¿Aborto en casa?
La Argentina no deja de ser un país sorprendente, en el sentido que el lector quiera darle, y es así que suceden cosas que ofrecen la posibilidad de las más diversas interpretaciones. Es lo que sucede, en este caso concreto, con la autorización de venta del misoprostol en las farmacias, un fármaco que se utiliza para eliminar químicamente el embrión, es decir un medicamento para que las embarazadas puedan abortar en sus hogares.
¿Cuál fue el sentido, al fin, de tratar de la despenalización del aborto en el Parlamento? ¿No era acaso que la práctica se hiciera en un ámbito adecuado, con todas las garantías sanitarias?
El proyecto de ley, más allá que no fue aprobada, dividió profundamente la sociedad; hubo enfrentamientos -algunos violentos- entre los grupos pro aborto y los pro vida, los pañuelos verdes y celestes. Los propios bloques políticos se partieron al medio por esta cuestión, donde se mezclan creencias religiosas, convicciones íntimas de vida y la formación de cada uno en general. Así es como se aprobó en la Cámara de Diputados y se rechazó en la de Senadores. No hubo ley, al fin.
Pero quedó muy claro que el tema, por ser parte de la realidad, debe legislarse. No era ese el instrumento, pues dejaba muchos cabos sueltos. Una nueva ley, que contemple los vacíos del primer proyecto, ha de gestarse. Será despenalización o será legalización, pero tiene que haber un marco normativo para esta práctica.
Ahora la Anmat dispone tanto la fabricación de un medicamento a base de misoprostol para uso ginecológico (hasta ahora se usa una versión con otros fines medicinales pero con el mismo efecto sobre el embarazo) y autoriza su venta en farmacias. Todo para que el aborto pueda desarrollarse entre las cuatro paredes de una casa. No es que tiene que ser así, porque también el procedimiento puede estar indicado por un médico y desarrollarse en un sanatorio. Pero la posibilidad a que sea en la intimidad del hogar está abierta, con los altísimos riesgos que esto implica.
Todas las horas de debate en el Congreso para nada. Y no lo decimos porque la ley no salió, ya que esas expresiones serán la base de un mejorado proyecto. Lo decimos porque ahora, en la práctica, con el misoprostol al alcance de la mano, hay prescindencia total de un marco legal. Hoy se puede comprar este medicamento abortivo, sin que haya norma que lo impida. Y la verdad es que entonces en la práctica la Argentina está permitiendo el aborto legalmente, siempre y cuando la mujer embarazada pueda comprar la pastilla en cuestión.
Si los pro aborto consideran esta novedad una conquista, realmente se presta a confusión. Esta especie de plan B, ¿en qué momento contempla la seguridad de la mujer, esa que se esgrimió como fundamento para blanquear una práctica que se hace en condiciones no adecuadas? ¿A qué estamos jugando? ¿A empezar el proceso en casa y terminarlo -si nada falla antes- en un ámbito hospitalario, donde ya no se estaría realizando el aborto sino salvando a la madre?
Porque hay que tener en cuenta que el misoprostol es una droga de alta peligrosidad para la mujer, ya que sola en su hogar puede padecer hemorragias, ruptura uterina, porque no parece tan sencillo matar a una criatura en el vientre materno de manera casera con un fármaco. Si la mujer que tiene estos serios inconvenientes tiene suerte, tendrá tiempo de marchar al hospital más cercano para que le hagan un legrado y acomoden el desastre. También puede morir en su casa o en el nosocomio, porque la situación, insistimos, es muy peligrosa.
Este fármaco no es el aborto seguro y gratuito que pedía la norma que fue rechazada y que vendría a resolver una situación no deseada de embarazo. Un tema que al fin ha quedado socialmente pendiente, pero que amerita una norma armada con más responsabilidad y cuidado que la que se rechazó hace unos meses.
Mientras la Anmat (Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica) lo acaba de autorizar en la Argentina bajo la Disposición Nº 946/2018, Francia lo ha prohibido por el altísimo riesgo de muerte materna que conlleva.
Como es de imaginar, este fármaco se vende sin advertir necesariamente a las mujeres embarazadas de su peligrosidad para su propia vida, ni decirle que si no llegara a concretar el aborto el bebé puede nacer con importantes deformaciones. De solo pensarlo corre frío por las venas, porque lo que pueda pasarle a esa madre o a ese bebé, depende de una acción consciente de la mujer. Y en esto no hay que llamarse a engaño: quienes quieran abortar, lo hemos planteado en otras ocasiones, lo hará de manera clandestina y ahora con esta pastilla hará lo propio con el enorme peligro que enfrenta. Al fin esto se ha transformado en un modo de burlar la ley que rechaza el aborto.
No parece este caso una autorización ingenua de un medicamento sino más bien podríamos pensar que ha sido un modo de buscar resolver de modo legal una acción que no está autorizada en la Argentina como es el aborto. Y desde este punto de vista y teniendo en cuenta además lo peligroso del fármaco, debiera darse marcha atrás con esta autorización. Porque al fin es todo una gran incoherencia, la ley prohíbe el aborto pero una entidad autoriza un medicamento para abortar. Y encima con la posibilidad de hacerlo en el hogar, sin supervisión, casi peor que el aborto clandestino, en términos de peligrosidad.
Por eso decimos, al comienzo de este comentario, que estamos en un país sorprendente, donde suceden cosas que en algún punto rozan el absurdo. Nos preguntamos: ¿habrá algún interés pecuniario con el laboratorio que elabora este medicamento abortivo? O bien ¿la Anmat se considera por encima de las leyes del país? Al fin, ¿cómo debiéramos enmarcar esta cuestión incomprensible a simple vista?
Ya no sabemos qué pensar de esta cuestión.















