Bidones sin lavar: una falla que amenaza el sistema de reciclado de envases del campo
CampoLimpio advirtió que la creciente devolución de envases de fitosanitarios sin el acondicionamiento correspondiente está poniendo bajo presión al sistema de recuperación.

El crecimiento de la recuperación de envases vacíos de fitosanitarios representa uno de los avances ambientales importantes alcanzados por el agro argentino durante los últimos años. Sin embargo, detrás de esa evolución comienza a aparecer un problema que amenaza con limitar el funcionamiento del propio sistema: una cantidad significativa de los bidones llega a los centros de recepción sin haber sido correctamente lavada.
La advertencia fue planteada por CampoLimpio durante el Congreso de Aapresid y apunta directamente a productores y aplicadores, responsables de realizar el acondicionamiento de los recipientes luego de utilizar los productos.
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No se trata solamente de cumplir una formalidad. Cuando un envase llega sin lavar no puede ingresar al circuito habitual de reciclado y termina convirtiéndose en un residuo que requiere otro tratamiento.
Luis María Herrera, líder de Relaciones Institucionales de CampoLimpio, reconoció que el volumen alcanzado comenzó a representar un problema operativo para el sistema.
La preocupación aumenta precisamente porque la recuperación de envases viene creciendo. Cuantos más recipientes regresan al circuito, mayor resulta el desafío si una proporción significativa llega sin las condiciones necesarias para ser reciclada.
Más de 1,3 millones de kilos perdidos
El número permite dimensionar el problema.
Durante el último año, más de 1,3 millones de kilos de envases fueron recibidos sin lavar y debieron terminar incinerados en establecimientos habilitados.
En términos logísticos, ese volumen equivale aproximadamente a entre 400 y 450 camiones o furgones cargados de recipientes.
Pero detrás de la magnitud aparece otra cuestión: todo ese plástico podría haber tenido una segunda vida.
Una vez correctamente acondicionados y gestionados dentro del sistema autorizado, los envases pueden ingresar a procesos de reciclado y convertirse en productos permitidos como postes, varillas, autopartes y determinados tipos de caños.
En cambio, cuando contienen restos de fitosanitarios, esa posibilidad desaparece.
De esta manera, una operación relativamente sencilla realizada inmediatamente después de la aplicación termina definiendo si el recipiente puede convertirse nuevamente en materia prima o debe ser tratado como un residuo que finalmente será destruido.
El triple lavado, un eslabón fundamental
La normativa establece procedimientos específicos para el acondicionamiento de los envases vacíos, entre ellos el triple lavado o lavado a presión.
La correcta realización de este procedimiento permite retirar los restos del producto, incorporar el agua utilizada en el lavado al tanque del equipo de aplicación y dejar posteriormente el recipiente en condiciones de ingresar al sistema de gestión.
El paso siguiente consiste en inutilizar el envase para impedir su reutilización y entregarlo en los canales habilitados.
El problema aparece cuando ese primer procedimiento no se realiza correctamente.
El sistema puede recibir el recipiente, pero las posibilidades posteriores de valorización quedan severamente limitadas.
Por eso, el llamado de CampoLimpio busca instalar la idea de que la gestión responsable no comienza cuando el productor entrega el bidón, sino inmediatamente después de vaciarlo.
El desafío tiene una relevancia evidente para regiones agrícolas intensivas como Pergamino y el norte bonaerense.
La elevada utilización de tecnologías de protección de cultivos implica también la generación de importantes cantidades de envases que deben recorrer posteriormente un circuito seguro y controlado.
En este contexto, la sustentabilidad del sistema no depende exclusivamente de contar con centros de almacenamiento, operadores autorizados y mecanismos de transporte.
Existe una responsabilidad individual en el primer eslabón de la cadena.
Cada bidón correctamente acondicionado puede transformarse posteriormente en materia prima. Cada recipiente que conserva restos de producto reduce esa posibilidad y aumenta los costos ambientales y logísticos de su disposición final.
Así, una práctica realizada en pocos minutos dentro del establecimiento termina teniendo consecuencias mucho más allá de la tranquera.
Producción y ambiente
La discusión se inscribe además dentro de un debate más amplio sobre la sustentabilidad de la producción agropecuaria.
CampoLimpio sostiene que la actividad debe superar la idea de una contradicción entre producir y preservar el ambiente. El desafío consiste precisamente en compatibilizar ambos objetivos.
La gestión de los envases constituye un ejemplo concreto.
Los fitosanitarios forman parte de los sistemas productivos actuales, pero su utilización genera responsabilidades posteriores que no terminan con la aplicación sobre el cultivo.
El envase vacío sigue formando parte del proceso y requiere un tratamiento específico hasta completar su trazabilidad y destino final.
Buscan avanzar hacia reglas comunes
Paralelamente al trabajo de concientización, CampoLimpio viene desarrollando acciones institucionales junto con la Fundación Barbechando para fortalecer el marco regulatorio.
Una de las iniciativas apunta al proyecto de una ley de presupuestos mínimos para las aplicaciones de fitosanitarios, relacionada directamente con la legislación existente sobre gestión de envases vacíos.
El objetivo es avanzar hacia un piso normativo común para todo el país, a partir del cual cada provincia pueda establecer regulaciones adicionales de acuerdo con sus propias características.
La búsqueda de mayor uniformidad responde también a una realidad productiva: la actividad agropecuaria atraviesa límites municipales y provinciales y necesita reglas ambientales que permitan establecer estándares mínimos comunes.
Del residuo a un nuevo recurso
El problema de los bidones sin lavar expone, finalmente, una paradoja.
Argentina desarrolló una estructura destinada a recuperar envases, transportarlos, procesarlos y reincorporar parte de ese plástico a nuevos circuitos productivos. Pero una falla relativamente sencilla en el comienzo del proceso puede impedir que todo ese mecanismo funcione.
Los 1,3 millones de kilos que debieron incinerarse en apenas un año representan la dimensión concreta de esa oportunidad perdida.
Para una agricultura que incorpora cada vez con mayor fuerza conceptos como sustentabilidad, trazabilidad y economía circular, el desafío no parece estar solamente en desarrollar nuevas tecnologías.
También consiste en cumplir correctamente prácticas que ya están disponibles.
En este caso, una tan elemental como decisiva: lavar correctamente el bidón, inutilizarlo y devolverlo por los canales correspondientes.
Porque la responsabilidad ambiental de una aplicación no termina cuando el producto llega al cultivo. Termina cuando también su envase recibe el destino adecuado.























