Afganistán: el peso de la historia y la impaciencia norteamericana
Para entender los sucesos que se produjeron en Afganistán, es necesario remontarse al 7 de octubre de 2001, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, lanzó la operación \"Libertad Duradera\" tras los atentados del 11 de septiembre que mataron a cerca de 3.000 personas en Estados Unidos....

Para entender los sucesos que se produjeron en Afganistán, es necesario remontarse al 7 de octubre de 2001, cuando el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, lanzó la operación "Libertad Duradera" tras los atentados del 11 de septiembre que mataron a cerca de 3.000 personas en Estados Unidos. Para esa época, el régimen fundamentalista talibán estaba en el poder desde 1996 y daba cobijo a Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda, pero se negaban a entregarlo.
La coalición internacional liderada por las tropas estadounidenses derrotó a los talibanes, que se rindieron el 6 de diciembre de aquel 2001. Pese al retroceso talibán, Estados Unidos instaló un gobierno interino presidido por Hamid Karzai, que en octubre de 2004 fue electo en los primeros comicios presidenciales por sufragio universal directo de la historia del país.
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Todo se volvió una tensa "paz". La atención estadounidense se desvía entonces hacia Irak, donde la cosa para 2003 estaba caliente; mientras tanto los rebeldes afganos, talibanes y otros grupos islamistas, se reagrupaban sigilosamente en zonas alejadas de Kabul, desde donde se movilizaban a las zonas tribales de Pakistán; así comenzaron a gestar un movimiento de insurgencia.
Para 2008, a sabiendas de la actividad de estas células, EE.UU. había duplicado la presencia de soldados para sostener el gobierno afgano. En 2009 toma el mando Barack Obama, quien había hecho de la promesa de terminar las incursiones en Irak y Afganistán, su eslogan de campaña. Sin embargo, él también aumentó el despliegue de tropas en Oriente Medio, siempre con el objetivo de sofocar la insurgencia talibán y fortalecer las instituciones afganas.
En 2011 se contabilizaban más de 150.000 soldados extranjeros en suelo afgano, de los cuales 100.000 eran estadounidenses. El 2 de mayo de ese mismo año fue asesinado el líder terrorista responsable del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, Osama Bin Laden, en una operación de las fuerzas especiales estadounidenses en Pakistán. Pese a la muerte del líder de Al Qaeda, la presencia militar estadounidense se mantuvo y, en junio de 2014, posibilitó el triunfo de Ashraf Ghani como presidente de Afganistán, que se produjo en medio de acusaciones de fraude.
Con la llegada de Ghani al poder, la Otan anunció el 31 de diciembre de ese mismo año el fin de su misión de combate en Afganistán. Sin embargo, a medida que la Otan y Estados Unidos se retiraban de territorio afgano, la seguridad del país se volvía más frágil producto de la nueva expansión de la insurgencia de los talibanes que ocupaban los territorios que liberaba la coalición internacional. Además, el contexto empeoró con la aparición del grupo yihadista Estado Islámico (EI) a principios de 2015.
En 2017, el entonces presidente Donald Trump canceló el calendario de retirada de tropas y volvió a mandar miles de soldados para recuperar la presencia en Afganistán y contrarrestar los ataques del Estado Islámico. En ese contexto, Estados Unidos mató a 96 yihadistas luego de que lanzó su bomba convencional más potente para destruir una red de túneles y grutas del EI en el este de Afganistán.
El 18 de febrero de 2020, Ghani fue declarado ganador de las elecciones presidenciales de septiembre, con el 50,64 por ciento de los votos en la primera vuelta, marcada por una fuerte abstención y, nuevamente, sospecha de fraude. Su principal rival, Abdullah Abdullah, también reclamó la victoria hasta que en mayo de ese mismo año, los dos hombres firmaron un acuerdo de reparto del poder: Ghani conservó la presidencia y Abdullah dirigió las conversaciones de paz con los talibanes en el marco de un acuerdo que los talibanes y Estados Unidos firmaron el 29 de febrero de 2020, en el que se preveía la retirada completa de las tropas extranjeras para mayo de 2021 y los talibanes, se comprometían a negociar con el gobierno afgano y a reducir los actos violentos. Pero incluso con las conversaciones en curso la violencia continuó y se multiplicaron los atentados contra periodistas, jueces, médicos y miembros de la sociedad civil. A la par de su débil legitimidad de origen, Ghani paulatinamente fue erosionando su legitimidad de ejercicio, mostrándose cada vez más severo, cuasi arrogante, en las negociaciones por la paz, y obteniendo escasos o nulos resultados, a la luz de los hechos.
Luego de que se iniciara de manera oficial la partida de los últimos 2.500 soldados estadounidenses y los 7.000 de la Otan en mayo de 2021, en el sur de Afganistán estallaron los enfrentamientos entre los talibanes y el ejército afgano. Mientras tanto, en el norte, los talibanes conquistaron el distrito de Burka, provincia de Baghlan.
Como ocurrió años atrás, cada espacio que era liberado por Estados Unidos, era ocupado por los talibanes. Así, el 2 de julio pasado, las tropas de la Otan y Estados Unidos se retiraron de la base aérea de Bagram, la más grande de Afganistán. Y en menos de un mes, el 6 de agosto, los talibanes ya habían conquistado su primera capital provincial, Zaranj (suroeste) y el 8, Kunduz, la gran ciudad del norte.
Ante la escalada del conflicto y la avanzada talibán en tiempo récord ocupando la capital, Kabul, el 12 de agosto, Washington y Londres anunciaron el envío de miles de soldados, pero solo para evacuar a sus ciudadanos y sedes diplomáticas. Con la presencia militar internacional reducida al mínimo para tareas de evacuación, el 13 de agosto los talibanes se apoderaron de Pul-i-Alam, ubicada a solo 50 kilómetros al sur de Kabul, y el 14 se hacen con el control de Mazar-i-Sharif, la última ciudad importante del norte que aún estaba bajo el control del gobierno.
Tras la huida del presidente Ghani, el 15 de agosto, "para evitar un baño de sangre" escribió en su Facebook-, los talibanes tomaron el control de Kabul y entraron sin violencia en el palacio presidencial. El pánico se desató en la capital afgana y miles de personas acudieron al aeropuerto con la esperanza de poder huir, mientras los países occidentales organizaban la evacuación de sus ciudadanos y de personas bajo su protección. Esas fueron las drásticas escenas que conmovieron al mundo el fin de semana pasado.
La presencia estadounidense en Afganistán culminó oficialmente el 16 de agosto, en la madrugada, cuando retiró su bandera de la embajada en Kabul. Otra vez, la impaciencia vence a EE.UU: cada vez que su enemigo exhibe una voluntad de resistencia inquebrantable, los norteamericanos terminan retirándose. Y de paso, condenando a sus socios y amigos a un amargo final. En simultáneo con la retirada, Rusia y China expresaron su reconocimiento y deseo de estrechar vínculos con el régimen talibán.
Los norteamericanos sostienen un imaginario que les ha permitido no amilanarse ante nada e imaginar lo imposible. Tamaña autoconfianza ha abierto el camino a proezas y éxitos brillantes. La otra cara de esa moneda es cierto menosprecio por las costumbres, el pasado, la historia. Si se permitieran entrever los pliegues del ayer, acaso no habrían sufrido las catástrofes de Vietnam, Irak y ahora Afganistán. Las tres en menos de medio siglo, con naciones muy atrasadas en lo material y muy distintas a las occidentales. La historia de Afganistán no permitía abrigar dudas. Antes, Gran Bretaña y la Rusia soviética encastraron forzadamente regímenes adictos en Kabul, estimularon ferozmente la modernización y fracasaron.
Se sabe que los norteamericanos están convencidos de que los pueblos anhelan liberarse de todo sistema ajeno al anglosajón, impacientes por vivir la "american way of life". La operación norteamericana "Libertad Duradera" en Afganistán no resultó. Al punto que, luego de los primeros años, los norteamericanos comenzaron tanteos, primero informales y luego explícitos, para poner fin a su participación (la exitosa serie "Homeland" es una ficción basada en tales contactos).
Estados Unidos no sabe ganar guerras largas. Ya le había pasado, medio siglo atrás, en la vieja Indochina francesa. La pelea de las tropas del Tío Ho (como llamaban a Ho Chi Minh) se hizo interminable, el pueblo norteamericano se fue oponiendo cada vez más a la muerte de sus jóvenes en un territorio remoto. Los norteamericanos se retiraron. Resultado: la absorción de Vietnam del Sur por el Norte, que reunificó ambas zonas. También sus amigos de Laos fueron barridos por las guerrillas comunistas. Terminó pagando el pato hasta la muy neutral Camboya del príncipe Shianouk, un amigo histórico de Francia.
No obstante, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar. La abrumadora superioridad aérea y naval, la calidad de su producción y la eficacia logística dan una base material inigualable. Desde la Segunda Guerra Mundial la especialización de tropas especiales y fuerzas de choque le agregan a la superioridad material una calidad humana de primer nivel. El soldado norteamericano que arriesga la vida, aunque sus mandos son cuidadosos como nadie en la preservación del recurso humano- está habituado a un alto estándar de vida cotidiana, por lo que su decisión y convicción se van corroyendo en las guerras largas. La paciencia no es lo suyo.
Estados Unidos resulta invencible en el choque frontal pero vulnerable en una guerra de desgaste; la pregunta es ¿cómo podrá afrontar la competencia estratégica con la más experta cultora de la paciencia: la civilización china?














