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A Capitanich sus propios pares y la presidenta lo acomodaron a la realidad de las entrañas del poder

15 de enero de 2014 a las 12:00 a. m.

Jorge Capitanich, el hombre que llegó para cambiar la dinámica del Gobierno y que emergió, en consecuencia, como un “bautizado K” en la carrera para suceder a la presidenta, tuvo un golpe de realidad que lo dejó muy mal parado en su presente y fundamentalmente de cara a sus aspiraciones políticas.

Su arribo a la Casa Rosada se dio en el marco de la necesidad de mostrar una figura con espalda para amortiguar los problemas que debe afrontar a diario el Gobierno, en momentos en que la presidenta tuvo que menguar su ritmo de actividades tras la cirugía de cráneo a la que tuvo que ser sometida el año pasado.

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Muy rápido de reflejos, Capitanich se posicionó por sobre otros candidatos a ocupar el rol de jefe de Gabinete, que significaba tomar las riendas de la comunicación del Gobierno con el mundo exterior y, de ese modo acomodarse en la grilla de los “presidenciables”. Ante el llamado no dudó en dejar la gobernación de Chaco para instalarse en Buenos Aires. Su rival más cercano era Sergio Urribarri, el mandatario entrerriano que goza de muy buena relación con Cristina Fernández de Kirchner.

El jefe de Gabinete empezó con mucho ímpetu pero pronto encontró escollos. Primero acotó sus intervenciones después de que el ministro de Economía, Axel Kicillof, los desautorizó tanto a él como al titular de la Afip, Ricardo Echegaray, por los cambios en el cobro del impuesto a los bienes personales.

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Tras una semana de contramarchas, incluso con el debate por la importación o no de tomates ante una posible escasez, la jefa de Estado retomó el manejo comunicacional, que por ahora mantendrá las conferencias de la mañana, aunque acotadas a los temas que proponga el ministro coordinador.

La orden de Cristina Kirchner ahora es que Capitanich hable sólo de la gestión, sin hacer comentarios sobre las declaraciones que hagan otros funcionarios.

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El jefe de Gabinete ya lo puso en práctica la semana pasada, cuando se ciñó a la desmentida de Kicillof y evitó dar mayores precisiones cuando el viernes le preguntaron por las denuncias contra los medios del secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli.

El chaqueño entró pisando fuerte, con un cambio radical en la forma de comunicar, cuya principal variante fue la de tomar contacto con periodistas, algo que prácticamente ningún funcionario de los tres mandatos kirchneristas estuvo autorizado a hacer. Pautó encuentros diarios con los trabajadores de prensa y, aunque nunca admitió las principales falencias de la administración y que las cosas en el país no están bien -fundamentalmente en temas sensibles como la inseguridad y la suba de precios-, fue una medida acertada para que la gente común, a través de los medios, supiera en qué andaban los hombres y mujeres que toman las decisiones para todos los argentinos.

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Pero bastante poco le duraron las ínfulas de ser “el dueño” del Gobierno, al menos de ser la cara más visible que comunicaba todo lo que sucedía en derredor de la Casa Rosada, cualquiera fuese el área o el tema porque desde las propias entrañas del poder le aplicaron el freno. El encontronazo más evidente fue con Kicillof, el joven ministro de Economía que es de los más protegidos por la presidenta. El titular de Planificación Federal, Julio de Vido también tuvo roces en plena etapa de cortes de energía por la ola de calor, siendo estos los dos ejemplos más evidentes de que las distintas corrientes internas que tienen espacios de poder dentro del Gobierno están muy activas. De reojo también es mirado por Florencio Randazzo, otro que sueña con ser el sucesor. Y además lo están otras células ultra K que operan muy cerca del Gobierno, como Aníbal Fernández, que hasta se animó a anotarse para ser presidente, en clara señal de que no está dispuesto a que Capitanich pueda ser el ungido del universo kirchnerista para 2015. Otra señal fue la de Edgardo Depetri, un ultra K que directamente postuló a Kicillof. En tanto Daniel Scioli -por varios cuerpos el mejor posicionado pero con resistencia del núcleo duro kirchnerista- sigue en la suya, sin confrontar.

En síntesis, cuando Capitanich quiso mostrar sus alas y picar en punta para la sucesión (en definitiva ese fue el mensaje cuando la presidenta lo eligió) de pronto desde distintas trincheras kirchneristas le pusieron coto y bien se puede asegurar que desde entonces el chaqueño pasó a ser del “elegido” a, apenas, uno más.

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La política que implementó Capitanich ya generaba críticas internas. Más de un colega suyo del gabinete observaba que la alta exposición del jefe de ministros no terminaría nada bien.

Por el momento, desde las oficinas de Capitanich se sostiene que los encuentros diarios con la prensa se mantendrán, aunque serán más cortos. Una posibilidad es que incluso la famosa conferencia matinal se haga día por medio.

Con los pasos en falso de Capitanich y las contramarchas oficiales, la nueva voz oficial del Gobierno con la presidenta en baja exposición pública quedará reducida ahora a unos pocos minutos. 

Con reservas de moralidad pero con el crédito que le otorga su graciosa capacidad para graficar los hechos, el gremialista Luis Barrionuevo sintetizó la situación de muy buena manera: “Coqui -el apodo de Capitanich- llegó como King Kong y ahora es la mona Chita”.

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