200 años dando forma a nuestra particular identidad
Hoy cumplimos 200 años como nación independiente de toda dominación extranjera, un proceso que comenzó a gestarse el 25 de mayo de 1810, pero que se vio coronado en forma efectiva el 9 de julio de 1816. Son fechas señaladas, oportunas para que quienes ahora nos llamamos argentinos miremos hacia atrás y valoremos que pudimos construir una nación libre y soberana que, con aciertos y errores se transformó en una Patria, concepto que terminó por homogeneizar, como en ningún lugar del mundo, a variadas culturas hasta conformar una única nacionalidad que nos identifica a todos por igual.
Esta mixtura se llamó crisol de razas, una expresión utilizada generalmente para representar la forma en que las sociedades que nacieron heterogéneas terminan con el tiempo en transformarse en homogéneas, en base a un fenómeno de integración que debe enorgullecernos. Ya que siendo un país basado en la inmigración logró una verdadera integración que dio origen a lo que podemos llamar ser nacional.
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Cualquier argentino que ha viajado, aun a países de receptores de inmigración como el nuestro, puede comprobar a simple vista que cada corriente ha logrado hacerse un lugar pero siempre de manera sectaria. Así vemos en grandes ciudades del mundo cómo se nuclean en barrios, diferenciándose por nacionalidades, los chinos, italianos, judíos, una situación que en nuestro país no se produjo. No hubo barrios así diferenciados y mucho menos ghettos, segregaciones raciales o apartheid. Pese a que ese crisol del que hablamos donde la gente no sólo de diferentes razas sino de culturas y religiones lograron combinarse para conformar una sociedad que comenzó siendo multiétnica.
Siendo hoy el cumpleaños de nuestra Patria, consideramos oportuno detenernos en halagos y reconocimiento de virtudes y no manchar en esta jornada histórica sobre nuestras falencias. Y si hay algo que hemos hecho bien como pueblo fue acoger sin recelo alguno a todos quienes quisieron venir a forjar este amplio territorio. Incluso a costa de una supresión de una identidad nacional que estaba naciendo y que fue dando lugar a los modismo que llegaban para conformar esta rara avis que somos, orgullosamente, los argentinos. Un poquito de todos.
Entre fines del Siglo XIX y principios del XX hubo dos países en el mundo que se caracterizaron por ser los receptores de millones de inmigrantes europeos que venían huyendo de las grandes guerras, el hambre y la violencia en que había caído casi el mundo entero. Nos referimos a los Estados Unidos y la Argentina. Estados Unidos recibió más inmigrantes que la Argentina en términos absolutos pero si analizamos el proceso en términos relativos el impacto fue mayor en nuestro país. Los norteamericanos llamaron melting pot al impacto demográfico, social, cultural, político y económico que provocó la inmigración y que aquí le llamamos crisol de razas porque así fue traducido al castellano la expresión inglesa. Pero las experiencias de ambos países fueron bien distintas. La verdadera integración se produjo solo en nuestro país y es así como hoy podemos mostrar al mundo una experiencia única, frente a los conflictos que por raza y religión que se sigue viviendo en la mayoría de las naciones del mundo.
En la Argentina sin que sean hechos excepcionales se han conformado familia con integrantes árabes y judíos, italianos y españoles, una mezcla que no se registra en otras naciones.
También es cierto que en nuestro país, al igual que en Estados Unidos, la Campaña al Desierto de 1879 marcó el exterminio casi total de los aborígenes y la segregación de quienes sobrevivieron. Allí se fue parte de nuestra identidad autóctona y la tierra de esta amplia nación fue distribuida fundamentalmente entre los extranjeros, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, que transfirieron sus culturas a las siguientes generaciones, que hemos asumido claramente a la Argentina como la Patria, la casa grande y propia.
El paso del tiempo, sin embargo, marcó un cambio en lo que hace a la inmigración, siendo una nación de gran integración, ya a fines del Siglo XX y principios del XXI, una oleada inmigratoria (menor pero sostenida) se produce pero de países vecinos. La actitud de los nativos frente a estos inmigrantes fue distinta a aquella primera; esta mirada europeizante que hemos heredado y que otros países de la región no compartieron, la mezcla de razas que aquí hubo y en los vecinos no tanto, provoca una mirada distinta hacia los pueblos hermanos como el peruano o el boliviano hasta el punto de la discriminación. Pero más allá de la respuesta de cada argentino en particular frente a estos inmigrantes, la República Argentina mantiene intactos sus preceptos fundacionales de acoger a todo ciudadano del mundo que desee habitar este suelo. Por eso, desde el propio Estado se disponen las herramientas para brindar las garantías necesarias, como lo es el Inadi, para combatir la discriminación y el racismo. No seremos los mismos ciudadanos del Siglo XIX pero lo valioso es que la Argentina, como país, sí lo es.
A la construcción del ser nacional partiendo de la base de la inmigración extranjera que fue al fin la que construyó este país, otras acechanzas complicaban nuestro desarrollo, un territorio enorme, donde el federalismo ha sido difícil de instaurar por una cuestión más geográfica que cultural: el puerto de Buenos Aires. Un protagonista de luchas que abarcaron los primeros 10 años de nuestra historia como nación. Haber construido, literalmente, un país de figura radial, con un único centro en el puerto, determinó sin dudas una nueva especie de monarquía a la cual nos sometimos, donde la metrópolis ha sido Buenos Aires y el resto de las provincias y ciudades del país han sido dependientes.
Pero como marcábamos al principio, no es el objetivo en esta celebración del cumpleaños de la Patria efectuar una reseña histórica de la Argentina y mucho menos detenernos en nuestros fallos, solo apenas marcar aquellos aspectos que nos hacen diferentes al resto del mundo. Y en este sentido podemos decir que somos muestra palmaria de que el multiculturalismo existe, que se puede construir una nación desde las diferencias raciales y que la integración y la tolerancia son posibles. De hecho, si hay algo que nos debe gratificar enormemente es que en esta tierra nunca se libró una guerra civil por estos motivos. Y destacamos esta cuestión en un mundo donde aun se mata por diferencias religiosas, raciales o culturales.
Tenemos un ejemplo reciente de la visión que ofrece la Argentina al mundo en materia de integración: el Gobierno ha anunciado la voluntad de recibir tres mil inmigrantes sirios provenientes del drama humanitario que se vive en dicho país por la feroz guerra civil desatada. Mientras la mayoría de las naciones intentan cerrar sus fronteras a cal y canto para evitar hacerse cargo del desastre, nosotros podemos afirmar que lo más probable es que la segunda generación de estos inmigrantes que hoy llegarán a nuestro país seguramente ya se sentirán argentinos.
Porque la idea de identidad del ser nacional, del que se han escrito verdaderos ríos de tinta, es fácilmente reconocible en la Argentina en base a la educación, esta fue la herramienta fundamental para que esa integración de razas y culturas que parecía imposible se haya logrado. La escuela primaria obligatoria fue sin dudas quien coadyuvó a la unificación de nuestro país, a que todos tuviéramos los mismos próceres, la misma historia, la misma bandera. De este modo los hijos y nietos de quienes descendieron de los barcos, hoy somos argentinos.
Hoy es el cumpleaños Nº 200 de la Patria, de nuestra República Argentina, y es el momento de apañarnos, de congraciarnos, de valorarnos. Porque muchas de las falencias que podemos tener y por las cuales nos lamentamos tienen que ver precisamente con una de nuestras mayores riquezas, que es la de haber logrado conformar una identidad a partir de muchas otras, bajo los mismos colores de bandera, mostrando al mundo que se puede dar vida, sobre la base de una sociedad multicultural, una nación para ser amada.
¡Feliz cumpleaños República Argentina!












