Argentina, en su laberinto interno, y sin vientos de cola
En una economía globalizada como la que vivimos, no solo interesa lo que sucede en un país puertas adentro sino que tanto autoridades como empresarios y ciudadanos deben atender también lo que ocurre puertas afuera, especialmente en todo proceso de toma de decisiones.
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El panorama actual muestra un cuadro poco favorable para la Argentina dentro del contexto mundial y regional. La devaluación de Brasil, con el que mantenemos relaciones comerciales bilaterales gravitantes, y la crisis económica desatada en China, un importante inversor y comprador de la Argentina, sobre todo de commodities, generan preocupación en el sector industrial, según se expresó en el VIII Coloquio Industrial realizado en Córdoba. Allí se reclamó en todos los tonos un giro al dólar por el atraso del tipo de cambio, que estimaron entre 25 y 30 por ciento (es decir que se considera que debe estar en el orden de los 12 pesos); la pérdida de rentabilidad y las distorsiones provocadas por el intervencionismo y la inflación. Nada que no hayamos comentado en algunos de nuestros editoriales.
Son situaciones que el Gobierno sabe aunque no reconoce y que, al no corregirse por temor al costo político de las medidas, quedan a la luz cuando el comercio internacional se muestra resentido, como ahora.
Si Brasil devalúa y nosotros no, nos volvemos menos competitivos, si nosotros devaluamos en la misma proporción la inflación se nos dispara. De modo que son temas que los especialistas deben analizar para encontrarles una solución que no implique un desastre ni para los industriales ni para los asalariados.
Las figuras empresarias presentes más fuertes fueron Cristiano Rattazzi, presidente de Fiat Argentina; Luis Betnaza, vicepresidente de Techint, y Adrián Kaufmann, gerente de Relaciones Institucionales de Arcor, (este último que aparece como uno de los aspirantes más firmes a la jefatura de la entidad en las elecciones próximas).
Rattazzi opinó que la devaluación del real, el atraso cambiario y la inflación constituyen un cóctel peligroso para la industria argentina. También Betnaza mostró su preocupación por la crisis en Brasil, que implica una complicación extra para el país por el impacto en los precios relativos. Ercole Felippa, presidente de la láctea Manfrey y extitular de la Unión Industrial de Córdoba, planteó que si bien el atraso cambiario es importante, los reclamos no pueden limitarse a una devaluación.
En realidad los industriales más lúcidos consideran que no se trata sólo de devaluar, porque recuerdan que cuando se devaluó en enero de 2014, en pocos meses estaban igual que antes. Sencillamente porque la inflación no se detuvo y al poco tiempo equiparó el alza del tipo de cambio.
Entre las mayores preocupaciones empresarias, no sólo de la industria sino en general, aparecen el atraso cambiario, la suba de costos y la caída de la rentabilidad. La mayoría opina que esas problemáticas, aun con una buena receta, no llevarán menos de tres años para lograr equilibrio y sustentabilidad. A su vez hay una minoría en el sector que también tiene parte de razón al plantear que la gradualidad puede ser peligrosa en la medida que el paso del tiempo va deteriorando la situación económica de las empresas. Son aquellos que creen en el shock de medidas, del otro lado están los gradualistas.
La expectativa de los empresarios estaba puesta en la mesa de los economistas Bernardo Kosacoff y Dante Sica. Esperaban que del título Cómo recuperar el camino del crecimiento surgieran algunas pistas sobre lo que puede esperarse a futuro con quien sea el sucesor de Cristina Kirchner. Ambos economistas coincidieron en que al país, cualquiera sea la nueva conducción, le llevará tiempo reorganizar su economía para que la industria vuelva a crecer y dejaron en claro que una devaluación por sí sola no será la solución.
También les advirtieron que tuvieran cuidado con las aperturas de mercado indiscriminadas que pudieran venir porque no la podrían soportar en este estado de cosas, ya que no son lo suficientemente competitivos como para que eso suceda.
Los economistas plantearon lo que a esta altura todos sabemos: que el modelo de alto consumo interno dio buenos resultados los primeros cuatro años del modelo, pero después no alcanzó para seguir un camino de crecimiento. Con una economía estancada no hay rentabilidad, ni inversión ni empleo. Dijeron que se debe triplicar la inversión en los próximos seis años para retomar el ciclo de crecimiento.
También apuntó que la receta aplicada por el Gobierno implicó una distorsión de los precios relativos, en especial por el atraso tarifario; un déficit fiscal de seis puntos del PBI y del 1,5 por ciento de la cuenta corriente. Subrayó que entre las primeras medidas de la próxima gestión debe incluirse el transparentar la política energética que llevó al colapso la disponibilidad de dólares. Eso llevó al cepo y a otros males de nuestra economía de los que ahora no es tan sencillo salir.
Lo cierto es que los industriales no esperan un 2016 muy distinto, más allá de quien gane las elecciones. Es más: temen que el deterioro ya sea mucho más importante para ese momento, y porque están seguros que el Gobierno intentará sostener el tipo de cambio hasta fin de año en que entregue el poder, por temor a una disparada inflacionaria.
El que asuma en diciembre se encontrará con estos problemas, apenas pise la Casa Rosada. Incluso si gana el candidato oficialista, no le será posible continuar con este modelo sin hacer las correcciones que se saben necesarias pero que se postergan en pos de no perder rédito político y, sobre, todo electoral.















