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Arturo Illia, un presidente que dejó ejemplaridad

04 de agosto de 2015 a las 12:00 a. m.

Hace años que en la Argentina se perdió la ejemplaridad en nuestra dirigencia como rasgo habitual y el mérito para acceder a los puestos de decisión como norma general. Pero lo más preocupante es que frente a políticos que actúan en forma poco transparente, hay una ciudadanía que es anuente y ha naturalizado con el paso de los años y las administraciones a la corrupción. Se tolera desde la mentira en campaña disfrazada de promesa  hasta la denuncia contra miembros del Gobierno, de éste y otros anteriores. Solo se indigna verdaderamente y actúa en consecuencia, un pequeño grupo social que en las elecciones busca postulantes que le ofrezcan (o al menos le inspiren) honestidad con sus palabras y hechos. El resto vota “a libro cerrado”, es decir una ideología, una filosofía partidaria o un modelo económico con independencia de las sospechas de corrupción que puedan pesar sobre quien ejerza la representación de estos aspectos.

La realidad es que nos hemos convertido, por imperio de esta naturalización de aquello que es corrupto, en una sociedad muy poco exigente en la materia, lo que no hace más que cebar a aquellos que tienen intenciones de hacer negocios espurios con el Estado o de enquistarse en el espacio de poder a costa de lo que fuere. 

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Es muy difícil modificar los hábitos culturales de un pueblo; vamos a seguir votando así por varias generaciones más; no va a ser sencillo que se entienda que la corrupción es tremendamente corrosiva, y que el “roba pero hacen” que tantas veces hemos escuchado de este y otros gobiernos es la peor tolerancia que podemos tener porque la corrupción mata. Y no hablamos puntualmente del reciente caso de la vinculación de Aníbal Fernández con el triple crimen de la denominada Ruta de la Efedrina. Hablamos de cada pequeño desvío de fondo hacia donde debe ir: esa plata falta en los hospitales, falta en las escuelas, falta en comedores, así es como los ciudadanos silenciosamente mueren de manera literal o se matan sus posibilidades de estar mejor.

Muchos en el poder han olvidado el sentido del republicanismo, de la división de Poderes del Estado, del respeto a los dineros públicos, y más allá de que muchas veces se “acomoda” la cuestión judicial para que estos hechos no tengan penalidad, también han logrado evitar la sanción social.

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Al analizar esta realidad, emerge inevitablemente la figura del doctor Arturo Umberto Illia como el antípoda. Ese es el lugar que se ha ganado muy tardíamente en la historia argentina quien tenía como lema: “El primero que debe ser controlado es el Estado”. Y lo más interesante es que lo practicaba. Este presidente vilipendiado por “lento” y por no ser “vivo” es la muestra palmaria de que la sociedad argentina ya desde aquellas épocas valoraba más la “picardía criolla” que la honestidad. Un valor que desde hace más de medio siglo no es reconocido en la Argentina. Porque fraude y corruptela hubo antes y habrá después pero antes se lo condenaba y castigaba socialmente. 

Esta asociación de la honestidad con la ineficacia ha llevado a pensar a muchos sectores que si alguien es honesto es porque no tiene habilidad para la corrupción y eso hace que no sirva para manejar el Gobierno. 

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Durante la presidencia del Illia comenzaron a actuar los movimientos guerrilleros inspirados en la dictadura unipersonal cubana, que parecía romántica, solidaria y pura. Luego se multiplicaron y repudiaron la democracia como un recurso burgués e inútil. En lugar de generar progreso, generaron locura y muerte. Así ofrecieron argumentos a los militares autoritarios para tomar el poder. Junto con algunas medidas de corte popular que el presidente había tomado y que molestaban a la clase dominante, históricamente aliada en aquellos años al militarismo.

Illia fue destituido en medio de una ceguera sobre sus méritos y el indiscutible avance del país en todos los rubros, internos y externos. Mucho después, cuando en 1983 se recuperó la democracia, hubo varios mea culpa de quienes habían impulsado ese error. Ya habían pasado tantos años que esos arrepentimientos tardíos no alcanzaron para que la ejemplaridad de Illia pudiera ponerse como contraste a tanto gobernante enriquecido de la noche a la mañana.

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Para los pergaminenses, por ser local y tener aún aquí a su descendencia, es un orgullo recordar a Arturo Illia, un hombre que llegó al extremo de vender su auto, siendo presidente, para costear la enfermedad de su esposa, por no usar los dineros que recibía para sus gastos oficiales. Para Illia era robarle al Estado. 

No podemos comparar con los gobiernos que lo sucedieron porque es una tarea inútil, todos sabemos cómo cada administración vació el Estado a su manera.

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Decía Don Arturo, como lo llaman los pergaminenses: “¿Qué significa democracia? ¿Nada más que elecciones? No. Las elecciones son episodios importantes, pero la democracia exige, además, que en el ejercicio de su mandato el gobierno pueda ser controlado. El poder del Estado no puede estar al arbitrio de los gobernantes, así sean elegidos”.

 

Hoy se cumplen 115 años de su nacimiento y a 32 años de haber fallecido, tiene una reciente estatua en la Plaza 25 de Mayo de Pergamino, una casita museo en Cruz del Eje Córdoba donde tanto trabajó como médico, el nombre suyo en alguna calle o escuela de aquí y de otros parajes, y poco más. No tiene gran sepulcro ni se le han rendido los honores propios de un hombre honesto, que debiera ser la base de la ejemplaridad para todos los que se dedican a la política, hoy tan sucia y tan decepcionante.

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