La política que nos hunde
El aumento de la pobreza y de la desigualdad social en la Argentina ha ido ganando interés en la opinión pública. No es para menos: más del 42 por ciento de la población no alcanza a cubrir sus necesidades básicas. Pero esto no deja de ser el emergente de un...

El aumento de la pobreza y de la desigualdad social en la Argentina ha ido ganando interés en la opinión pública. No es para menos: más del 42 por ciento de la población no alcanza a cubrir sus necesidades básicas. Pero esto no deja de ser el emergente de un problema más estructural: más de la mitad de la población activa está fuera del mercado formal, sea que este abiertamente desocupada, haciendo trabajos de indigencia o con empleos precarios. A esta situación cabe también sumar un 10 por ciento de personas en edad y con necesidades de trabajar sometidos a una inactividad forzada por el propio Estado. Todos atravesados por un estancamiento con alta inflación que degrada remuneraciones, ingresos por jubilaciones y la asistencia pública.
El escenario describe un orden social dantesco: pobres más pobres, con menos oportunidades de trabajo, más dependientes de la asistencia pública; clases medias empobrecidas, desorientadas, con aspiraciones frustradas y sin expectativas de un mejor futuro; y, en la cúspide, ricos no menos ricos, pero atrincherados o con un plan de fuga.
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Obviamente, un cuadro de situación agravado por un año y medio de pandemia.
Pero el problema de fondo está lejos de poder ser explicado por el Covid-19; así como tampoco -por mucho que ni uno ni otro esté al margen- por la depresión económica de los dos años anteriores. En realidad, 10 años continuados de estancamiento en la creación de empleo privado genuino tampoco explican el problema, aunque por supuesto, lo siguen agravando.
Aunque algunos machaquen en lo contrario, tampoco es la creciente desigualdad lo explica el aumento de pobreza. De hecho, sabemos que, al menos en términos de distribución del ingreso, somos menos desiguales que durante la última década del Siglo XX.
Y a no equivocarse, tampoco han sido las políticas sociales de las últimas décadas las que explican la crisis fiscal, la inflación o el estancamiento económico. En realidad, el aumento de estas políticas son una consecuencia de la crisis misma y de la incapacidad de darle resolución de fondo, o la preferencia por no hacerlo debido al costo político que conlleva hacer "cirugía mayor" en un país como Argentina, donde la clase dirigente se aferra a los privilegios del poder y se mueve a los fines de no perderlo.
La pobreza aumenta en nuestro país porque la economía real no crece y, por lo tanto, no crea empleos genuinos ni deja capital instalado; no se reinvierten excedentes ni se crea riqueza para quienes y en donde más se necesita. Los pobres momentos de recuperación se logran a costa de crecientes desequilibrios macroeconómicos que hacen insostenible cualquier recuperación posterior. Estas breves burbujas de consumo terminan inflacionando aun más la economía, devaluando salarios, consumiéndose reservas y degradando el futuro. Justamente lo que ahora estamos viviendo.
Esta dinámica corrosiva se monta sobre una estructura social del trabajo altamente desequilibrada, en donde a la modernidad todavía vigente -aunque en proceso de deterioro- le sobra gente, por eso la fuga de capitales humanos valiosos. Esto a pesar de las enormes capacidades productivas de los emprendedores e innovadores de toda naturaleza que continúan no solo pagando impuestos sino también manteniendo en pie alguna esperanza. Es esta dinámica que genera que nuestra matriz socio-productiva se haga cada vez más pobre, desigual y heterogénea.
Las políticas orientadas a incrementar el gasto para financiar estrategias políticas; y, para ello, endeudarse sin límites, elevar impuestos o emitir sin respaldo, todo ello con el fin de continuar en el poder, no son políticas de equidad sino estrategias populistas de manipulación social. Hace tiempo que el sistema político abandonó la tarea de liderar a la sociedad en la construcción de un mejor futuro. De manera sistemática, los gobiernos de las últimas décadas han dado prioridad a cuidar su legitimidad a costa de sacrificar activos, recursos y capacidades de inversión, de trabajo y de desarrollo humano de largo plazo. La grieta ideológica ha sido de gran utilidad para ocultar esta mala praxis.
La evidencia histórica de las últimas décadas muestra que luego de cada crisis que genera este particular modo de conducción política no solo se agrava la pobreza sino también las desigualdades sistémicas -productivas, laborales, sociales y culturales-, alejándonos cada vez más de la sociedad que éramos y mucho más de la que deseábamos ser.
¿Por qué el futuro post Covid-19 pasada esta burbuja electoral debería ser diferente? La realidad está mostrando que en el futuro próximo la sociedad argentina no solo será más pobre sino también más desigual, sumando una nueva capa de población sobrante a su matriz social. Ya no se trata de pensar estrategias que busquen aliviar los efectos de la pandemia sino de corregir las fallas estructurales que la pandemia desnuda. Para ello no es necesario contar con más ni menos Estado sino con un "mejor" Estado, pero también con mejores mercados, y sobre todo, con mejores dirigencias políticas.
La inclusión plena, presente y futura de la parte más empobrecida de la sociedad, demanda superar las falsas dicotomías para hacer posible una nueva generación de prácticas políticas orientadas a poner en marcha -a través justamente de acuerdos patrióticos- las capacidades de desarrollo productivo, científico y tecnológico sin perder de vista un necesario equilibrio social. Pero ello no se logra sin emprender con valentía un plan de reformas estructurales -tributarias, laborales, previsionales, científico-educativas y administrativas, incluso políticas- que construyan las bases que permitan sostener la inversión, el empleo, la participación ciudadana y el desarrollo social, maximizando el cuidado y el empoderamiento de los sectores más vulnerables.














