Los nonagenarios de Icaria (Grecia)

Por el doctor Mario L. Gospodinoff para la Redacción de LA OPINION. La isla de Icaria se encuentra en el mar Egeo septentrional, más cercana a Turquía que al Peloponeso. Grecia la hizo parte de su territorio el 19 de julio de 1912, cuando los habitantes de la isla expulsaron al escuadrón turco que la ocupaba. El nombre Icaria proviene de Icaro, hijo de Dedalus en la mitología griega, que intentó volar con alas de cera que los rayos solares derritieron. Icaro cayó al mar que rodea la isla, que lleva su nombre.
Llegué a la isla de Icaria en el ferry Agios Kirikos un agosto caliente de 2013, habiendo leído pocos meses antes un artículo que el gran periodista Dan Buettner publicara en el diario New York Times con el atrapante título de La Isla donde la gente olvidó de morirse. Relata en su informe la historia de un nativo de Icaria llamado Stomatis Moraitis, que en 1943 se ingenió para ser incluido entre los heridos de guerra que regresaban a EE.UU. en el Queen Elizabeth, el barco de pasajeros de lujo de la línea inglesa usado para el transporte de tropas y que hoy es un museo-hotel en la costa de California. Moraitis, una vez recuperado de sus heridas, se radicó en Port Jefferson, New York, ciudad de ese Estado donde aseguran que el baklava (strudel de queso) es más delicioso que en Grecia. Se casó con una mujer griega y tuvieron tres hijos. En 1976, a más de 30 años desde su ingreso a los EE.UU., se sintió enfermo, sufrió una notoria pérdida de peso y se quejaba de una tos persistente no controlada por los jarabes comunes. Moraitis fue internado en el hospital local donde lo estudiaron y comprobaron la existencia de un tumor en uno de sus pulmones, del tamaño de una naranja. Pasó por nueve diferentes profesionales que corroboraron el diagnóstico inicial: cáncer de pulmón. La información devastadora indujo a Moraitis a querer cumplir lo que siempre había solicitado a su familia: regresar a morir en Icaria, en la muy humilde casa familiar de dos habitaciones. Así lo hizo; acompañado por su esposa regresó a su hogar de origen, aceptando su llamado ancestral de terminar siendo parte del suelo donde había nacido.
Para sorpresa de todos, instalado para morir, en pocas semanas comenzó a mejorar y por razones que nadie logró explicar el cáncer desapareció. Moraitis dejó la cama de la muerte y por tres décadas regresó a sus tareas de pastor de ovejas, productor de vino de un viñedo familiar que al igual que todas las casas de la isla, producen un tinto grueso que raspa la garganta cuando uno lo ingiere.
Al desembarcar del ferry el viajero se sorprende porque hay cosas que llaman de inmediato la atención. Es alejarse del muelle para sentir un perfume de las flores de romero que embriaga. Si preguntas la hora te miran como si fueras de Marte, porque no hay relojes a la vista. Un compañero de universidad me advirtió otra de las costumbres que se han conservado aun con la invasión turística: cuando los icarianos invitan a comer no dicen a qué hora sino por ejemplo te invito mañana a la tarde, que pueden ser las 17:00 o las 19:00. La logística de la preparación de la comida no es traumática porque ya saben que van a ser pocos los invitados que lleguen a horario, generalmente griegos que se han jubilado en EE.UU. y regresado a la isla con ese mal hábito extraño.
El estilo de vida tiene características propias que paso a enumerar:
- Inician el día ingiriendo una cucharada de miel.
? Todos los habitantes tienen una ocupación. Los que viven en la montaña se despiertan al alba para hacer el ordeñe de ovejas o chivas base de la leche que consumen a diario con la que preparan yogurt y quesos.
? No había vehículos motorizados cuando visité la isla. Los campesinos arrean su ganado a la montaña donde pastorean en minúsculos espacios verdes. Generalmente vuelven a sus casas para almorzar y hacer la sagrada siesta. Luego, a mitad de tarde, van al pueblo a reunirse con amigos y ponerse al día de lo que ocurre en el mundo y en Icaria. Esto es un compromiso riguroso que cada uno se siente compulsado a no faltar. No lo llaman peña como los pergaminenses pero convengamos que peña es. Se inicia la reunión con un té de yuyos de la isla y luego todos beben una o dos copas del tinto isleño. Al volver a sus casas cooperan en la granja, el cuidado de los animales, la viña en verano u otros emprendimientos con que ganan su sustento.
? Cohesión familiar: todos los miembros de la familia trabajan en mantener la unidad familiar y el intercambio es permanente.
? ¡Nadie fuma! En el pueblo se ven algunos fumadores que generalmente son turistas o griegos que después de haber vivido en el extranjero regresan a la isla esclavos del humo.
? No hay anuncios que digan Silencio Adultos Mayores Descansando por los años que trabajaron; al contrario, la cultura local promueve la actividad física, social y participativa.
? La mayoría de los isleños consume una dieta mediterránea basada en pescado, frutas, verduras y legumbres. El aceite de oliva es el único que se usa.
? Toman tres a cinco tazas de té verde que varía de gusto de casa en casa, con hierbas recogidas por ellos mismos.
Un estudio realizado por la Escuela de Medicina de Atenas en 2012 en 1400 icarianos demostró:
30 por ciento tenía más de 80 años.
1,6 por ciento de los hombres y 1,1 por ciento de las mujeres, tenían más de 90 años, es decir, que en una población aproximada de 12.000 habitantes tienen alrededor de 300 nonagenarios.
Desconocen lo que es usar una agenda de planeamiento diario. Es mi impresión que las relaciones del día a día juegan en Icaria una fuerza fundamental y de refuerzo mutuo, ya sea empujones del ánimo o la creación de la expectativa del diario encuentro.
El ferry dejó la isla cerca de la medianoche. A pocos metros del muelle una orquesta entre la que se encontraba un bandoneonista, extaxista residente de la Boca, nos despidió con su versión de Adiós Muchachos.




