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Argentina a la deriva: es necesario recalcular

Si bien dos más dos no son cuatro en política, con matemática exactitud 129 es el número para obtener quórum en la Cámara de Diputados. Para que las ideas de gobierno se conviertan en leyes, una mayoría calificada es necesaria a fin de que el trámite legislativo derive en un...

17 de febrero de 2024 a las 12:00 a. m.
Argentina a la deriva: es necesario recalcular

Si bien dos más dos no son cuatro en política, con matemática exactitud 129 es el número para obtener quórum en la Cámara de Diputados. Para que las ideas de gobierno se conviertan en leyes, una mayoría calificada es necesaria a fin de que el trámite legislativo derive en un eje de gobierno. 

Las herramientas que pidió el presidente Javier Milei al Congreso a través de su Ley Omnibus son, en su visión, las bases para una Argentina ultra liberal. Entrar en un proyecto de país tan drásticamente diferente a lo que le precedió es un hito de por sí. Las formas son otro gran hito: hacerlo sin ninguna mayoría en ninguna de las cámaras del Congreso.

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Una picardía es usar los datos electorales para justificar el apoyo de bancadas ajenas al oficialismo que solo cuenta con un puñado de legisladores. El cambio drástico que propone la frustrada mega ley no puede ser visto como un comienzo. Más bien, debe ser interpretado como un posible final. Si la fuerza política del presidente logra cooptar al Congreso con sus formas alejadas al tratamiento ordinario de una ley de esa envergadura, y sin previo aviso informado a la sociedad, es posible que no veamos más leyes en tratamiento pero sí en ejecución.

Las facultades delegadas planteadas en el proyecto de ley son parte de la explicación de cómo el Congreso puede pasar de ser quien controla la gestión del Ejecutivo a ser garante del Ejecutivo sin previo debate parlamentario. Las formas importan. Si un cambio de matriz es necesario, lo mínimo que debe conservarse es el diálogo multisectorial que supervise apoyos tan logrados que esas bases necesarias sean de por sí una obviedad.

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Nada apremiaba al presidente a encarar un diálogo sincero con la sociedad sobre qué significa ser un país ultra-libertario. No es lo mismo hacer postulados simplistas desde un estudio de televisión que desde la Casa Rosada. La exigencia del puesto de presidente demanda una apertura de gobierno mucho más certera, honesta y transparente que la que hemos visto con la Ley Omnibus. Esto es necesario por dos razones claves: para gobernar hay que convencer, y para convencer hay que consensuar.

Cuando se gobierna sin consenso, se gobierna para el corto plazo. La Argentina necesita de una visión con constancia, no una ocurrencia basada en diálogos con el más allá y en libros de la teoría económica. Quienes siguen los debates que hoy marcan a la macroeconomía en el mundo académico y político, saben que no es correcto pensar en un Estado mínimo y natural cuando la fuerza coordinadora del poder público es la que puede converger intereses en el bien común. No hace falta mirar a Noruega, miremos a Paraguay, Chile y Brasil. En cada uno tendremos diferencias de opinión sobre qué consensos convergen, pero convergen.

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Por ello, el experimento legislativo de la Ley Omnibus deber servir de advertencia. La calidad del debate fue muy pobre y parece que los políticos elegidos por el pueblo no se dan cuenta que su rol es observado como nunca. No hace falta ser casta para darse cuenta que el efecto Milei es poner énfasis en lo que se derrocha. En este trámite legislativo, muchas exposiciones derrocharon vergüenza mostrando una incapacidad de honestidad intelectual increíble y un horror superlativo en la capacidad de exponer una idea con una ínfima gana de convencer(se). El presidente, a su vez, termina erosionando su capital político de la misma manera que a su segundo día de mandato fue a votar a las elecciones de Boca siendo abucheado por la mayoría de los socios. Un despropósito querer ser presidente sin entender que la investidura exige una pausa, un mensaje de unión, ejes de consenso y bajar a toda costa la espuma del enfrentamiento. El presidente logra con esta ley quedar a la deriva de sus propios resultados, que, sabemos, no se lograrán ni en uno, dos ni cuatro años. La Argentina solo se soluciona con la convergencia de intereses con políticas de Estado siempre dentro de una convivencia democrática que debate ideas, no quién es más o menos radical.

El riesgo de la erosión del presidente es la falta de legitimidad que puede derivar en una crisis constitucional. El país, y las provincias afuera del Amba no pueden subsistir sin ayudas económicas. La realidad no quiere decir que esté bien, pero sigue siendo la realidad. Un país con 40 por ciento de pobreza necesita de calma, de coordinación y de soluciones basadas en lo técnico, en los datos. Y no olvidarse que el país es parte del mundo y su policrisis ambiental, de biodiversidad, de flujos migratorios y rompimiento del derecho internacional. Parte de la geopolítica.

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Extraña que un presidente al que le gusta hablar de números, solo proponga un plan de ajuste, y no cuente cómo vamos a crecer. La teoría del derrame – donde los que más ganan, invierten más dando así más trabajo – es un mito y está bastante estudiado como fracaso con Reagan, con Thatcher, con los dos Bush, con Aznar, con Boris Johnson, con Piñera, con Uribe, con Trump y sigue la lista.

Ideologizar un país que pide calma, transparencia, orden y convivencia democrática es hacer el ridículo de la pasada grieta. Antes, nos centrábamos en nombres propios demostrando que el ego está por sobre la ciudadanía. Ahora, debatimos si debemos vender el Estado sin un plan de crecimiento solo porque un libro lo sugiere. Hay un debate pendiente sobre el rol del Estado – en todas sus formas – en la Argentina. Esta Ley Omnibus era la oportunidad para encararlo con seriedad. Y al final fue todo show.

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La elección de Milei como presidente realmente marca un cisma en la teoría política argentina. La elección fue en demasía en contra de la ineficiencia de la política y es la última oportunidad antes de un nuevo caos. La elección de Milei pidió lo que no hubo: reformar las formas para acrecentar la calma, la mesura, la humildad y poner el bien común por sobre el particular, pero desde el orden y la coherencia. Se le creyó a Milei que al no ser "casta" podía ser todo lo bueno. Aún está a tiempo, pero ese tiempo se acorta. El presidente puede recular y ser quien converja los intereses del país.

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