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Empatía suicida: cuando sentir reemplaza a pensar

Europa debate su política migratoria como si la única pregunta fuera cuánta compasión está dispuesta a ofrecer. La pregunta correcta es otra: si todavía es capaz de pensar mientras siente.

20 de octubre de 2026 a las 03:10 p. m.
Empatía suicida: cuando sentir reemplaza a pensar

En un video que circuló estas semanas por redes, una manifestante que había marchado a favor de la acogida de refugiados en Francia aparece intentando frenar, sola y a los gritos, a un grupo de personas que saquea un comercio. La escena dura segundos, pero condensa una contradicción que Europa arrastra hace años y que se niega a mirar de frente: ¿qué pasa cuando la solidaridad prescinde del criterio, y la tolerancia termina enfrentada con quienes abusan de ella?

No se trata de burlarse de esa mujer. Probablemente actuó, en ambos momentos, convencida de hacer lo correcto. El problema es otro: la idea de que basta con sentir para tener razón.

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La empatía sin criterio no es una virtud. Es una vulnerabilidad disfrazada de superioridad moral. Vivimos en una cultura donde conmoverse reemplaza a cuestionar, donde la sensibilidad se confunde con sabiduría y donde quien pide matices es sospechoso de crueldad. Comprender el sufrimiento exige humanidad; comprender sus causas, y sobre todo quién lo usa y para qué, exige inteligencia. Una sociedad que renuncia a lo segundo para no incomodar pierde la capacidad de distinguir entre la víctima y quien se escuda en ella.

Ahí está el punto débil que la propaganda conoce de memoria. No necesita convencer a nadie con argumentos: le alcanza con emocionarlo. Le ofrece una víctima, un verdugo y, como premio, la satisfacción de sentirse del lado correcto de la historia. Quien confunde sentir con tener razón ya hizo la mitad del trabajo por el manipulador.

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El conflicto en Medio Oriente es hoy el ejemplo más claro. El sufrimiento del pueblo palestino es real y merece atención. Pero esa causa legítima ha sido tomada, en las calles y universidades de Occidente, por movimientos islamistas que la usan como vehículo para una agenda que poco tiene que ver con el bienestar de los palestinos y mucho con el rechazo a los valores que esas mismas sociedades garantizan: la libertad de expresión, la igualdad ante la ley, los derechos de las mujeres y las minorías. Defender a un pueblo no obliga a convertirse en instrumento de una ideología. Confundir ambas cosas es exactamente lo que esa ideología necesita.

Los griegos no tuvieron que derribar las murallas de Troya. Les alcanzó con que los troyanos abrieran las puertas, convencidos de que recibían un regalo. La lección sigue vigente: lo que amenaza a una sociedad abierta no siempre entra por la fuerza; muchas veces alguien le abre la puerta con la mejor de las intenciones.

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Europa debate su política migratoria como si la única pregunta fuera cuánta compasión está dispuesta a ofrecer. La pregunta correcta es otra: si todavía es capaz de pensar mientras siente. Porque una civilización que no puede decir “esto no” en nombre de sus propios valores no es generosa. Está, simplemente, desarmada.

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