Santoral
San Maximiliano, martir (-295)
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“Romeo y Julieta” se despide hoy y mañana
Tenía 31 años cuando se lo quiso incorporar al ejército romano en Numidia (la actual Argelia). Se negó tenazmente a servir como soldado del emperador, alegando que, como era cristiano, ya era soldado de Cristo y por eso no podía llevar el emblema del emperador. Después de un diálogo con el procónsul Dion, y al continuar con su negativa, fue condenado a decapitación. Al dirigirse al suplicio, dijo a su padre: “Te ruego que al que me corte la cabeza le des el uniforme que me preparaste para la milicia”. Era el año 295.
San Luis Orione, fundador (1872-1940)
Este sacerdote italiano nació el 23 de junio de 1872 y fue beatificado en 1980 por Juan Pablo II. De familia muy humilde, centró su vida sacerdotal en la caridad para con los más pobres, los desheredados, los enfermos, los jóvenes. Fundó una congregación religiosa masculina y otra femenina cuyas casas se desparramaron por todo el mundo. En la Argentina, además de colegios y parroquias, su presencia más característica es la del Cottolengo que alberga a centenares de enfermos crónicos que no tienen lugar en otras instituciones. Estuvo en la Argentina en 1921/22 y de 1934 a 1937. Su acción sacerdotal y caritativa atrajo la admiración de católicos y no católicos, de eclesiásticos y gobernantes, y de gente de todas las clases sociales. En 1935, al presentar el Pequeño Cottolengo de Cláy-pole, dijo: “El Pequeño Cottolengo tendrá siempre las puertas abiertas a los pobres de cualquier religión, y aún a los sin religión alguna: ¡Dios es Padre de todos!”. Falleció el 12 de marzo de 1940. Juan Pablo II lo canonizó el 16 de mayo de 2004.
Santa Fina o Serafina, virgen (-1253)
Joven toscana notable por la resignación con que aceptó el sufrimiento corporal. Como el bíblico Job, Fina quedó huérfana de padre a los 15 años; luego fue atacada por una serie de males que afectaron su cabeza, manos, ojos y pies, haciéndole perder sus naturales atractivos, ya que era muy bonita. Poco después una parálisis la dejó postrada durante seis años sin moverse; sólo su madre la cuidaba. Por último, perdió también a su madre. Nunca se le oyó una sola queja, sino que permanentemente alababa a Dios. Al morir, el 12 de marzo de 1253, los vecinos declararon que el tablón donde permaneció postrada tanto tiempo se hallaba cubierto de violetas blancas, a las que el pueblo todavía hoy llama “flores de Santa Fina”.













