Jorge Bianciotto, el agrónomo que se define como "un gestor de tensiones"
Lleva 33 años al frente de La Lucila, donde produce semillas, cría ganado y cuida 350 caballos de polo. En su paso por IMPRONTA, Bianciotto explicó por qué el mundo es de los ejecutores, por qué la queja es el peor lugar donde quedarse y por qué define su trabajo como el de un gestor de tensiones.

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Jorge Bianciotto es ingeniero agrónomo y responsable de la estancia La Lucila, un establecimiento de 2.300 hectáreas sobre la ruta 8, a 15 kilómetros de Pergamino, que produce semillas de maíz, tiene ganadería y un haras de caballos de polo. Es referente de CREA, fue consejero del INTA e integra la Red de Buenas Prácticas Agrícolas, la Sociedad Rural de Pergamino, Global Farmers Network, Aapresid y la Fundación Por Pergamino. La lista es larga y él la explica sin vueltas: "Me gusta participar y he participado en un montón de lugares, y por eso conozco a tanta gente. Siento que es una bendición y que aprendí mucho en todos".
"Vine por un rato y me quedé"
Lleva 33 años en La Lucila. Llegó joven, para un plazo corto, y la frase con la que lo cuenta pedía ser desarmada.
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Antes trabajaba como asesor y visitaba varios campos. "Me di cuenta de que mi performance dependía del ejecutor. Yo dejaba las indicaciones y algunos las hacían y otros no las cumplían, entonces mi resultado era muy dispar, y yo tenía la misma cabeza, el mismo criterio". Sobre el mismo manual pasaban cosas distintas según quién estuviera del otro lado.
De ahí salió la decisión: "Me ofrecieron esto y dije: 'Bueno, voy a probar de ejecutar'. Yo hago, pienso y ejecuto. Y probé y me gustó".
Lo que lo retuvo, cuenta, fue el criterio de su primer jefe: "Él siempre consideraba las relaciones, nunca se perdía de mantenerlas. Había discusiones en las que por ahí cedíamos alguna cosa, pero en función de las relaciones".
El resultado se mide hoy en permanencia. La mayoría de los empleados se jubilan en La Lucila; los proveedores son los mismos de siempre; los contratistas son los hijos de los contratistas de antes. Y tiene, además, una explicación económica: "A mí eso me encanta, me parece que es sano. Y baja el costo de transacción, porque cuando no conocés a alguien perdés mucho tiempo. Por eso podemos hacer tantas cosas, si no, no podríamos".
"El mundo es de los ejecutores"
De ese origen sale su tesis más rotunda: "El mundo es de los ejecutores, porque las ideas están en internet. Está bien que hay gente muy capaz, más inteligente, pero después hay que ejecutarlas, y ahí tenés todas las cositas que atraviesan la ejecución, que son la habilidad, la simpatía".
La confirmación se la dio un viaje. En rondas de emprendedores en Israel escuchó a los inversores preguntar algo que no esperaba: cuántas veces habían fracasado. "Le pregunté a uno por qué preguntaban eso y me dijo: 'Porque el que fracasó ya sabe cómo es'".
Le puso, eso sí, una condición: "La única observación es que el que se la pega aprenda, porque hay gente que no aprende. Tenés que poder capitalizar y no quedarte en que te fue mal. Hay gente que se queja y le echa la culpa afuera, y hay gente que se da cuenta, recapacita y mejora. Esa es la diferencia".
La queja como lugar
La conversación se detuvo ahí, en la queja, y él tenía una definición preparada.
"Cuando te quejás, el problema está fuera de tu espacio y dependés de un tercero para que lo resuelva. Y eso es tristísimo. Yo quiero ser protagonista. Siempre digo: 'Fijate qué responsabilidad tenés, porque si no tenés nada, no podés mejorar'. Si no, le estás dando a un tercero todo el poder sobre tu vida".
Esa conversación de bar —cuando cambie el presidente, cuando pase esto o lo otro— no es su estilo. "Yo trato de aprender y ver qué parte tengo para mejorar yo".
Y agregó una vuelta más: "Los budistas dicen que las personas pasan por tu vida para que aprendas algo, y vos tenés que descubrir qué. Visto desde ese punto de vista, la gente pasa a ser superinteresante, porque el que te molesta también tiene un mensaje para vos. Entonces capitalizás todo".
Se acabaron las piruetas financieras
Sobre el momento del sector fue igual de directo. Hubo un período de crédito barato y dos tipos de cambio en el que los errores de gestión podían taparse con resultados financieros. "Hacían un montón de piruetas que te permitían zafar aunque no hubieras hecho todo bien. Y ahora eso se acabó, se sinceró. Ahora es eficiencia y productividad".
No lo dice desde afuera: reconoce que las piruetas financieras le gustan y que le salen bastante bien. Lo que marca es el cambio de jerarquía. Los gerentes financieros pierden el peso relativo que tenían y vuelven al centro la producción, la gestión, la baja de costos y la tecnología. "Con el chip viejo vas a durar poco en este sistema".
"Se puede aplicar hasta el borde"
El tramo más técnico del episodio fue también el más necesario, porque es una discusión que la columna no había dado: si se puede convivir con la producción agropecuaria o hay que producir lejos.
Su respuesta empieza por una comparación. En Estados Unidos se pulveriza hasta al lado de las casas, y ahí el vecino es el dueño del campo. "Creo que la prudencia que tienen es distinta, pero no porque nosotros seamos malos, sino por el sistema de delegación: acá los campos a veces son alquilados, vino un contratista de otro lugar, está apurado, el viento por ahí no paró. Entonces se producen algunas cositas que en otro lugar no se dan".
Y después el punto: "Si se hacen las cosas bien, está comprobado que podés aplicar hasta el borde.
















