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La delgada línea entre el ruido y la tragedia

Las motos, las picadas y la conducción temeraria no son delitos, pero cuando la norma se diluye, lo que empieza como una falta puede terminar en una tragedia. Hay que asumir que el desorden sostenido también puede traer una tragedia.

06 de abril de 2025 a las 03:55 p. m.
La delgada línea entre el ruido y la tragedia
La delgada linea entre el ruido y la tragedia

El caso de Marcos Gorbalán sacudió a la ciudad de Pergamino por su brutalidad, por su rareza, y porque desnudó con crudeza una fractura social. Durante los días posteriores, comenzaron a trazarse paralelismos, en algunos casos forzados, entre aquel hecho extremo y otras situaciones cotidianas: jóvenes que circulan en moto con escapes libres, que hacen maniobras peligrosas en la autopista, que participan de picadas nocturnas o simplemente perturban el descanso de los barrios.

Ese vínculo automático es, por supuesto, equivocado. Una cosa es un crimen, otra muy distinta es una infracción. Conducir sin casco, alterar el orden público o incumplir normas de tránsito no convierte a nadie en delincuente. Pero sí plantea un problema que, aunque distinto, también merece atención.

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Porque lo que no es delito, puede ser riesgo.

Y lo que se repite sin control, puede terminar —alguna vez— en tragedia.

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La conducción temeraria, el desinterés por la norma, el uso de vehículos en condiciones ilegales o el hábito de desafiar límites en espacios urbanos no son solo expresiones de rebeldía o desorden juvenil. Son síntomas de una cultura que ha naturalizado el incumplimiento. Que se queja del caos, pero lo tolera. Que se indigna por las consecuencias, pero convive con sus causas todos los días.

Como sociedad, esa contradicción está arraigada. Nos quejamos, pero permitimos. Nos asombramos, pero lo aceptamos. Nos encanta la picardía, pero no nos bancamos las consecuencias. Esa dicotomía atraviesa nuestra cultura y debilita nuestra educación.

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Cuesta creer que un adulto hoy no sepa que si lleva a un ser querido en moto y sin casco lo pone en altísimo riesgo de vida. Eso, en los tiempos que vivimos, es directamente inexplicable.

Y cuesta también creer que, con la cantidad de vidas que se pierden año a año en accidentes de tránsito, la educación formal no incluya —de forma obligatoria, sistemática, desde temprano— contenidos básicos de educación vial. ¿Qué es más urgente que enseñar cómo convivir en la vía pública? ¿Qué más elemental que saber que una mala decisión, un casco no usado, una maniobra de más, pueden ser la diferencia entre volver a casa o no?

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Porque lo más importante es entender esto:

la única diferencia entre una contravención y un crimen es la consecuencia.

No mata el que no hace nada. Por el contrario.

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Y no es responsable el que cumple, sino el que comprende que su conducta forma parte de algo mayor.

La Municipalidad realiza operativos de control. Cada fin de semana se retiran motos sin documentación o sin condiciones para circular. El trabajo existe. Pero no alcanza. Porque el problema no se resuelve solo con controles: requiere también una transformación cultural. Y esa tarea no es inherente al Estado.

Detrás de cada maniobra riesgosa hay una cadena social. Padres, hermanos, amigos, vecinos. Una red que muchas veces elige callar, mirar para otro lado o simplemente asumir que “es así”. La indiferencia se convierte entonces en una forma pasiva de habilitación. Y la costumbre, en un velo que impide dimensionar el peligro.

Mientras tanto, la ciudad sigue lidiando con noches ruidosas, espacios públicos tomados por la imprudencia y una sensación creciente de impotencia. Lo preocupante no es solo el ruido. Es la aceptación del ruido como parte del paisaje.

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No se trata de motos, ni de jóvenes, ni de sectores sociales. Se trata de una convivencia que se ve debilitada cuando se pierde el respeto por las normas básicas. Porque entre la falta repetida y el accidente fatal hay, muchas veces, apenas una curva, un semáforo, un descuido. Una línea delgada.

Y cuando esa línea se cruza, ya no alcanza con lamentarlo.

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