Una familia destrozada por un pelotudo
No hay palabras suficientes para nombrar el dolor. En la mañana de este sábado, en algún rincón de Pergamino, una familia recibió la peor noticia posible: Marcos, su hijo, su hermano, su amigo, no va a volver. Tenía 21 años. Volvía caminando con amigos de una salida. Y lo mataron.

El Paseo Ribereño es un lugar pensado para la vida. Para caminar, charlar, reír. No para morir. Pero en la madrugada de este sábado, una moto que jamás debió estar ahí –y mucho menos a alta velocidad– irrumpió en ese espacio peatonal y se llevó una vida. Se llevó la de Marcos.
Lo embistió sin darle siquiera una chance de reaccionar por la alta velocidad que llevaba el vehículo. La escena fue brutal. Los amigos intentaron reanimarlo. Llamaron al SAME. Esperaron un milagro. Pero la ambulancia sólo pudo constatar lo irreversible.
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Hoy una familia se queda con un cuarto vacío. Con la ropa intacta. Los familiares entran en un túnel del que no se sale nunca igual. Y mientras tanto, el motociclista y su acompañante –una pareja de adultos, no pibes como Marcos– intentaron huir. Lo dejaron tirado y escaparon. No estaban perdidos. No estaban confundidos. Eligieron no hacerse cargo. Si no los detenía una patrulla municipal, hoy seguirían libres.
No podemos seguir naturalizando esto. No podemos seguir llamando “accidentes” a los actos de irresponsabilidad extrema. Cuando alguien elige circular por un espacio prohibido, a toda velocidad, en estado presuntamente alterado, y eso termina con una vida, no hablamos de azar. Hablamos de una cadena de decisiones que produce una tragedia. Es un asesino.
La justicia tiene que actuar. Pero como sociedad, también tenemos que mirar esto con toda su crudeza: Marcos no murió por estar en el lugar equivocado. Estaba exactamente donde debía estar. Volviendo a su casa, caminando con amigos. El que estaba donde no debía, y como no debía, fue otro. Y eso no puede pasar sin consecuencias.
La estupidez y la irresponsabilidad en definitiva es una decisión personal. Que la ley recaiga con fuerza. Pero la cultura es la consecuencia de la sociedad que cada día construimos entre todos. La cultura de andar arriba del terraplén en una moto no es sólo responsabilidad de ser penalizado por el personal de transito o la policía. Sin querer, en más de una oportunidad nos quedamos perplejos y no decimos nada. Nos tenemos que hacer cargo. como sociedad, hay que pelearse con quienes hacen estas cosas, con quienes cruzan en rojo, doblan donde no corresponde.
Si no cambiamos la cultura, mañana volverá a suceder. Hay que pelearse, como lo hicieron los padres de la patria para lograr nuestro lugar en el mundo; tenemos que erradicar este comportamiento para dejarles a nuestros hijos una comunidad que valga la pena vivirla.
Hoy, Pergamino está un poco más triste. Una familia quedó quebrada para siempre. No dejemos que la indiferencia le agregue impunidad al dolor.











