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La tarea de trascender la agenda urgente

03 de enero de 2020 a las 12:00 a. m.

El país parece sumergido en las complicaciones de la agenda urgente. Si se hiciera el paralelismo con la salud podría decirse que Argentina siempre está en la Guardia, ese espacio del sistema sanitario al que se acude cuando una emergencia pone en riesgo la vida, pero donde no se estudian las cuestiones de fondo, ni se previene. Allí donde se recibe una atención dirigida a atacar focos y complicaciones, sin ver la generalidad. Las cuestiones económicas ocupan el centro de la escena. En el país a partir de los ecos que generó el paquete de medidas tomadas por el presidente Alberto Fernández en el marco de la emergencia. En la Provincia la tensión desatada entre el gobernador y algunos intendentes y fuerzas de la oposición por las modificaciones pretendidas en materia impositiva. Todo apunta a ejecutar acciones para poner paliativos a la crisis estructural y se justifican sobre el precepto de evitar aún males mayores. En el plano de las reuniones que los gobernantes mantienen también se observa algo de la coyuntura. Hablar con los sectores del campo para contener el malestar por el aumento en las retenciones. Dialogar con jefes comunales bonaerenses para convencerlos de la necesidad de que apoyen la ley impositiva provincial. Todo mira lo urgente. Se plantean en términos de solidaridad imposiciones tratando de persuadir sobre la necesidad de que prime la sensibilidad social. Y los primeros días de un gobierno, esos en los que suele haber un alto consenso social y un respaldo casi incondicional a cualquier medida, aparecen condicionados por la crisis y por lo que urge resolver. Solo se habla de herencias y pesadas cargas recibidas. Una vez más. Y poco se advierte sobre otras cuestiones estructurales que es necesario atacar con premura. Poco se habla de educación, menos de salud. Casi nada se dice de las verdaderas reformas que hay que instrumentar para que el país vuelva a insertarse en la rueda del crecimiento. Hasta se dice poco del modo en que se va a reestructurar el pago de la deuda y de cómo se afrontarán compromisos son recurrir a la impresión monetaria desmedida con sus consabidas consecuencias. Menos aún se pronuncian posicionamientos respecto de temas importantes como la transparencia. La reforma política necesaria en un país que ha quedado preso de una guardia eterna dónde solo se ponen parches. Hay quienes sostienen que estas primeras acciones tomadas y las próximas medidas que están en la agenda del gobierno resultan las únicas posibles en el escenario actual. No se cuestiona eso ni la legitimidad de la acción de Gobierno. Lo que este comentario pretende es poner una luz de alerta sobre los temas que hace tiempo no aparecen. No en la administración de los actuales gobernantes, sino en la historia reciente del país que sumido en la crisis parece desatender lo importante. Se requiere de mucha sensibilidad social para trabajar sobre los vergonzantes números de la pobreza. Pero también se precisa pericia para que lo que se haga se haga con la mirada estratégica de transformar esas acciones en políticas de Estado universales que trascienda lo coyuntural de la crisis. Ni hablar de lo que se requiere en materia previsional para que el sistema sea sustentable y los jubilados dejen de ser el blanco de idas y venidas y accedan a lo que les corresponde por derecho. Algo que sucederá cuando la fuente de esos recursos deje de ser la caja a la que se recupere para financiar otros gastos de un Estado gigante nunca dispuesto a reconvertirse. Algo parecido sucede en el área impositiva y laboral donde se requieren medidas y transformaciones profundas y no solo parches para evitar la profundización de la crisis. El inventario de las cuestiones de fondo que debe abordar el país es inacabable. Porque hace mucho tiempo que muchas se han dejado de lado. Se requiere de mucha responsabilidad de los dirigentes y de coraje para plantear una agenda que se ocupe de lo que urge, pero que al mismo tiempo lo trascienda y se aboque a lo importante con una mirada madura de largo plazo. No hacerlo es condenar al país a que siendo un enfermo con complicaciones severas solo sea asistido en la guardia dónde apenas si recibe paliativos, negándole la posibilidad cierta de acceder a prácticas que busquen su verdadera recuperación y la ansiada cura. Esa que por fin haga que no recaiga en crisis conocidas que se llevan por delante la posibilidad del futuro.

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