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El discurso antagónico que divide a la Argentina: un tour de épicas enfrentadas

La Argentina asiste a una confrontación discursiva que ya no es solo ideológica sino épica. Desde el Congreso y desde la Provincia, Javier Milei y Axel Kicillof construyen relatos antagónicos, moralizan la política y delimitan enemigos. Entre la refundación liberal y la defensa del Estado, el país queda atrapado en...

03 de marzo de 2026 a las 09:00 a. m.
El discurso antagónico que divide a la Argentina: un tour de épicas enfrentadas

La Argentina asiste a una confrontación discursiva que ya no es solo ideológica sino épica. Desde el Congreso y desde la Provincia, Javier Milei y Axel Kicillof construyen relatos antagónicos, moralizan la política y delimitan enemigos. Entre la refundación liberal y la defensa del Estado, el país queda atrapado en el centro del ring.

Dos épicas, un mismo escenario

El discurso de Javier Milei se apoya en una narrativa refundacional: un país devastado por décadas de “estatismo”, una herencia terminal y una misión histórica para restaurar el orden moral y económico. Su retórica es combativa, personaliza adversarios y convierte la gestión en cruzada.

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Del otro lado, Axel Kicillof construye una épica defensiva y productivista: el Estado como escudo social, la industria nacional como motor y la justicia distributiva como principio rector. Su antagonista no es abstracto: es el ajuste, la desregulación y lo que considera una retirada del Estado.

Ambos hablan de patria. Ambos hablan de futuro. Pero lo hacen desde universos simbólicos incompatibles.

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Moralización de la economía: el bien contra el mal

En la narrativa presidencial, la política económica se presenta como una batalla moral. No se trata solo de déficit o inflación: se trata de virtud contra corrupción, de orden contra decadencia. El pasado reciente aparece como una cadena de fracasos deliberados.

En el discurso bonaerense, la moral también está presente, aunque con otro eje: la responsabilidad del Estado de proteger a los sectores vulnerables y sostener la producción frente a lo que se describe como un ajuste insensible.

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En ambos casos, la economía deja de ser técnica y se vuelve ética. Y cuando la economía se moraliza, el adversario deja de ser circunstancial y pasa a ser estructural.

La construcción del enemigo

La retórica confrontativa no es un detalle estilístico: es el corazón del mensaje. Milei nombra, acusa y delimita un “ellos” amplio que incluye a la dirigencia tradicional y a quienes resisten su programa. Kicillof, por su parte, construye un adversario vinculado al modelo liberal, al mercado sin regulación y a la pérdida de soberanía económica.

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Ninguno de los dos discursos busca sintetizar. Ambos buscan consolidar identidad. La política se organiza entonces alrededor de pertenencias, no de consensos.

Historia, memoria y legitimidad

Los dos dirigentes apelan a la historia para justificar el presente. En un caso, se evocan crisis pasadas como prueba de que el modelo estatal fracasó sistemáticamente. En el otro, se rescatan ciclos de expansión productiva y derechos sociales como evidencia de que la intervención pública es indispensable.

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La historia se convierte en campo de batalla interpretativo. No es memoria compartida, sino argumento.

En el medio, la Argentina real

Mientras las épicas se enfrentan, la vida cotidiana transcurre entre inflación, incertidumbre laboral, caída del consumo y demandas sociales persistentes. La confrontación puede fortalecer liderazgos, pero también estrecha los márgenes para acuerdos estructurales.

La polarización ordena el tablero político, pero fragmenta la conversación pública. Y en esa tensión permanente, la Argentina concreta —la de las pymes, los trabajadores, los estudiantes, los jubilados— queda atrapada entre relatos que se excluyen mutuamente.

La pregunta no es quién gana el duelo retórico. La pregunta es cuánto espacio queda para construir políticas que trasciendan la lógica binaria.

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Porque mientras las épicas se disputan la legitimidad histórica, el país sigue necesitando estabilidad, crecimiento y previsibilidad. Y esas tres palabras rara vez se construyen desde el antagonismo permanente.

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