y los delincuentes en el interior de un banco. Fue así que se enrejó el espacio destinado a la custodia policial y que se dispusieron visores especiales para los efectivos apostados en las entidades. En 2010 la salidera bancaria que sufrió Carolina Píparo y que ocasionó la muerte de Isidro, el bebé que llevaba en su vientre, marcó un hito doloroso. La conmoción social por aquella tragedia marcó un antecedente doloroso que motivó algunas modificaciones en la organización de la seguridad y en la dinámica de la atención. Fue entonces que se dispusieron mecanismos de seguridad en el sector de cajas para bloquear la visión e impedir que cualquier persona tuviera acceso a la operatoria y pudiera filtrar datos que pudieran facilitar las temidas salideras.
La prohibición del uso de teléfonos celulares y otras medidas intentaron contribuir a la resolución de un problema de seguridad tan grave como sensible. Más adelante en la historia una decisión política sacó de los bancos a la policía, bajo el argumento de que esos recursos eran más útiles en la prevención del delito en las calles. Fue así como las entidades debieron recurrir a la seguridad privada- en el mejor de los casos- o contentarse apenas con modernos dispositivos de monitoreo que si bien disuaden algunas situaciones no reemplazan la posibilidad de operatoria del recurso policial.
De este modo, y a contracorriente de una lógica delictiva cada vez más osada y violenta, la seguridad de empleados bancarios y usuarios fue quedando más desprotegida. Sin que nadie atendiera esta situación hasta que nuevamente irrumpió la tragedia. Los representantes sindicales de la Asociación Bancaria son críticos de estas decisiones y de la realidad al asegurar que muchas de las medidas instrumentadas terminaron transformándose en modos de achicar los costos de las propias cámaras empresariales en una materia extremadamente sensible como la seguridad. Reclaman por el regreso de la seguridad pública en los bancos o por la disposición de personal del propio sistema especialmente formado para intervenir en cuestiones de seguridad. Algo que también parece haberse transformado en materia corriente.
En este contexto, con un hecho luctuoso más para inscribir en la historia, algo debe cambiar en la lógica con la que se manejan estos temas. Algo debe sensibilizar a las autoridades y a quienes tienen poder de decisión. Para que esta muerte sea la última y para que, de una vez por todas, se quiebre esta verdad irremediable que parece señalar que tiene que ocurrir lo peor para que algunas cosas cambien.










